Una desconcertante tranquilidad se cernía en el castillo esa mañana y Daiana salió de la cama con una sensación que no estaba segura de cómo describir. Un presentimiento le revolvía el estómago apenas lo bastante para ser incómodo, por lo que supuso que tal vez tenía hambre y se preparó para desayunar. Sin embargo, mientras acababa de peinarse, la estatuilla sobre la mesa la hizo soltar el cepillo y abandonar la habitación deprisa para buscar a Artem, pero se encontró con la puerta bloqueada por las zarzas. Intentar tomarlas era una tontería y pedirles abrir fue completamente inútil.
Sin una idea mejor en mente, corrió a buscar a Gialo y se detuvo abruptamente al verlo en el descanso de las escaleras, observando las flores con desconcierto. Al notar su presencia, el consejero se volvió a mirarla y su expresión se llenó de preocupación.
—Ay, no —suspiró despacio—. ¿Qué sucedió?
—No lo sé —respondió ansiosa—. Supuse que tú sabrías algo. La puerta del cuarto de Artem está bloqueada.
—En otro momento te diría que es porque aún no se levanta, pero mirando el comportamiento de las flores, creo que es algo más —dijo mientras subía—. Veamos si podemos abrir.
Un bufido tedioso escapó de los labios de Gialo al ver la puerta y, un momento después, suspiró con pesadez mientras se examinaba la mano que la zarza le golpeó cuando intentó abrir. Daiana se llenó de desconcierto al verlo hincarse ante la puerta y bajar la cabeza antes de hablar.
—Majestad —dijo en un tono cargado de respeto—. ¿El rey se encuentra a salvo? Como sabrá usted, no podemos prescindir de alguien como él y…
La zarza se acercó despacio y tomando el mentón de Gialo levantó su rostro con cuidado, antes de agitarse de arriba abajo.
—Agradezco su respuesta —dijo cortés y continuó rápidamente—. ¿Debo separar a Daiana del rey? ¿Está acaso ella poniéndolo en peligro?
La sorpresa por la interrogante le duró poco a Daiana, pues dio un salto al ver la zarza rodearla de pies a cabeza mientras se agitaba con fiereza, pero sin lastimarla.
—Comprendo —dijo Gialo encantado—. Ella le agrada y la considera una buena compañía para el rey Artem. ¿Es así, majestad?
La zarza volvió a agitarse de arriba abajo, mientras liberaba a Daiana con cuidado.
—Me alegra saberlo —dijo cortés—. Esperaremos pacientes que su majestad nos indique cuando podemos ver al rey. Solicito con respeto, que, de ser posible, mantenga en mente que él debe comer. Con su permiso, majestad.
Gialo se levantó despacio, hizo una reverencia, tomó a Daiana de la mano y se encaminó al primer piso, soltando un bufido al llegar al descanso de la escalera.
—¿Qué acaba de suceder? —interrogó confundida.
—Por alguna razón, que muy probablemente no vamos a descubrir —explicó soltándola, pero sin dejar de caminar—, la reina decidió apropiarse de su hijo.
—¿Lo ha hecho antes? —preguntó nerviosa.
—No —contestó tajante—. Sin embargo, después de que él mencionó el libro de Arfaim, este hecho no me tomó por sorpresa. ¿Ella te lo entregó, no es así?
—Sí —dijo nerviosa y avergonzada—. Le pregunté sobre la semilla de Artem y me guio al cuarto de Arfaim. Después de decirle que Artem necesitaba ver que no fue producto de un accidente, me entregó el libro.
—Yo también tuve esa conversación con él muchas veces —suspiró Gialo saliendo al jardín—. Sin embargo, nunca conseguí una prueba irrefutable que me ayudara a convencerlo.
—Ese diario lo demuestra sin dudas —dijo Daiana emocionada.
—Tengo la sospecha de que la reina pretende usarte para que Artem vuelva a ser como antes —dijo preocupado—. Espero que esté tomando las debidas precauciones.
—¿Precauciones? —interrogó confundida.
—Dime —suspiró sentándose en una de las bancas—. ¿Alguno de los recuerdos de la reina, donde Artem aparece, es verdaderamente triste?
Daiana se detuvo a pensarlo por un momento y, sin responder, miró a Gialo desconcertada.
—Solo son buenos momentos, ¿no es así? —dijo apesadumbrado—. La misma reina oculta sus recuerdos sobre Artem. Memorias de cuando ya no era un niño. Del tiempo en que su familia fue atacada.
—Cuando Rosayr llegó —suspiró entristecida—. ¿Por eso los recuerdos en palacio son felices en su mayoría? ¿Acaso tiene ella los recuerdos de Artem?
—Siempre sospeché que solo los buenos recuerdos estaban en palacio —dijo Gialo con pesadez—. Las memorias de la guerra entre hermanas no están y aunque la reina puede elegir cuáles de sus recuerdos preservar, sabemos que los malos recuerdos de Artem se ocultan en rosas oscuras que desaparecen enseguida, por lo que no tendría sentido que estén bajo el control de ella.
—Rosette las mencionó —dijo pensativa—. Tú la escuchaste hablar sobre una estatua cubierta de rosas. Lo ha dicho más de una vez.
—Lo de la estatua ocurrió solo dos veces —dijo Gialo disgustado—. Y aunque admito que eso y las rosas fue culpa de Artem, lo del calabozo, no lo sé.
—¿Dos veces?—preguntó cautelosa.
—Si digo cualquier cosa parecerá que intento justificarlo —suspiró con desgano—. Porque incluso si no fue su culpa, es el responsable.
Editado: 31.12.2025