Un pesado silencio parecía el inicio obligatorio de la incómoda conversación, mientras Narcied trataba de encontrar las palabras correctas, por lo que Daiana decidió empezarla con algo bastante diferente.
—¿Por qué tú no tienes flores como ellos? —dijo señalando a los niños que hacían muecas frente a Gialo.
—Florecemos en momentos diferentes —explicó paciente—. Ellos florecen juntos porque nacieron de un mismo capullo. Mis flores se cayeron hace poco.
—¿A tus padres también les pasa? —preguntó interesada.
—Sí —contestó risueño—. A mamá mucho más seguido. A papá rara vez le pasa en casa, así que cuando sucede suele llevar su casco puesto y es difícil verlo. ¿Puedo hacerle una pregunta?
—Adelante —invitó gentil.
—¿El rey Artem está bien? —inquirió preocupado—. No me mienta, por favor. Sé que esa es una información que no saldría del castillo si…
—Él está bien —interrumpió Daiana paciente—. En este momento la zarza del castillo está algo posesiva con él. Es todo.
—Qué alivio —suspiró agradecido—. Se que suena hipócrita viniendo de alguien que le hizo daño, pero yo realmente lo aprecio. Me sentí muy arrepentido por lo que hice, pero no pude revertirlo.
La madre de Narcied se acercó con expresión serena y colocó entre ellos una bandeja con galletas de colores y dos vasos de un jugo rojizo que Daiana miró con un deje de nervios.
—Gialo dijo que puedes tomarlo —dijo Nyadris risueña—. No te preocupes. Él no se arriesgará a que algo te suceda.
—Muchas gracias —sonrió Daiana.
—Le llevaré algo de comer a él también —dijo Nyadris mirando a Gialo jugar con los mellizos—. Esos dos le drenan la vida a cualquiera. Con permiso.
El joven sonrió al ver a su madre entrar a la casa apresuradamente y suspiró con una mezcla de agradecimiento y pesar.
—Sabes, Narcied, yo creo que podrías ser amigo de Artem otra vez —dijo pensativa—. Tal vez no de inmediato, pero sin duda podrás.
—Espero que sí —suspiró entristecido—. Por eso no pienso esconder nada y aunque lo que quiere saber podría hacerle pensar diferente sobre el rey Artem, le aseguro que él es una criatura maravillosa. Es una pena que lo descubrí el mismo día que hice marchitar nuestra amistad. Reconozco que empecé siendo un hipócrita, por qué solo quise ser su amigo para acercarme a Rosette
—¿A Rosette? —preguntó sorprendida.
—Sí —sonrió avergonzado—. ¿Qué tonto verdad? Supuse que si era amigo del rey Artem, podía usarlo para agradarle a ella. Con el tiempo descubrí que él era distinto a lo que ella describía, y ni así cambié mi comportamiento. Usted ha pasado tiempo con él, le gustan los juegos, las galletas de colores, hacer bromas y divertirse. Todo eso sin dejar de cumplir con sus obligaciones. Solíamos competir a caballo, en arquería, con espadas, hacíamos muchas tonterías y en cada ocasión le hacía alguna broma pesada para que Rosette se agradara conmigo. Un día descubrí que él lo olvidaba, que sin importar que tan malo fuese, al día siguiente él simplemente lo había olvidado.
—¿Cómo te diste cuenta? —preguntó sorprendida.
—Me disculpaba con él cuándo nadie más miraba y él parecía sorprendido o confundido con mi disculpa —explicó con un suspiro—. Así me di cuenta y dejé incluso de disculparme. Por desgracia me confié de eso y no di importancia al hecho de que sí lo lastimaba. En lo único en lo que pensaba era en que Rosette comenzó a hablarme más seguido, pero lo hizo para tenderme una trampa.
—¿Qué clase de trampa? —interrogó confusa.
—Ella estaba hablando conmigo y no me advirtió que el rey Artem se acercaba —dijo llenó de pesar—. Me preguntó si sabía que él no era un flohyreante puro, que era un mestizo. Dije que sí, y para agraciarme con ella añadí que me daba asco estar cerca de él, y que lo hacía por qué sentía lástima de la pobre abominación, porque nunca encontraría alguien que realmente lo quisiera. Que era imposible sentir apreció por alguien impuro. Rosette sonrió entonces, pero solo un instante, luego corrió aterrada.
—Te abandonó —dijo indignada—. Está claro que sabía lo que pasaría.
—Sí, lo sabía y eso lo descubrí después —dijo molesto—. Lo siguiente que sentí fue una mano en mi hombro, pero no pude moverme. Él pasó a mi lado, y era diferente. Me observó fijamente con una mirada llena de tristeza y murmuró que tal vez yo tenía razón, que él no era más que una asquerosa abominación. Quise retractarme. Él estaba tan triste que sus piernas no pudieran sostenerlo. Quedó de rodillas un momento y lo vi volverse pequeño, pero miró a su alrededor confundido.
—¿Lo olvidó? —interrogó anonadada—. ¿Tan rápido?
—Sí —respondió tajante—. Cuando se levantó y me reconoció, soltó un grito y se llenó de miedo. Se sostuvo los cabellos y comenzó a llorar, repitiendo que lo lamentaba, hasta que de repente no se movió más. Pensé que por accidente se transformó en estatua, pero luego reaccionó y dijo, puedo arreglarlo y se echó a correr. Cuando lo perdí de vista, una enredadera subió por mis piernas, estaba cubierta de rosas de un hermoso turquesa, pero cuando acabaron de envolverme se tornaron negras y la enredadera me arrastró bajo tierra.
—Eran tus rosas —dijo entristecida.
Editado: 31.12.2025