El principe de las rosas

Sombras

Un ejército se infiltró en las filas del palacio sin que alguien pudiese verlo. Caminaban y lucían como auténticos flohyreantes, distinguirlos era imposible y por esa razón, cuando atacaron, no pudieron ser detenidos. Marionetas perfectas, pero vacías, sin sentimientos, sin almas. Obedientes soldados con una única y ciega misión, destruir a la familia real. Firius fue de los primeros en caer, aunque luchó con ferocidad, fue tomado prisionero. El rey Arfaim abrió paso para que la reina fuese por su hijo, por qué sabían que él era el principal blanco de ese ataque.

Una mirada entre ellos fue suficiente mensaje. Sabían que Rosayr estaba detrás de todo aquello, pero no estaba en ningún lugar. Los verdaderos soldados lucharon tanto como pudieron, pero los mensajeros fueron asesinados antes de que todo comenzara, para que no pudiesen pedir ayuda del ejército. El ataque se concentró en el palacio nada más, ella no necesitó atacar a nadie más. Destruir a sus soldados era inútil, se reensamblaban y continuaban batallando. Arfaim fue el último en caer. Se entregó al descubrir que Artem y Bedona no consiguieron escapar.

Fue entonces que Rosayr apareció, petulante se sentó en el trono y los obligó a arrodillarse ante ella. Firius no lo entendía, se negaba a creer que esa fuese su hija, la pequeña que viajó con él a tantos mundos. La que compartía su pasión por las alianzas, las aventuras y el descubrimiento.

—Esa niña se marchitó hace tanto —dijo Rosayr sin remordimiento—. Cuando decidiste que ella no podía ser embajadora. Cuando la despojaste de su derecho al trono para dárselo a un extranjero. Yo debí reinar.

—Lo hice para protegerte —gritó Firius indignado—. Los flohyreantes aún están molestos por lo que sucedió. ¿Crees que te iban a dejar reinar? Iban a lastimarte.

—A los rebeldes se les corrige —gritó furiosa—. Bastaría con castigar a unos cuantos para que el resto obedezca. Pero tú eres muy blando.

—El ejército se pondría contra ti —aseguró con rapidez.

—Entonces sería reemplazado —afirmó con frialdad—. Ninguno de ellos es indispensable. Son solo súbditos, su trabajo es obedecer.

—¿Quién eres tú? —interrogó Firius descolocado—. ¿Qué es lo que hiciste con mi princesa?

—Yo soy tu princesa —dijo indignada—. ¿Por qué no puedes ver las cosas como yo? Tenemos la posibilidad convertir Flohyren en una fuerza poderosa que domine cada uno de los mundos que conectan entre nosotros.

—Escúchate, Rosayr —rogó incrédulo—. ¿Quién ha colocado tales ideas en tu mente? Nosotros somos una embajada entre mundos, de ningún modo podemos conquistarlos. Nuestro mundo debe ser una fuente de unión y paz.

—Escúchate tú —soltó con fastidio—. Desperdicias oportunidades únicas. Bastará con poner las plantas en contra de todos para tener el control absoluto. Nadie podría oponérsenos.

—Tú no eres mi hija —dijo Firius tajante—. No reconozco al ser en el que te has convertido. Desde este momento, eres solo una flor sin especie, sin pasado, sin raíces…

—No te atreverías —interrumpió Rosayr plasmada.

—Nunca —dijo Firius mirándola con firmeza—, desde la fundación de esta familia, había nacido alguien con semejante sed de destrucción. Tú no eres una rosa. Además, nadie es indispensable. ¿No acabas de decirlo tú misma?

—Detente —gritó Rosayr aterrada.

Sin embargo, Firius sin dudarlo, con un movimiento de sus manos, hizo aparecer la raíz que los unía y la rompió sin piedad, destruyendo su sangre real. Quedó sola desde ese momento, ella no tenía una madre, pues las semillas entregadas al rey eran huérfanas y aunque su padre acababa de romper su único lazo, eso no bastó para detenerla, por supuesto que no. Furiosa y dolida, en medio de un ataque frenético de risas, ordenó decapitar a Firius justo allí.

—Desde ahora, ningún descendiente de tus semillas, será parte de esta familia —dijo Firius con firmeza—. Solo queda un heredero de la corona de Flohyren y ese, es Artem. Sobre su cabeza estará mi corona.

Tras esas palabras, Firius falleció y aunque tomó la corona del suelo, Rosayr no pudo ponérsela, por lo que su furia se encauzó hacia Bedona y su familia. Estaba decidida a deshacerse de Artem, pues esa, era la única manera de instaurar una nueva familia real. Sin embargo, Arfaim le propuso hacer algo diferente. Estaba dispuesto a entregar públicamente su corona y la de Bedona, a cambio de que ella los dejara volver a Airsem. Sería reina absoluta de Flohyren, a la vista de todos, con esa única condición.

Aunque furiosa, Rosayr se detuvo a pensarlo, pues era evidente que, aun si debía llegar a las últimas consecuencias, Arfaim estaba más que dispuesto a enfrentar todo el ejército de marionetas, para proteger a Bedona y Artem. Eso era algo que ella no podía permitir, pues una vez que llegara la mañana, todo se descubriría y el ejército invadiría el palacio, frustrando sus planes. Aunque de mala gana, aceptó, pero los hizo encerrar en las mazmorras y sacando provecho de que Arfaim llevaba a Artem en sus brazos, tomó la corona antes de qué cerraran la celda, pero él no estaba preocupado.

El príncipe estaba asustado y confundido, por lo que no podía moverse de un todo y sus padres procuraron calmarlo, mientras intentaban dar con una solución. Arfaim sabía que ella no podía pasar mucho tiempo allí abajo, por lo que intentaba descubrir una manera de escapar, mientras Bedona conversaba con Artem.



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En el texto hay: rosas, secretos, recuerdos

Editado: 31.12.2025

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