El principe de las rosas

Diminuto

La apacible tranquilidad que lo inundaba al despertar, mantuvo a Artem atontado por el breve momento que tardó en transformarse en desconcierto. Permaneció estático bajo las mantas, intentando recordar lo sucedido, pero no alcanzaba a concentrarse en algo distinto a la inmóvil mano de Daiana entre los cabellos, acompañada de su serena y rítmica respiración. Casi como una burla, un recuerdo pasó fugaz, impulsándolo a mover las piernas lo suficiente para asomarse fuera de las sabanas.

La imagen de las paredes claras y libres de zarzas, acompañada por el hecho de que sus piernas se salían del borde de la cama, lo sobresaltaron. Con las mejillas ardiendo y la piel erizada de la cabeza a los pies, intentó alejarse lentamente, pero al sentir que ello lo aferraba, se disculpó en un grito y cayó al suelo peleando con las mantas. De un giro se ocultó bajo la cama, golpeándose la pantorrilla contra una de las patas y apenas ahogó un quejido, mientras Daiana confundida se sentaba de un salto.

—Artem, ¿estás bien? —preguntó levantando las sabanas—. ¿Dónde estás?

Ante la falta de respuesta, se acercó al borde y la confusión acompañó al miedo al levantar las dos piezas del piyama. Un segundo grito, más similar a un chillido, la hizo asomarse bajo la cama e incapaz de ver o explicar algo, llamó a Gialo a los gritos. Apenas un instante después, el consejero irrumpió en la habitación con espada en mano.

—¿Qué sucede? —preguntó mirando en todas direcciones—. ¿Estás bien?

—No —respondió sacudiendo el piyama—. He perdido al rey.

—¿Qué dices? —interrogó Gialo confundido.

—Estaba conmigo cuando me dormí —explicó angustiada.

—¿Estás segura? —preguntó con asombro.

—Por supuesto que sí —contestó indignada—. Al parecer despertó y como no pudo volver a dormir vino a buscarme y se quedó durmiendo aquí. Pero hace un momento me despertó un grito y lo escuché caer de la cama, pensé que tuvo una pesadilla, pero cuando lo busqué para levantarlo solo encontré esto.

—Un momento —dijo Gialo envainando su espada, absolutamente confundido—. Majestad, ¿le molestaría decirme, dónde está el rey?

Con una calma que desconcertó a ambos, la zarza entró a la habitación y señaló bajo la cama antes de volver a salir. Gialo y Daiana intercambiaron miradas y se asomaron desconcertados, pero no alcanzaron a ver nada, al menos hasta que uno de los faldones se movió ligeramente del otro lado. A toda prisa rodearon la cama, pero no había nada en el suelo, por lo que Gialo se frotó el rostro con un profundo respiro.

—Artem —dijo gentil—, ¿puedes salir? Por favor.

Los almohadones se movieron y a ambos se les cayó la mandíbula cuando el pequeño rey sacó la cabeza de detrás de un cojín, pues apenas si era del tamaño de un limón grande.

—¿Pero qué sequías te pasó? —interrogó Gialo descolocado.

Cuando el consejero se acercó para tomar el cojín, Artem soltó un chillido y se ocultó dentro de la funda de un almohadón, negándose a soltarla, sin importar cuanto suplicara Gialo. Apenas asimilando la sorpresa, Daiana comprendió lo que sucedía y, sujetando el hombro del consejero, sacudió ligeramente el piyama frente a él.

—Por supuesto —suspiró Gialo—. Eso tiene sentido. Tengo una idea.

Junto a otro pesado suspiro, tomó la daga de su cinturón, sacó un pañuelo de su bolsillo y le hizo un corte en el centro. Cortó uno de los listones dorados del fleco de su chaqueta y los dejó junto al almohadón, antes de colocar una sabana encima.

—Pasa la cabeza por el agujero del pañuelo, Artem —solicitó paciente—. Luego amarra el cordón a tu cintura y por favor sal de allí.

No tardaron en ver la sabana moverse. Una vez que estuvo quieta, Gialo la retiró y se frotó el rostro, respirando profundamente, mientras Daiana miraba fijamente a Artem, intentando comprender cómo terminó apenas más alto que el cepillo que usaba para peinarlo. Desbordada de encanto, soltó un chillido antes de levantarlo y abrazarlo con fuerza contra su rostro.

—Luces adorable —gritó absolutamente enternecida—. Pareces un muñequito. Quisiera comerte. Siempre te ves hermoso, pero justo ahora te ves demasiado encantador.

—Daiana no lo vayas a aplastar, por favor —rogó Gialo con un deje de agotamiento—. Necesitamos resolver esto, por qué…

—Gialo —exclamó preocupada.

El consejero miró con asombro al rey desplomado entre las manos de Daiana, tornarse rojizo de pies a cabeza, poner los ojos en blanco y encogerse un poco más, antes de perder la conciencia. Nervioso lo tomó a toda prisa y tras sacudirlo un momento consiguió que regresara a su tono de piel habitual y abriera los ojos, pero no que se moviera.

—Ay, no puede ser —dijo Daiana llorosa—. ¿Lo lastimé?

—No —musitó Gialo asombrado—. Creo que está muy avergonzado.

—¿Avergonzado? —preguntó confundida.

—Es lo que yo sentiría si alguien me dijera que parezco un adorable muñequito comestible —contestó ahogando una risita—. También si descubriera que acabé desnudo en un precario momento.

—¿Entonces es mi culpa? —dijo preocupada.

—Claro que no —aseguró intentando que despertara del todo—. Creo que no sabe lidiar con esto. De hecho, es la primera vez que veo que le sucede. Quizás haya algo en el libro de Arfaim, suponiendo que le haya pasado antes.



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En el texto hay: rosas, secretos, recuerdos

Editado: 17.02.2026

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