Caminando por el extenso pasillo, Daiana casi parecía bailar tan emocionada como la primera vez y, al llegar, la puerta hacia el camino se abrió de inmediato, dado que Artem estaba sentado en su hombro. Mientras Daiana sacudía la canasta al ritmo de sus pasos, Artem se miraba la pierna preguntándose si realmente estaría rota, pues no sentía dolor, salvo cuando se tocaba la inflamación o al moverla con mucha fuerza. Preocupada de que estuviese tan callado, Daiana decidió distraerlo, con una divertida y maliciosa idea que cruzó su mente.
—Ese trajecito que te hizo Algon te queda muy bonito —dijo risueña.
—Gracias —musitó avergonzado—. Gialo dijo lo mismo, pero ella no lo hizo. De hecho, tampoco sabe quién lo hizo. Solo lo ajustó para que yo pueda usarlo.
—¿Lo ajustó? —interrogó confundida, olvidando la idea que tenía.
—Sí —respondió divertido—. Es para que no se rompa, si mi cuerpo cambia.
—¿Por qué el piyama no se encogió entonces? —preguntó confundida.
—Es que no se suponía que yo me empequeñeciese tanto —respondió pensativo—. De hecho, encogió, pero solo lo que puede. Yo seguí encogiéndome y cuando lo levantaste me salí del pantalón.
—Por eso escuché un segundo grito —dijo sorprendida—. Pero fuiste más rápido que un ratón ladrón. Estoy segura de que me tomó un segundo bajar la cabeza y no conseguí verte.
—Me enrollé en el faldón de la cama —sonrió encogiéndose de hombros—. No quería que me vieras.
—Por supuesto que no —dijo soltando una carcajada—. Solo que yo no lo entendí en un primer momento y tú tampoco me lo dijiste.
—Lo intenté —dijo deprisa—, pero mi voz había desaparecido. Intenté gritar cuando llegó Gialo y me di cuenta de que la única manera de que me vieran era subirme a la cama.
—Entonces el faldón que vimos moverse, ¿eras tú trepando?
—Usé el cojín para esconderme y tratar de explicar, pero no pude decir nada —bufó molesto—, y Gialo me lo quitó.
—Por eso te escondiste en el almohadón —sonrió divertida—. Ahora todo tiene sentido, pero falta algo. ¿Por qué empezaste a encogerte? Sospecho que es la misma razón por la que te caíste de la cama.
—Prefiero no hablar de eso —dijo volviendo el rostro.
—Ya veo —sonrió divertida—. Es mucha vergüenza, como Gialo sospechaba.
—¿Mucha vergüenza? —preguntó confundido.
—Como rey estás acostumbrado a tener todo calculado —explicó paciente—. No te das el respiro de cometer errores, piensas que es algo indebido. Das por hecho que los demás dirán que eres tonto o torpe. Estar sin piyama donde no debes es algo que da vergüenza porque no se supone que pase. A mí también me daría un ataque si me sucediera. Hay muchas cosas que pueden causar una sensación como esa, sin embargo, como ya sospechamos que eso te encogió, no hace falta saber qué sucedió.
—¿De verdad? —interrogó aliviado.
—Por supuesto —contestó risueña—. Bastará con evitar que te avergüences así de nuevo. Los pequeños sonrojos no son el problema, sino las vergüenzas grandes. Solo quisiera saber algo muy pequeño.
—¿Que cosa? —preguntó ansioso.
—¿Fue algo que hice?
—Por supuesto que no —dijo a toda prisa—. Estabas dormida, ¿cómo iba a ser tu culpa?
—Si fuese mi culpa, ¿me lo dirías? —insistió cautelosa.
—¿Para qué querrías saberlo? —preguntó confundido.
—Para no volverte a encoger —dijo evidente.
—Supongo que siempre que no te enojes, podría contártelo.
—Magnífico —aplaudió agradecida.
—Pero solo te lo diré si es algo que me molesta —indicó deprisa.
—¿A qué te refiere? —preguntó confusa.
—Es que hay cosas que haces que me avergüenzan, pero no me molesta que las hagas —explicó nervioso—. Quizás con el tiempo dejaré de avergonzarme.
—Quiero que me las cuentes alguna vez —dijo divertida—, pero hoy no. Me asusta que te encojas aun más.
Artem asintió con una risa y ambos se sorprendieron cuando su tamaño aumento un poco, aunque no como para que tuviese que bajarse del hombro de Daiana.
—Es buena señal de que regresaremos antes de que Gialo se preocupe —dijo divertida.
—Espero que tengas razón —suspiró Artem mirando el cielo.
Cuando la garita estuvo a la vista y pudieron escuchar a los soldados conversar, Daiana se detuvo y miró a Artem dudosa, él, con una sonrisa, le pidió continuar, asegurándole que no necesitaba preocuparse. Tal como ella sospechaba, los guardias estaban muy confundidos al ver un rey en miniatura, sentado en el hombro de ella. No obstante, tomaron la lanza y se la extendieron como de costumbre.
—Pensé que se iban a quejar —comentó Daiana enseguida.
—¿Nosotros? —interrogaron los soldados al unísono.
—Sí —contestó confundida.
—No hace falta —aseguró el de mayor rango—. De no ser el rey, la llave lo habría lastimado y estando de ese tamaño, quizás incluso lo habría quemado por completo.
Editado: 17.02.2026