El principe de las rosas

Quédate

Cuando el sol comenzaba a iluminar los pasillos del primer piso, las zarzas se sacudieron con violencia y Gialo subió regio a la habitación de Artem. Como imaginaba, lo encontró sentado en la cama, con la pierna extendida y una expresión de absoluto fastidio.

—Artem, ¿estás bien? —dijo haciéndolo reaccionar.

—No —bufó con molestia.

—¿Intentaste levantarte? —preguntó acercándose a la cama.

—Sí —dijo con una sonrisa forzada y la cama crujió bajo su peso.

—Enojarte no te ayudará a sentirte mejor —dijo paciente.

—No poder caminar, no ayudará a que mi humor mejoré —farfulló con los dientes apretados—. ¿Cómo es posible que hoy duela más que ayer?

—¿Quieres que busque a Daiana? —sugirió sonriente.

—No —soltó tajante—. Acabo de convertirme, de manera oficial, en el rey más inútil de todos los mundos. ¿De verdad piensas que el hecho de que ella deba cargar conmigo me hará sentir mejor?

—Tengo una idea —suspiró Gialo sereno—. Iré por una medicina para el dolor para que puedas prepararte para desayunar, pero no significa que podrás caminar todo el día. Vas a guardar reposo como indicó el doctor. No te levantes de la cama, regreso enseguida. Y sin importar lo que pienses, bajaras a desayunar sobre sus hombros o los míos. Te dejo elegir.

Gialo bufó extenuado al levantarse y escuchar a Artem repetirse inútil, una y otra vez, mientras se desplomaba en la cama. Sin embargo, sonrió al dejar la habitación, pues ese era el temperamento con el que estaba más acostumbrado a lidiar, desde que lo conoció. Daiana, de pie junto a su puerta, lo miró curiosa y Gialo le dedicó una sonrisa.

—¿Está bien? —preguntó mirando hacia la habitación de Artem—. Supuse que ya habría despertado.

—Ya despertó —dijo Gialo con calma—, pero está malhumorado porque el dolor no lo deja ponerse de pie, y prepararse para bajar es algo que le gusta hacer solo.

—¿Empeoró? —interrogó preocupada.

—El doctor dijo que eso pasaría —contestó despreocupado—. Me dio una medicina para disminuir el dolor temporalmente. Volveré con ella y se le pasará la rabieta. Aunque es probable que hoy se tarde un poco más en bajar. Nos vemos en el comedor.

—Está bien —dijo pensativa.

Mirando la puerta de la habitación de Artem, una idea tomó forma en la mente de Daiana y se dirigió al primer piso. Las zarzas le indicaron el camino y tras una puerta mediana, en comparación con las del resto del castillo, estaba la cocina. El ajetreo se escuchaba desde afuera, pero no bastó para intimidarla, se acercó decidida a un hombrecillo con cuernos retorcidos y le preguntó por el cocinero. Él se detuvo un momento, miró a su alrededor y señaló a un alto e imponente minotauro que gritaba órdenes a diestra y siniestra, cuál capitán de navío. Daiana se arremangó, sacudió su falda y se dirigió hacia él.

—Disculpe, necesito solicitarle algo —dijo con una sonrisa.

—Si eres nueva en la cocina —soltó sin mirarla—. La jefa de utensilios es quien te asignará tu puesto.

—No soy nueva en la cocina —dijo confundida—. Vengo de parte del rey.

—¡Del rey! —gritó lanzando el cucharón por los aires, que fue a dar en la cabeza del encargado de cortar los panes—. No hagas esa clase de bromas, novilla. Me matarás del susto.

—Límpiate las gafas, Beurios —dijo una dama muy semejante a él, pero de cuernos más pequeños y pelaje más claro que se acercó ante el alboroto—. Ella es la compañera de juegos de su majestad.

—¿Ah, sí? —interrogó quitándose unas gafas que el pelaje había ocultado por completo y revolviéndoles el sucio con el delantal manchado—. Estas porquerías de gafas ya no sirven para nada.

—Trae acá —dijo la dama arrancándoselas para limpiarlas con un paño—. Ahora sí, póntelas.

—Oh, sí, es ella —exclamó mirando a Daiana más de cerca—. Mi hora ha llegado. El rey me mando despedir, ¿no es así?

—Deja ya de ser tan dramático —reprochó la dama—. Si quisiese echarte, habría venido el mismo. Ignora a este quejoso. ¿Que quiere el rey, querida?

—En realidad él no sabe que estoy aquí —explicó Daiana paciente—. Lo que sucede es que se siente mal, porque se lastimó la pierna y se me ocurrió que, dado que el rey Arfaim mejoraba más rápido cuando estaba de buen humor, quizás el rey Artem, por ser su hijo, sea igual.

—Eso tiene sentido —dijo Beurios—, pero ¿qué tiene que ver con la cocina?

—Se que hoy no es día de sopa —respondió Daiana nerviosa—, pero me preguntaba si podían prepararle una, para que se ponga feliz. Por qué ese es su plato favorito. Así además se sorprende al llegar al comedor.

—Pero por supuesto —dijeron el cocinero y la jefa al unísono—. Será todo un placer. Haremos su sopa de inmediato.

—Muchísimas gracias —sonrió Daiana entusiasmada—. Hasta luego.

Mientras se alejaba, Daiana escuchó al cocinero llamar a los encargados de preparar las sopas, diciéndoles que se dieran prisa, pues el desayuno estaba por servirse. Apresurada, Daiana regresó al tercer piso y vio a Gialo saliendo de la habitación con Artem sobre los hombros.



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En el texto hay: rosas, secretos, recuerdos

Editado: 17.02.2026

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