Una voz firme, aunque distante, alcanzó a despertarla apenas lo suficiente para reconocer que se trataba de Artem, sin embargo, no era la voz del rey que ella había llevado en brazos, sino la del que se ocultaba tras la cortina del salón del trono, el que hizo retroceder a Onfer al aparecer detrás de ella. Era la voz que puso a Rosette de rodillas y la que escuchó entre las mariposas. La voz del soldado del río. Se escuchaba agitado, indeciso e incómodo, pero no cercano y solo cuando puso atención entendió sus palabras.
—¿Por qué aun no nos ha traicionado? —cuestionaba ansioso—. Si se tarda más será más doloroso. Es demasiada felicidad, si algo sale mal él se va a romper. No podré repararlo. Acaso, ¿podrían ser ciertas las palabras de Gialo? ¿Qué pasará si no es como el resto? Pero, ¿y si él se equivoca? ¿Cómo voy a descubrirlo? Debe irse, antes de que todo empeore.
Aquellas palabras perturbaron el sueño de Artem y, al sentirlo moverse, Daiana despertó, sentándose de un salto, sin encontrar una manera de explicar lo que había escuchado. Con cariño lo arrulló para que continuara durmiendo y levantándolo en brazos, dejó la habitación para buscar a Gialo. Caminaba tratando de encontrarle sentido a aquellas palabras y las zarzas le indicaron el pasillo de la biblioteca y, de no haber sabido por qué el consejero despotricaba preguntas al aire, habría pensado que estaba loco.
—No creo que la reina lo sepa —dijo en voz baja llamando su atención.
—Daiana, ¿sucedió algo con Artem? —preguntó acercándose deprisa.
—Solo duerme —dijo gentil—. No quise dejarlo solo. Descubrí que lo que sucede no es obra de la reina, sino de Artem, pero no sé cómo explicarlo.
—Empieza diciéndome que pasó para que pienses eso —solicitó señalándole un diván.
Con Artem recostado en su pecho, Daiana le contó lo que había escuchado, sin dejar de acariciar los cabellos del rey para no despertarlo. Gialo la miró desconcertado e incluso la zarza parecía haberse sorprendido durante la narración.
—¿Estás segura de que era su voz? —interrogó cauteloso.
—Absolutamente —contestó sin titubear—. La misma que ya he escuchado varias veces y la misma de los recuerdos de las rosas del jardín.
—Quiere que te vayas —dijo confundido—, pero también quiere que te quedes. Tiene la esperanza de que yo tenga razón, pero le da miedo descubrir si la tengo. Estoy muy aturdido. ¿Por qué habla en plural y luego en singular?
—Creo que allí estaría la respuesta a la pregunta de Onfer —dijo Daiana pensativa—. Acerca del verdadero rey de Flohyren.
—No puede haber un segundo Artem —dijo Gialo indignado—. De la semilla de Bedona y Arfaim salió un único heredero.
—Uno muy peculiar —sonrió Daiana—. Estoy convencida de que hay un único Artem, pero también estoy pensando en una de las cualidades de la flor de Eleniger que estaba escrita en el libro de Arfaim.
—¿De qué hablas? —preguntó intrigado.
—Decía que, la Eleniger granate —recordó pensativa acariciando el cabello de Artem con ternura—, era aun más curiosa que la blanca, porque a diferencia de esa, cuando algo intenta dañar a la granate, ella crea una falsa flor con la mitad de sus pétalos, mientras se cierra, ocultándose para proteger su centro. ¿Y si es eso lo que hizo?
—Como parte Flohyreante —contestó Gialo pensativo—, podría tener cualidades similares a las de esa planta, pero entonces, eso significa que, lo que Narcied te dijo podría ser cierto.
—Y de ser así —suspiró preocupada—, una parte importante de Artem está oculta de nosotros, pero atenta a todo lo que sucede. Quizás las cosas que han cambiado recientemente, lo hicieron aun más presente.
—¿Hace cuanto? —preguntó sorprendido.
—No tengo forma de saber eso —dijo Daiana sorprendida—. Él ya estaba así cuando yo llegué.
—Tienes razón —reconoció avergonzado—. Fue una pregunta muy tonta. De hecho, demasiado has descubierto.
—Todas las pistas estaban allí —dijo pensativa—, pero no sabíamos cómo conectarlas.
—¿Qué clase de pistas? —preguntó aun más sorprendido.
—La manera en la que cambia de aspecto, el que no sea capaz de ver su reflejo, los recuerdos perdidos —numeró pensativa.
—El hecho de que se sorprendió al saber de las marionetas —dijo Gialo intrigado—. Es porque no las recuerda.
—Si lo piensas bien, tiene sentido que, si solo es una parte de él, falten cosas —dijo Daiana paciente—. La mejor manera de saber cuándo comenzó, sería preguntar, ¿de quién se cuidaba la primera vez?
—¿De quién? —interrogó Gialo tratando de recordarlo—. No lo sé. Creo que en ese momento yo aun no intentaba conseguirle una amistad. No imagino quién pudo llevarlo a hacer esto. Sin embargo, creo que sé cómo descubrirlo.
—¿De verdad? —interrogó entusiasmada.
—Tendrías que hacerlo tú —dijo pensativo—, por qué para mí es imposible. Quiero pensar que, en los recuerdos de las rosas del jardín, podría estar la respuesta. Tal vez no directamente, pero si descubres cuando fue el cambio y me das los detalles, quizás yo pueda recordar más claramente que sucedió.
—Es una idea magnífica —reconoció admirada.
Editado: 17.02.2026