El principe de las rosas

Feliz

Un fino haz de luz se colaba entre las cortinas de la cama cada vez que la brisa de la mañana las agitaba suavemente, esas, eran las únicas señales de un nuevo día que se percibían en la habitación del rey, por lo demás, reinaban el silencio y las sombras. El paso gentil de la luz sobre su rostro, acabó por despertar a Daiana, quien, al sentir los brazos de Artem alrededor de su cintura, se movió únicamente para bostezar con pesadez, con la intención de volverse a dormir. No obstante, un destello de luz verdoso que se movía como las ondas de un estanque, atrajo su mirada.

Observó el haz de luz pasar una y otra vez, intentando, únicamente con la mirada, dar forma a lo que recorría y por poco rompe el silencio con una exclamación, al descubrir que se trataba de una de las alas de Artem. Estaba extendida de forma tal, que le arropaba las piernas casi por completo y aunque no podía darse vuelta para confirmarlo, según sus cálculos, superaba el largo de la cama. Sin embargo, captó su atención el hecho de que no podía sentir su peso, pero la idea de que fuese tan ligera como una sabana le resultaba inaudita, por qué, de ser así, no podía soportar el peso del rey.

Mientras lo meditaba, esperaba que sus ojos se adaptaran a la luz, siguiendo la silueta hasta dar con la espalda de Artem y, finalmente, con la otra ala. A pesar de la poca iluminación, pudo distinguirla y para su sorpresa, caía por el borde de la cama con tal suavidad, que parecía parte del cobertor. Estaba convencida de que era imposible, que solo se lo imaginaba, pero justo cuando se animó a descubrirlo, lo sintió moverse. En silencio se aferró a ella, hundiendo el rostro en su estómago con un profundo respiro y aquella voz fuerte, pero gentil, rompió el silencio con un susurro.

—¿Realmente quieres quedarte? —interrogó Artem sereno.

—¿Tú quieres que me quede? —musitó inmóvil.

—Tengo miedo de descubrir que sucederá si lo haces —admitió con pesar—. Sin embargo, también tengo miedo de lo que pasará si te vas.

—¿Cuál de las dos te haría más feliz? —preguntó cautelosa.

—Que te quedaras —reconoció disgustado—. Pero al final la felicidad desaparecerá y el dolor tomará su lugar. Me asustan las alegrías cortas.

—No todas las alegrías son cortas, Artem —dijo gentil.

—¿Conoces alguna alegría capaz de perdurar en el tiempo? —interrogó molesto—. ¿Una capaz de desvanecer mi dolor?

—Sí, y no —contestó con honestidad—. El amor puede llenarte de una alegría muy grande. Tan grande que es casi inagotable. Sin embargo, no puede combatir el dolor por sí solo.

—Eso no es cierto —bufó—. Yo amaba a mis padres y los perdí. Me los arrebataron y me dejaron lleno de dolor.

—Reconozco que eso no debió pasar —suspiró apesadumbrada—, sin embargo, ellos no dejaron de amarte y la felicidad que nace del tiempo en que estuviste a su lado no se ha desvanecido. Solo necesitas recordarlo.

—No puedo —musitó entristecido—. Ya lo intenté. Muchas veces. Solo alcanzo a recordar ese horrible instante en el que ella me los arrebató.

—¿Y las memorias que te mostró la reina Bedona? —interrogó cautelosa.

—Esos son sus recuerdos —dijo dolido—. No los míos.

—Pero parecías tan feliz de poder verlos —suspiró pensativa.

—Lo estuve —reconoció entristecido—. Poder estar más cerca de ella, me hizo feliz, pero sus recuerdos no reemplazan los míos.

—Quizás es el dolor, lo que no te deja recordar —sugirió acariciándole los cabellos con cariño—. Necesitas dejar ir ese dolor, Artem.

—No sé cómo hacer eso —suspiró cansado.

—Pareces tan feliz cuando jugamos juntos —dijo apesadumbrada—. ¿Cómo has hecho eso? ¿Acaso no eres tú quien juega conmigo?

—Es una parte de mí, sí —suspiró con desgano—, la parte que libré del dolor, de la tristeza, de los malos momentos; no está consciente de que existo. No soy del todo yo.

Un sonido proveniente del jardín atrajo la atención de Daiana y Artem suspiró con pesadez.

—Falta poco para el desayuno —dijo resignado—. Quizás podamos hablar en otro momento.

—¿Por qué no te quedas? —preguntó ansiosa.

—Si me quedo —dijo entristecido—, pero no del todo. Por qué me gusta disfrutar de tu compañía, sin que el dolor me distraiga. Ya conseguiste disipar el miedo a la traición, fue reconfortante que me contaras lo que descubriste y saber que no lo usarías contra mí. Me siento mucho más tranquilo ahora.

—¿Qué haces mientras no estás aquí del todo? —interrogó confusa.

—Antes solía dormir mucho tiempo —recordó triste—. Intentando alejarme del dolor y del miedo. Sin embargo, desde que estás aquí, ya no duermo tanto y tampoco tan profundo, a eso me refiero cuando digo que me quedo.

—¿Hay alguna forma en la que pueda hacer que estés del todo conmigo? —preguntó intentando abrazarlo.

—No sé por qué querrías hacer eso —admitió con una risita—, y tampoco sé cómo lo harías, pero sospecho, que tú misma encontraras la forma, incluso si yo no estoy de acuerdo, pero, aun así, ya no quiero que te vayas.

Daiana sintió que, con un pesado suspiro, el abrazo del joven se aflojaba, y exclamó anonada al ver las alas desvanecerse en un cúmulo de pequeñas luces, mientras el cabelló de Artem se alargaba lentamente y su cuerpo se encogía. Una vez que todo estuvo de nuevo en calma, lo sacudió con cuidado y descubrió que estaba profundamente dormido, lo que acabó por desconcertarla. Sin embargo, recordando el tiempo, lo despertó con cariño para que se preparara, pues el gong iba a sonar. Artem ahogó un bostezo, y se sentó en la cama.



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En el texto hay: rosas, secretos, recuerdos

Editado: 17.02.2026

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