La diferencia entre encrucijadas saltaba a la vista, pues mientras la segunda era un extenso camino, donde los edificios se encontraban uno frente al otro, la primera estaba formada alrededor de un árbol más alto que la puerta que acababan de cruzar. Del que colgaban dos edificios bastante llamativos. En el suelo, las embajadas se formaban en ascenso desde los más bajos a los más altos, rodeando el tronco en tres círculos concéntricos, separados por calles bastante amplias. Al mirar arriba, Daiana pudo ver varios pájaros revolotear entre las ramas, deambulando de un edificio al otro.
—Esa es la embajada de Adrapnar —dijo sin titubear.
—La más grande —confirmó Artem risueño—. La segunda es de un mundo llamado, Dervirium. Sus habitantes tienen forma de aves y se llevan bien con los adrapnianos, aunque sospecho que ellos los ven como mascotas. Detrás hay tres más pequeños, un restaurante, una clínica y una biblioteca.
—¿Todos los árboles de Adrapnar son tan altos?
—¿Alto? —interrogó pasmado—. Daiana este árbol es pequeño. Fue la especie más enana que los adrapnianos pudieron conseguir. De otro modo no les íbamos a permitir plantarla aquí. Un árbol natural de Adrapnar tiene el tronco tan grueso que se tragaría toda la ciudad real de Flohyren.
—¿Y cómo la pondrían en la segunda encrucijada? —preguntó confundida.
—Porque se suponía que los adrapnianos tendrían una embajada terrestre, como el resto de los mundos —explicó con un deje de fastidio—. Pero se negaron con tanta vehemencia que no quedó más remedio que permitirles plantar eso, para evitar un conflicto. La ventaja es que ilumina la segunda encrucijada en las noches.
—Son unos egocéntricos —dijo divertida mirando a los transeúntes debajo de ellos—. Ningún adrapniano es tan grande como las demás criaturas que deambulan aquí.
—Por eso pasan la mayor parte del tiempo en su árbol —dijo Artem encogiéndose de hombros.
—¿Cómo es que ese árbol no se ve desde el otro lado del muro? —preguntó confusa.
—Es por un truco que hicieron los magos de Zarfirian —dijo complacido—. Bajo la orden de uno de los primeros reyes, convencido de que los adrapnianos solo querían poner ese árbol tan grande para presumirlo ante los flohyreantes, dijo que lo cubrirían, por seguridad.
—¿Y estuvieron de acuerdo? —preguntó sorprendida.
—Era eso o aceptar una embajada en el suelo —río Artem divertido.
—¿Nerianna está allí? —preguntó nerviosa.
—No tengo idea —respondió pensativo—. Sé que Eiren vive allí, pero no sé si Nerianna estará de visita. Ella debe pasar por su embajada cuando viene a Flohyren, porque su padre no le permite acercarse al palacio sin que Eiren la acompañe.
—Y con justa razón —suspiró molesta—. ¿Podemos bajar hasta el suelo?
—Es más seguro llegar al nivel de las mesas —dijo Artem divertido—. Sígueme. Te mostraré.
—¿Al nivel de las mesas? —preguntó confundida, agitando suavemente las riendas de Shyarn.
La explicación llegó por sí sola al bajar lo suficiente, pues se volvió evidente que, parándose en el suelo, apenas llegaban a mirar sobre una mesa pequeña, a las más altas, Daiana podía asomarse parada en la punta de sus pies. En ese instante fue consciente de lo grandes que eran las quimeras en realidad, pues les permitían deambular entre los caminantes sin problemas, cual si fuesen en los hombros de un Lord Feiran de cuatro patas. Sobre ellas podía mirar las mesas e incluso ver a la cara a varios de los transeúntes, pero como llegara a bajarse, se daría de bruces contra las piernas de todos.
Un freirante pasó junto a ellos en ese momento, con una quimera de pelaje dorado que lo seguía cuál mascota, y Daiana lo siguió con la mirada con un pensamiento dando vueltas en su cabeza.
—Esta no es la calle más alta de la encrucijada —dijo mirando a Artem con asombro.
—No —dijo confundido con sus palabras—. Es la más baja. Estamos junto al árbol. Aquí los más altos son los habitantes de Freirante.
—¿Quieres decir que aquí hay seres más grandes que los freirantes? —preguntó nerviosa—. En la tercera calle no podremos estar en el suelo.
—En la segunda no podremos estar en el suelo —enfatizó divertido—. Allí están los embajadores de Hitey y los que son más o menos de su tamaño. Los habitantes de la tercera calle, ven a las quimeras de los freirantes como mascotas de mostrador. Para ellos son tan pequeñas que las pueden aplastar. Como se nos ocurra caminar allí, nadie podrá vernos.
—Tengo miedo —dijo sujetando las riendas con fuerza.
—¿Quieres volver? —preguntó curioso.
—Claro que no —dijo decidida—. La curiosidad siempre le gana el miedo.
—En ese caso —sonrió encantado—. Sigamos adelante.
Mientras deambulaban, un claro donde jugaban varias quimeras atrajo la atención de Daiana y pararon para permitir que Shyarn y Shyren comieran algo. El cuidador los observó y saludó a Artem con un gruñido, mientras observaba el brazalete de Daiana, pues no era común verlo en alguien que no fuese un freirante. Sin descuidarse de lo que ella hacía, Artem le explicó al cuidador el origen de la joya, volviéndolo consciente de quién era su persona y recibiendo una rápida disculpa, que Artem le aseguró era innecesaria. Ese pequeño instante bastó para que el rey perdiera de vista a Daiana.
Editado: 17.02.2026