El principe de las rosas

Obsequios

Dado que Daiana apenas podía con la emoción, decidieron que ella abriría su regalo primero, por lo que se encaminaron a su habitación, donde la caja se abrió por sí sola, descubriendo un pequeño escudo. Daiana lo sacó confusa y se sobresaltó cuando la pieza se sacudió en su mano, obligándola a soltarla. Su sorpresa escaló viéndola flotar y al escuchar la puerta del closet abrirse. Artem desenvainó su espada cuando las piedras que recogieron en Airsem salieron disparadas como proyectiles, flotando alrededor de Daiana y estrellándose contra el escudo, que aumentó de tamaño hasta ocultarla por completo.

Cuando todo se detuvo, el escudo quedó cubierto por una capa de diversos colores, cuál si las piedras se hubiesen derretido. En medio del asombro, Daiana acercó la mano y el blasón se estremeció, reduciendo su tamaño y cambiando de forma hasta convertirse en una pulsera de la que colgaban todas las piedras, ordenadas por colores, junto a una pequeña placa. Con un giro se aferró a la muñeca de Daiana y una vez que se cerró, soltarla resultó imposible.

—¿Qué fue todo eso? —interrogó mientras sacudía su mano.

—Creo que es una protección —dijo Artem confuso—. Pero no entiendo para qué. ¿Qué dice la placa?

—No lo sé —sonrió desconcertada—. No entiendo esta lengua. Supongo que habrá que preguntarle al embajador, cuando volvamos a verlo.

—¿No te molesta? —interrogó Artem sujetando la pulsera con cautela.

—No —dijo sacudiendo la muñeca—. De hecho, es ligera y hace un sonido muy bonito.

Artem miró la placa con sorpresa y examinó la inscripción.

—Es airsemita —dijo asombrado—. “Contra sus armas, sus piedras”. ¿Qué significa eso? ¿Por qué a los hiteinos le gusta hacer todo tan complicado?

—¿Qué te habrá regalado a ti? —interrogó curiosa mirando la caja.

—Ahora tengo miedo de saber —confesó Artem nervioso.

Con una sonrisa traviesa, Daiana tomó la caja y corrió al cuarto de Artem, donde la tapa se abrió por sí sola descubriendo un pequeño espejo.

—No se si sorprenderme u ofenderme —bufó confundido.

—Sácalo —invitó emocionada.

—¿No te da miedo lo que pueda pasar? —preguntó asombrado.

—Claro que no —dijo emocionada—. Vamos, sácalo ya.

Con un pesado suspiro, Artem tomó el espejo y, una vez que estuvo fuera de la caja, unas zarzas doradas comenzaron a rodearlo formando una marco que descendió formando las patas y el espejo se estiró hasta ser de cuerpo entero. Daiana se asomó curiosa, pero no aparecía nada, por lo que tomó a Artem de los hombros y lo puso al frente. Ambos quedaron inmóviles al ver un caballero aparecer frente a ellos. Usaba una oscura armadura granate con detalles blancos y llevaba la corona de Firius en su cabeza. Sus manos descansaban sobre una larga espada, cuya empuñadura estaba cubierta de zarzas, que cerraban en una Eleniger, de la que brotaba la hoja.

—¿Eres tú? —interrogó Daiana sorprendida.

—Nunca he visto esa armadura —contestó confuso.

El sonido de su voz provocó que el caballero abriera los ojos, tan rojos como los suyos. Al cruzar miradas, el reflejo levantó su espada, envainándola con un giro, antes de hincarse y ofrecérsela. El espejo crujió entonces y, antes de que se fuese a despedazar, Artem tomó el arma, consiguiendo con ello que las zarzas doradas del marco se fundieran con la vaina, entrecruzándose hasta llegar a la empuñadura, cual si fuesen una sola. El espejo se volvió polvo y Artem miró la espada. Acercando la mano a la empuñadura hizo retroceder las zarzas, separándolas para permitirle desenvainar.

En la hoja había una inscripción en Airsemita, semejante a la de la placa en la pulsera de Daiana.

—¿Qué dice? —interrogó Daiana curiosa.

—Una espada de mundos, para un protector de mundos —leyó desconcertado—. Esta hoja es muy extraña. Es ligera en extremo, no necesito esforzarme para moverla, pero parece increíblemente resistente al mismo tiempo. Es un regalo muy valioso.

El silencio reinó por un momento, y un intercambio de miradas fue suficiente mensaje para que ambos corrieran fuera de la habitación en busca de Gialo, quien dio un salto y se sujetó el pecho al escucharlos gritar y correr tras él, por el camino que llevaba a su casa.

—¿Que hacen fuera del castillo tan tarde? —reprendió disgustado—. Ya deberían estar en la cama.

La explicación salió en una alharaca incomprensible y, de un chasquido, Gialo les cerró a ambos la boca.

—Uno a la vez —dijo paciente con otro chasquido—. Y sin gritos.

—El embajador de Hitey nos dio unos regalos muy extraños —dijo Artem.

—Son muy bonitos, pero muy extraños —insistió Daiana.

—Deben ser algo muy peculiar, para que me persiguieran hasta aquí y no puedan esperar a mañana —suspiró Gialo resignado—. ¿Los traen con ustedes?

Artem le mostró la espada, pero Gialo no pudo tomarla, pues las espinas no se alejaban cuando él acercaba la mano. Daiana sacudió la pulsera, pero como que no podía quitársela, Gialo tampoco pudo examinarla a detalle, por lo que se le ocurrió una idea diferente. Tomó un profundo respiro, dio un poderoso aplauso y al separar las manos hizo aparecer una esfera de un radiante color blanco perlado.



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En el texto hay: rosas, secretos, recuerdos

Editado: 26.02.2026

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