El principe de las rosas

Torpe

El aire del comedor se llenó de risas y conversaciones. De alguna manera, el buen humor de Artem había contagiado al resto de los comensales, quienes miraban a su rey sonreír y le sonreían devuelta. Sin embargo, Gialo no estaba sonriendo, sino todo lo opuesto. Con una expresión serena que le costó mantener, examinaba el comportamiento de Artem, cuya sonrisa habitual, se había vuelto excesiva. No conforme con eso, se le escapaban risitas nerviosas cada tanto, se mecía en su silla y el cubierto se le cayó de la mano en un par de ocasiones.

Nadie más parecía consiente del extraño comportamiento del rey, quien al levantarse, habría caído al suelo junto con su silla, de no ser porque Daiana lo tomó de la mano. Con una sonrisa radiante, Artem caminaba entusiasta hacia el despacho, seguido por Daiana, quien se detuvo al escuchar a Gialo. El rey, en cambio, no detuvo sus pasos antes de volver la cabeza, por lo que acabó dándose de bruces contra la puerta del despacho. Retrocedió atontado y enredándose con sus pies, terminó sentado en el suelo, mientras Gialo y Daiana se acercaban deprisa.

—Artem, ¿estás bien? —preguntó el consejero nervioso.

—Sí —respondió jovial—. No me lastimé.

—Pero te golpeaste con la puerta —señaló Daiana revisándole la frente.

—Creí que estaba abierta —dijo Artem, ahogando una risita—. No es grave.

—¿Artem, te sientes bien? —interrogó Gialo paciente.

—Perfectamente, bien —contestó emocionado mientras se levantaba—. Solo olvidé abrir la puerta. No es nada grave.

La preocupación de Gialo acabó por contagiársele a Daiana, cuando Artem se acercó al despacho y se fue de bruces cuando la zarza abrió la puerta, pues él no había levantado el brazo para hacerlo. En medio de un ataque de risa, Artem se sentó de piernas cruzadas, cuando ellos se acercaron asustados.

—Supongo que si estaba abierta —dijo divertido.

—Artem, ¿qué tienes? —preguntó Gialo colocando la mano en la frente.

—Nada —respondió levantándose—. Yo me siento bien. De hecho, me siento mejor que de costumbre. Me siento muy feliz —soltó en un grito repentino.

Con un pesado respiro, Gialo miró a Daiana buscando una explicación, pero ella, confundida, se encogió de hombros.

—Me alegra sobremanera que este usted tan feliz, majestad —dijo Gialo con fingida tranquilidad—. Aproveche ese buen humor para terminar esos papeles en lo que regreso. Daiana se quedará a hacerle compañía.

—No hay mucho que hacer —aseguró Artem risueño—. Terminaremos pronto.

De no haber estado tan distraído, las palabras de Artem se habrían convertido en una realidad. Sin embargo, dado que necesitó leer varias veces los mismos párrafos, que perdió la pluma más de una vez, que colocó el sello al revés en algunos documentos y que se cayó con la silla por estar meciéndose hacia atrás, acabaron apenas a tiempo para almorzar.

—Bueno, parece que nos tardamos un poco más de lo esperado —dijo despreocupado—. Pero terminamos. ¿Vamos a comer?

—Gialo tiene razón, Artem —dijo nerviosa—. Algo te pasa.

—Yo me siento bien —aseguró risueño—. Aunque sí tengo hambre.

—¿Puedo llevarte yo? —interrogó cariñosa.

—Está bien —dijo encantado.

Como testigo de los incidentes en el despacho, la preocupación de Daiana rápidamente alcanzó a la de Gialo y, temiendo que Artem pudiera hacerse daño, lo levantó en brazos para encaminarse al comedor. Lo sentó en su lugar y rogó que la repentina torpeza del rey no fuese a causar que se ahogara con la comida. Gialo no estaba en la mesa, lo que acabó por convertir la preocupación de Daiana en angustia, sin embargo, al dejar el comedor siguiendo a Artem al jardín, el consejero los detuvo, y solicitando hablar con Daiana un momento, la llevó aparte.

—¿Qué le hiciste? —preguntó mirándola con firmeza.

—¿Yo? —preguntó confundida—. No le he hecho nada.

—Pensé que podía ser la espada del embajador —explicó ansioso—, pero la reina Bedona, dice que fuiste tú.

—¿Pero qué pude haber hecho yo? —interrogó preocupada.

Una zarza se sacudió entonces, acercando una rosa blanca a Daiana y aunque llena de miedo, la sostuvo conteniendo el aliento. Tras un parpadeo pudo escuchar a Arfaim soltar una queja, antes de abrir los ojos y ver la puerta de la biblioteca. Tenía en sus manos la primera maceta, estaba eufórico, con los pensamientos corriendo deprisa, mientras Bedona lo seguía curiosa. Con maceta en mano, antes de llegar a su habitación, Arfaim se tropezó dos veces en las escaleras, tomó el camino equivocado, se golpeó contra la puerta de su alcoba y al tratar de sentarse en la cama, acabó por caer al suelo.

—¿Estás bien? —interrogó Bedona extendiéndole la mano.

—Sí —dijo con una inmensa sonrisa.

—¿Estás alegre verdad? —preguntó preocupada—. La planta de tu mundo me lo acaba de susurrar.

—Muchísimo —contestó apenas conteniendo la euforia—. No puedo dejar de pensar en todas las cosas que podré hacer con esta semilla.

—Me parece bien —dijo enternecida—, pero si no te calmas, acabarás por romper la maceta. ¿Está bien? ¿Qué te parece si la dejas en la mesa y me acompañas a revisar unas puertas que debo supervisar hoy?



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En el texto hay: rosas, secretos, recuerdos

Editado: 26.02.2026

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