Un pacífico silencio vestido de sombras reinaba en el castillo cuando Artem despertó a Daiana con un susurro. Apenas consciente, ahogó un bostezo y se sentó mirando a su alrededor, pero estaba demasiado oscuro para distinguir algo y creyó que soñaba cuando lo sintió tomarla de la mano, insistiendo en que debían darse prisa.
—¿A dónde vamos? —preguntó adormecida.
—Lo sabrás cuando lleguemos —dijo tirando de su brazo para que se levantara.
—El sol aun no sale —se quejó molesta—. Quiero dormir un rato más.
—Está bien —rio paciente, subiéndola a su espalda—. A dormir.
Con un pesado bostezo, Daiana acató aquella orden sin chistar, mientras Artem se encaminaba fuera de la habitación. Al llegar a las escaleras, Daiana confundida abrió los ojos.
—¿Artem? ¿Eres tú? —preguntó alelada.
—Por supuesto —musitó con tranquilidad—. ¿Acaso piensas que permitiría que alguien más te levante? Si acaso se lo permito a Gialo. Ahora a dormir.
—Qué lindo —ahogó en un bostezo mientras lo abrazaba—. Yo también te quiero mucho. Que descanses.
—Dulces sueños.
En el jardín los esperaba Gialo, con una carroza de viajes, preparada con una cama de una plaza, dos poltronas enfrentadas y una mesa al centro. Artem colocó a Daiana en la cama cuidando no despertarla y, tras cubrirla con una manta, se acomodó en la poltrona que daba la espalda al camino. Gialo, subió tras él, cerró la puerta y sacudiendo una lámpara, indicó al cochero que podían partir. Aunque la carroza era bastante más grande que las empleadas para paseos comunes, también era mucho más silenciosa, por lo que, una vez que Artem se acomodó en su silla, tras reducir su tamaño, se quedó dormido.
Gialo ahogó un bostezo mientras se acomodaba en su lugar y cerró los ojos, aunque sin bajar la guardia. Como zarfirino, no necesitaba dormir tanto, por lo que siempre estaba despierto desde antes de la salida del sol, deambulando en su casa o bien en el castillo. Dado que en su mundo las noches eran mucho más cortas y a su especie le bastaban para reponerse por completo, no tardó en aburrirse y, encendiendo una pequeña lámpara junto a su asiento, sacó uno de sus muchos libros y comenzó a leer. Casi había llegado a la última página cuando Daiana se sentó de golpe en la cama.
—Por favor, no vayas a gritar —solicitó Gialo en voz baja, captando su atención—. Si lo despiertas sobresaltado, se va a enfadar.
Daiana se miró en la dirección que el consejero señalaba y ahogó una risita, mezcla de gracia y ternura, al ver a Artem acurrucado en la poltrona.
—Entonces no soñé que me despertó —musitó mirando a Gialo.
—No —dijo cerrando su libro—. Él mismo te sacó de la cama. Dime, ¿volverás a dormir?
—Ya salió el sol —dijo moviendo la cortina para mirar por la ventana—. No creo que pueda volver a dormirme.
—En ese caso, ¿sabes cambiarte acostada?
—Sí —contestó pensativa—. No es difícil.
—Bien —sonrió señalando una puertecilla frente a ella—. Tu ropa está en esa de allí. Corre la cortina y te cambias ese piyama. No tardamos en llegar a nuestro destino, así que desayunamos allá. Artem habrá despertado para entonces.
—¿A dónde vamos? —interrogó sacando un vestido.
—Si te lo digo, se arruinará la sorpresa y Artem pasará el día enfadado —respondió risueño—. Así que, por favor, aléjate también de la ventana. No me voy a arriesgar.
Con un puchero de decepción, Daiana corrió la cortina y se cambió, cuidando no golpearse con el tejado. Guardó el piyama en el pequeño closet y corrió la cortina una vez más, para sentarse con las piernas fuera de la cama.
—Esta carroza es enorme —dijo mirando a su alrededor.
—Es más cómoda para paseos largos —comentó con agrado—. Esta en particular fue un obsequio del rey de Adrapnar. Lo que es curioso porque en su mundo no las usan.
—Quizás fue sugerencia de alguien más —dijo mirando a Artem—. ¿Puedo pasarlo a la cama?
—Es buena idea —reconoció pensativo—, pero cuida no despertarlo.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Gialo al constatar la astucia de Daiana, pues, en lugar de acercarse y levantar a Artem de una vez, se sentó en el borde de la mesa, lo bastante cerca para tomarlo, recorriendo la menor distancia posible. Una vez que lo tuvo en brazos, lo meció suavemente mientras se deslizaba despacio, hasta estar frente a la cama y se sentó en ella con paso ágil. Satisfecha, le dio vuelta, acostándolo sobre el pecho y consiguió que se mantuviese dormido, palmeándole la espalda mientras lo arrullaba.
—Menuda habilidad —musitó Gialo sorprendido—. ¿Por qué lo pusiste en esa posición?
—Lo he visto girarse en la cama cuando lo dejó durmiendo en las noches —explicó acariciándole el cabello—. Supongo que le gusta.
—No sabía ese detalle. Lo mantendré en mente —dijo con agrado y, tras un momento de silencio, preguntó—. ¿En qué piensas?
—Estuve revisando las rosas de Lord Feiran —musitó cepillando el cabello de Artem con sus dedos.
—Giarle lo mencionó —dijo sin asombro—. Le preocupó haberte encontrado llorando, aunque también agregó que pareces menos llorona ahora. ¿Qué te preocupó de lo que viste?
Editado: 26.02.2026