"El PrÍncipe De NÁpoles"

Prólogo: La Herencia del Frío

Moscú,invierno de 2005

El frío en el almacén junto al río Moscova no era de la nieve. Era el frío del cemento sin vida y del acero sin usar. Dos figuras adolescentes a la luz de una sola bombilla colgante, se enfrentaban sobre un fardo de alfombras enrolladas.

Dmitry, con diecisiete años, tenía la delgadez dura de un alambre de púas. Su pelo rubio cenizo estaba sucio, pero sus ojos grises y fríos no se apartaban de su hermano mayor. En sus manos, un poco temblorosas pero firmes, sostenía un ídolo familiar pequeño: el mismo arcángel Miguel que décadas después llegaría a Nápoles con una grieta en el rostro.

Vladimir, diecinueve años y lleno de una rabia que el hambre y la impotencia habían convertido en veneno, escupió las palabras:

-¡Es mío! ¡Papá me lo dió a mi! ¡Tú solo eres un mocoso que se cree listo!-

-Papá está muerto-la voz de Dmitry era un susurro plano, sin emoción, pero cada palabra cortaba como cristal-Y esto no es un juguete, es lo único que vale algo. Lo vendremos. Comeremos.

-¡Yo decido! ¡Soy el mayor!-Vladimir se abalanzó, no a por el ídolo, sino a por la garganta de su hermano.

Fué una pelea brutal, sin gracia, llena de golpes bajos, de arañazos y de ese odio particular que sólo puede nacer de la misma sangre compartida en circunstancias de miseria. Rodaron por el suelo polvoriento, sofocados por el polen seco de las alfombras. El ídolo, atrapado entre ellos, crujió.

Un sonido seco, como el de un hueso pequeño rompiéndose.

Ambos se detuvieron, jadeando. Dmitry se liberó de un empujón y se puso de rodillas. El ídolo yacía en el suelo, una grieta serpenteante dividía el rostro del arcángel, desde el borde del halo hasta la base del cuello. Un fragmento se había desprendido.

El silencio que siguió fué más denso que cualquier grito.

Vladimir miró la pieza dañada y luego a su hermano. En sus ojos la rabia se solidificó en algo más profundo y permanente: rencor. No por el ídolo, sino porque Dmitry, incluso arrodillado y sangrando, lo miraba con desprecio. Con lástima. Como si él, Vladimir, fuera el error, no el acto.

-Míralo-escupió Vladimir, señalando la grieta con un dedo tembloroso-Lo rompiste. Siempre rompes todo lo que tocas.

Dmitry no respondió. Recogió con infinita delicadeza los dos pedazos, el grande y el pequeño. Los envolvió en un trapo sucio. Cuando alzó la vista, si expresión había cambiado. Todo rastro de niño había desaparecido. Solo quedaba el hielo.

-Tú rompes por rabia-dijo Dmitry, poniéndose de pie, su voz era ahora peligrosamente calmada-Yo solo rompolo que no sirve, o lo que se interpone en mi camino. Acuérdate de eso Volodya.

Esa fué la última vez que Dmitry usó el diminutivo cariñoso para su hermano.

Años después, en su ático de Nápoles , Dmitry Petrov, el Zar, guardaría ese mismo ídolo en una caja fuerte, la grieta intacta. No como un recuerdo de la pobreza, sino como un recuerdo táctil. Un monumento al momento en que entendió dos verdades fundamentales:

1.Que su hermano era impulsivo y gobernado por el resentimiento.

2.Que algunas cosas rotas podían ser útiles. Podían guardar secretos. Podían ser restauradas para servir a un nuevo propósito.

Y cuando, una tarde de verano napolitano, una restauradora de ojos color miel preguntara por la procedencia de la grieta, él mentiría con la misma facilidad con la que respiraba:

-"Un accidente familiar".

Porque lo fué. El primer y más significativo accidente de una familia que solo sabía hacerse daño. Y Camilla Greco, sin saberlo, estaba a punto de meter las manos en el corazón mismo de esa herida antigua, creyendo que solo estaba restaurando madera y pintura.

Ella repararía la fractura en la madera. Pero la que dividía a los hermanos Petrov solo podía sellarse con sangre.




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