El último rayo de sol de la tarde de Nápoles no iluminaba, sino que bañaba. Se colaba por el ventanal alto del taller de Camilla, transformando el polvo de siglos que danzaba en el aire en oro líquido. En ese momento sagrado la luz caía sobre la curva del cuello de una Madonna del siglo XVIII que sostenía entre sus manos, revelando una fisura casi invisible en el barniz.
Camilla inclinó la cabeza y un rizo rebelde de su cabello castaño oscuro se liberó del moño despreocupado. No lo recolocó. Su mundo se había reducido a un centímetro cuadrado de lienzo envejecido, al olor de trementina y aceite de linaza, al silencio profundo que solo habitan quienes conversan con el tiempo.
-Signorina Greco-la voz en la puerta no la sobresaltó, pero si la arrancó de su trance con la delicadeza de un guante de seda.
Alzó la vista.
Un hombre llenaba el marco de la puerta, no por su estatura, que era considerable, sino por la manera en que la luz del atardecer parecía esquivarlo, creando una silueta oscura y definida contra el caos colorido de la calle napolitana. Durante un segundo, fuera de foco, fue solo una presencia poderosa.
Luego entró y el taller se encogió.
Llevaba un traje de lana fina color gris antracita, cortado con una presición que gritaba dinero y poder silencioso. El blanco impecable de su camisa hacía que su piel pareciera más pálida, casi marmórea. Su cabello, de un rubio tan claro que rayaba la blancura platina, estaba cortado con una severidad militar. Pero fueron sus ojos los que la clavaron al suelo. Grises. Del gris de las navajas antes del corte, del mar antes de la tormenta. Fríos, evaluadores, y completamente fijos en ella.
-Soy Dmitry Petrov-dijo, sin extender la mano. Su acento era una caricia áspera, un arrastre esclavo que envolvía cada palabra en terciopelo y acero-Me recomendaron su... delicadeza.
Camilla sintió un estremecimiento que nada tuvo que ver con el miedo. Fue una descarga de pura alerta, el instinto ancestral que susurra cuando un depredador de una especie desconocida entra en tu territorio. Se limpió las manos en el delantal de lino, consciente de la mancha de pigmento ocre en su dedo índice.
-Señor Petrov. Pase-respondió, y su propia voz le sonó extrañamente serena-¿En qué puedo ayudarle?
Dmitry avanzó. Sus pasos eran silenciosos sobre las tablas de madera desgastadas. No miraba los cuadros apoyados en las paredes, ni las estanterías repletas de frascos y pinceles. Su mirada gris recorrió el desorden organizado del taller y volvió a pasarse en ella, como si fuera el único objeto digno de su atención.
De un maletín delgado de cuero negro que llevaba, extrajo un paquete envuelto en tela de fieltro. Con movimientos deliberados, lo desenvolvió sobre la mesa de trabajo de Camilla, apartando sus pinceles sin pedir permiso.
Lo que reveló hizo que a Camilla se le cortara la respiración.
Era un ídolo ruso, pequeño, quizás del siglo XVI. La madera estaba oscura por el tiempo, pero la figura de un arcángel, pintado de temple y oro, conservaba una belleza feroz y etérea. Sin embargo, una grieta serpenteante le cruzaba el rostro, y un trozo del panel inferior se había desprendido.
-Es extraordinario-susurró Camilla, olvidándose del hombre por completo para inclinarse sobre la pieza. Su dedo, sin tocarla, trazó la línea de la fractura en el aire-El daño es severo, pero la pintura subyacente está estable. Se puede salvar. ¿Qué pasó?
-Un accidente familiar-dijo Dmitry, y su tono no invitaba a más preguntas. Su mirada ya no estaba en el ídolo, sino en el perfil de Camilla, en la curva de su pestaña donde se pasaba la luz dorada, en la línea de su cuello-Necesito que lo restaure, que lo haga completo de nuevo. El dinero no es un problema.
Camilla finalmente alzó la vista hacia él, esa cercanía era abrumadora. Podía distinguir las hebras plateadas en sus cejas, la perfecta línea de su mandíbula afeitada, la intensidad casi física de su mirada. Olía a cuero frío, a sándalo costoso y a algo indomable, como el aire antes de un relámpago .
-La restauración no es magia, señor Petrov. Es... un diálogo con lo que fué, puedo reunir los fragmentos, consolidar la madera, reintegrar el color perdido con puntillismo. Pero la cicatriz siempre estará ahí. Será parte de su historia.
Una esquina en los labios de Dmitry de tensó, en lo que podría haber sido el esbozo de una sonrisa, pero sus ojos permanecieron glaciales.
-Las cicatrices no me preocupan, signorina Greco. Lo que exijo es que lo que es mío recupere su belleza. Su integridad-hizo una pausa y su voz bajó un tono, volviéndose íntima y peligrosa en el silencio del taller-No tolero que lo que me pertenece esté dañado, o en manos incorrectas
La declaración flotó en el aire cargado de polvo y esencia de trementina. No hablaba solo del ídolo. Camilla lo supo con una certeza visceral que le erizó la piel. Este hombre no había venido solo por sus habilidades. Había venido a verla. A medirla.
-¿Y por qué yo?-preguntó desafiando ese instinto que le gritaba que bajara la vista.
-Porque me dijeron que usted es la mejor-respondió él, su mirada descendiendo, lenta y deliberadamente, desde sus ojos hasta la boca, luego al ritmo de su pulso, que ella sentía le martillaba la garganta-Y yo solo acepto lo mejor.
Extendió entonces su mano, no para un saludo, sino para colocar, con una presición absoluta, una tarjeta de visita de papel grueso y liso al lado del ídolo. No tenía logotipos. Sólo un nombre: Dmitry Petrov, y un número de teléfono.
-Trabajaré en la evaluación y le diré el presupuesto en unos días-dijo Camilla, recuperando el control de su voz profesional.
-No-la interrumpió el suavemente, recogiendo su maletín-Usted trabajará en él, yo cubriré cualquier cifra que escriba en ese papel. Me contactaré con usted pronto-su mirada hizo un último barrido por ella, desde los rizos desobedientes hasta los pies descalzon dentro de sus sandalias. Era una mirada de posesión, de catalogación-Que tenga un buen atardecer, Camilla.