La salpicadura de agua salada y diesel no llegaba hasta donde Dmitry Petrov estaba de pie. El viento nocturno que barría el Molo San Vicenzo, cargado con el olor a pescado podrido y agua estancada, parecía detenerse a un metro de su traje, como si también él supiera su lugar.
Delante de él, arrodillado sobre el frío cemento manchado de grasa, un hombre llamado Fabrizio sollozaba. Una línea de sangre espesa le corría desde el pelo hasta la barbilla, donde goteaba sobre su camisa arrugada.
-Por favor Pakhan.... fue un error... el dinero... solo era un préstamo...
Dmitry escuchaba, las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo de lana negra. No miraba a Fabrizio. Miraba más allá, a las luces de los barcos de pesca meciéndose en la oscuridad, como si la escena que tenía delante fuera una molestia menor, una mosca zumbando. A su lado, Iván permanecía inmóvil, una estatua de músculo y serenidad mortal. Sus ojos azules, descoloridos, no se apartaban del traidor.
-Un préstamo de mis fondos, Fabrizio-dijo Dmitriy finalmente. Su voz era tan suave como el roce de la seda, y tan fría como el acero del puerto-Sin mi permiso. Sin intereses. Eso no es un préstamo. Eso es... robarle al león mientras duerme.
Fabrizio temblaba violentamente-¡Lo devuelvo todo! ¡Con intereses! ¡Mi hija, Pakhan, tiene sólo
-Tres años. Lo sé-lo interrumpió Dmitry, y por primera vez bajó su mirada gris hacia el hombre. En esas profundidades glaciales no había compasión, solo una evaluación desapasionada-Por ella, y porque tú trabajo en la aduana fué útil, te daré una opción.
Hizo una pausa, dejando que el silencio y el miedo hicieran su trabajo. Luego, con un gesto casi imperceptible de su mentón, señaló el borde del muelle, donde la oscuridad del agua golpeaba contra los pilotes.
-El dinero, multiplicado por tres, en cuarenta y ocho horas. O tú, multiplicado por cero, ahora mismo.
Fabrizio sollozó de alivio, un sonido animal y desgarrador-¡Sí, sí! ¡Gracias! ¡Lo conseguiré!
-Iván-dijo Dmitry, volviéndose de espaldas al espectáculo, como si ya hubiera dejado de existir-Acompáñalo. Asegúrate de que no se pierda.
Iván asintió una vez, con un movimiento seco de la cabeza, su mano, grande y nudosa, se cerró sobre el hombro de Fabrizio, levantándolo del suelo sin esfuerzo aparente. No hubo violencia innecesaria. Solo eficiencia. El mensaje estaba enviado. Los hombres que observaban desde las sombras, los capataces y los guardias, lo habían recibido. El poder de Dmitry no residía en la rabia; residía en la certeza absoluta, y en la voluntad de actuar sin vacilar.
El viaje de regreso al centro de Nápoles fue en silencio dentro de la berlina negra con vidrios polarizados. Dmitry miraba por la ventana, pero no veía la ciudad. Su mente, ese mecanismo de presición, había pasado de la aritmética del castigo a otro tipo de cálculo.
Una curva del cuello, bañada en luz dorada. Unos dedos manchados de ocre, delicados sobre la madera vieja. Unos ojos color miel que lo habían mirado no con miedo, sino con una curiosidad desafiante.
Camilla.
El nombre resonó en su cabeza como un eco perturbador. No encajaba en ninguna de sus categorías. No era un activo, un enemigo, ni un subordinado. Era una variable nueva, desordenada y fascinantemente cálida en la ecuación perfectamente fría de su vida.
El ascensor privado lo llevó directamente al ático de su residencia, una fortaleza de cristal y acero con vistas al Vesubio, que en la oscuridad era apenas una silueta amenazante contra el cielo estrellado. Dentro, reinaba un orden Espartano. Paredes blancas, pisos de piedra pulida, muebles modernos de líneas limpias. No había cuadros, solo una gran escultura de acero en un rincón. Era un espacio que hablaba de control, de una mente que había eliminado todo lo superfluo.
Se sirvió un vodka solo, sin hielo y se paró frente al ventanal panorámico. La ciudad se extendía a sus pies, un tapiz de luces parpadeantes y sombras profundas. "Todo esto es mío" pensó, no con arrogancia, sino con la simple aceptación de un hecho. Los muelles, los clubes, el flujo de dinero, el miedo. Todo.
Pero ahora, había un pequeño taller en Spaccanapoli que no lo era. Y la mujer que estaba dentro tampoco, aún.
-Iván-dijo, sin volverse. Sabía que su hombre había entrado, silencioso, después de asegurarse de que el asunto del muelle estaba cerrado.
-Pakhan-la voz de Iván era grave, un susurro ronco.
-La restauradora. Camilla Greco.
-Estamos en ello. Antecedentes limpios. Familia respetable. Ninguna conexión con nuestros círculos. Técnicamente brillante. Solitaria.-Iván recitó los datos como un informe militar-No hay pareja estable. Vive para su trabajo.
Dmitry dió un sorbo a su vodka, sintiendo el fuego líquido bajar por su garganta. Solitaria. La palabra le produjo una satisfacción primitiva. Un espacio vacío que él podía llenar. Que quería llenar.
-Profundiza. Quiero saber los nombres de sus amigos, sus hábitos, sus gustos. Qué lee. Qué teme-ordenó y su tono dejó claro que no era una sugerencia -Pero con discreción. No debe sentirse vigilada. No aún.
Iván asintió -Entendido-hizo una pausa breve, casi imperceptible. Su siguiente pregunta era profesional, pero detrás de ella latía la preocupación por el único punto vulnerable en su propia armadura: Misha. Cualquier nueva variable en la vida de Dmitry podía afectar el equilibrio de su seguridad-¿Considera esto un riesgo operativo?
Dmitry giró lentamente para enfrentarlo. La luz tenue de la habitación acentuaba los ángulos duros de su rostro.
-Todo es un riesgo, Iván. Pero algunos riesgos... merecen la pena ser tomados-sus ojos grises se clavaron en los azules del hombre-Asegúrate de que los protocolos para tu situación personal estén activados al nivel más alto. Está nueva variable no debe afectar eso. Jamás.
Fue lo más cerca que Dmitry estaría jamás de pronunciar una promesa. Iván lo entendió perfectamente. La lealtad no era un sentimiento; era una estructura de acero forjada con hechos. Dmitriy protegía lo suyo. Y Misha, por extensión de la lealtad de Iván, lo era.