La llamada llegó al taller un martes por la tarde, cuando el sol ya empezaba a inclinarse. Camilla tenía las manos embadurnadas de yeso y estaba concentradísima en consolidar el reverso del ídolo. El timbre del teléfono la sobresaltó.
-¿Si?-respondió, aún el aurón entre la oreja y el hombro.
-Camilla-una sola palabra, dicha con esa cadencia esclava que reconocería en cualquier multitud. La voz de Dmitry Petrov era como un contacto físico a través del cable-¿Interrumpo?
Un calor inmediato le subió por el cuello-No, no... estoy trabajando en tu pieza, precisamente.No era una pregunta. Era una declaración suave, pero impecablemente firme. La misma que había usado en su taller. "Necesito que lo restaure". "Cenarás conmigo".
Camilla tragó saliva. La parte sensata de su cerebro gritaba que dijera que no, que era demasiado intenso, demasiado rápido, demasiado... él. Pero la otra parte, la que había pasado tres días obsesionada con el recuerdo de sus ojos grises, ganó.
-¿Dónde?
-Mándame tu dirección. El coche pasará a las nueve-hizo una pausa, y su voz bajó un tono, haciéndose íntima-Vístete para una noche que recordarás.
La línea se cortó antes de que ella pudiera responder.
A las nueve en punto, el timbre de su apartamento sonó. Al abrir, no encontró a Dmitry, sino a Iván. El hombre de la mirada de hielo azul y el traje oscuro que parecía parte de su piel. Su presencia masiva llenaba el estrecho rellano.
-Signorina Greco-dijo con una inclinación de cabeza que no era una reverencia, sino un simple reconocimiento-El coche le espera.
El trayecto hasta Posillipo fue un sueño. Atravesaron Nápoles como si las calles se abrieran para ellos, hasta que la ciudad se abrió ante el mar. El restaurante no estaba señalizado. Era una villa antigua, con una terraza colgada sobre el abismo oscuro del Golfo. Las mesas, separadas por arcos y enredaderas de jazmín, parecían islas privadas. Olía a salvia, a mar y a dinero viejo.
Y allí, de pie junto a la barandilla con el Vesubio como silueta a su espalda, estaba Dmitry.
Está vez no llevaba traje. Vestía unos pantalones oscuros y una camisa blanca abierta en el cuello, las mangas enrolladas hasta los antebrazos. La brisa marina movía su pelo rubio platino. Parecía más joven, más... accesible. Pero cuando sus ojos grises se encontraron con los de ella, Camilla supo que era una ilusión. La intensidad en ellos era la misma: una atención total, absorbente.
-Camilla-dijo su nombre, y la palabra sonó como una posesión en su boca. No extendió la mano. Se acercó invadiendo su espacio de manera que hizo que el aire se le atascara en sus pulmones. Inclinó la cabeza y sus labios rozaron apenas la piel de su mejilla en un saludo que no era italiano, ni ruso, era puramente Dmitry. Un escalofrío la recorrió de la cabeza a los pies-Me alegra que hayas venido.
La cena fue un ballet de seducción calculada. Dmitry no habló de negocios, ni del ídolo. Habló de arte. De la escuela napolitana, de Caravaggio. Con un conocimiento profundo y pasional que la dejó atónita. Le preguntó por sus técnicas, por el desafío de la restauración, escuchando cada palabra como si fuera lo único importante en el mundo. La hacía sentir la mujer más inteligente, más interesante del planeta.
Pero bajo la superficie, la corriente era peligrosa. Sus preguntas, aunque sutiles trazaban el mapa de su vida. Sus dedos rozaban los suyos al pasar la sal, su pierna se encontraba con la de ella bajo la mesa, y cada contacto era una pequeña descarga eléctrica.
-¿Y tú Dmitry?-se atrevió a preguntar ella, impulsada por el vino y la necesidad de equilibrar la balanza-¿Qué es lo que restauras?
Una lenta y cargada de significado se dibujó sus labios. Sus ojos grises brillaron a la luz de las velas.
-Yo no resto, milaya moya. Yo construyo. Y protejo lo que es mío-su mirada bajó hasta su boca y se demoró allí-A cualquier precio.
La declaración flotó en el aire más pesada que el aroma a jazmín. Camila sintió una mezcla de excitación y alarma.
Cuando el café llegó, Dimitri deslizó una pequeña caja de terciopelo negro sobre la mesa.
-Un adelanto. Por tu trabajo.
Dentro sobre un lecho de seda brillaba un fino pincel de pelo de Marta Cebellina con el mango de ébano tallado. Era una herramienta de una belleza y una calidad exquisitas.
-Es... demasiado-susurró Camilla tocándolo con reverencia.
-Nada es demasiado para la persona adecuada-respondió, y su tono dejó claro que no hablaba del pincel.
El viaje de regreso fue en silencio, pero la tensión dentro del coche era palpable. Dmitriy no la llevó directamente a su casa. Ordenó al conductor que se detuviera en el Mirador de San Antonio, una balconada desierta a esa hora.
-Ven-dijo saliendo y ofreciéndole la mano.
Camilla la tomó. Su palma era grande cálida, cálida, con callosidades inesperadas. La guió hasta la barandilla, donde el mundo parecía terminar.
-Esta vista es una de las cosas por las que vale la pena luchar-murmuró Dimitry de pie, tan cerca que su calor le envolvía.
Ella podía sentir su respiración, oler su fragancia amaderada mezclado con el aire salado. Cuando él giró lentamente para enfrentarla, su expresión ya no era la del conversador culto. Era cruda, hambrienta.
-Desde el momento en que entraste en mi taller-susurró Camilla sin poder contenerse-supe que eras peligroso.
Los ojos de Dimitri centellearon. Una mano se alzó, y sus dedos, con una delicadeza que contradecía su fuerza, le apartaron un rizo de la cara, acariciando luego la línea de su mandíbula.
-Soy mucho más peligroso de lo que puedes imaginar-confesó, su voz un ronquero profundo que vibró en lo más hondo de ella-Pero para ti, Camilla, solo quiero ser una adicción.
Y entonces, finalmente bajó la cabeza.
El primer beso no fue una pregunta. Fue una declaración. Una toma de posesión lenta, espérate y devastadoramente completa. Sus labios eran firmes, insistentes, saboreándola punto una de sus manos enredó en su cabello, sujetándola con una firmeza que hizo que le ardiera la piel. La otra se cerró su cintura, atrayéndola contra un cuerpo duro como el acero.