La luz en la mansión de Vladimir Petrov no iluminaba; afirmaba. No eran las lámparas discretas y funcionales de Dmitry, sino arañas de cristal de Murano que lanzaban cascadas de destellos sobre los suelos de mármol blanco de Carrara. Enormes cuadros de estilo napoleónico, todos de cacerías y batallas, cubrían las paredes. Olía a ceras de abejas pulida, a flores caras que ya empezaban a mustiar, al amaderado intenso y especiado de su colonia.
Vladimir no miraba la vista al mar desde su salón. Estaba sentado en un sillón de cuero rojo oscuro, con un vaso de vodka congelado en una mano y una fotografía impresa en la otra. La imagen, granosa por el zoom, mostraba a Dmitry y a la mujer, Camilla Greco, fundidos en un beso bajo la tenue luz del mirador. Un músculo en su mandíbula se tensaba rítmicamente.
-¿Un error, hermanito?-murmuró para sí, su voz un rumor cargado de vodka y resentimiento-O una debilidad gloriosa.
El también era elegante. Su traje de tres piezas, de un gris perla casi blanco, estaba cortado a la perfección sobre su cuerpo más voluminoso. Si cabello rubio ceniza, recogido en un nudo impecable en la nuca, brillaba bajo la luz. Pero donde Dmitry irradiaba un frío control, Vladimir emanaba una energía contenida, como un volcán disfrazado de montaña nevada. Sus ojos, del mismo gris de la familia, no eran glaciales. Eran tormentosos, eléctricos, y en ese momento ardían con una mezcla de desprecio y voracidad.
-¡Boris!-gritó, sin apartar la vista de la foto.
Un hombre entró, era la antítesis de Iván: más joven, con los nervios a flor de piel, una cicatriz en la mejilla y los ojos saltando de un lado a otro. No tenía la quietud mortal del mastín de Dmitry; tenía la inquietud de una hiena.
-Da, Vladimir Petrov.
-Esta mujer -Vladimir deslizó la foto por la mesa de ébano como si fuera una carta de póker decisiva-Camilla Greco. Restauradora. Quiero saberlo todo. No lo que mi hermano ya sabe. Lo que ha pasado por alto. Amores viejos, un vicio secreto, deudas, una mentira tonta.Algo que pueda usar para... arañar esa perfección que tanto le gusta cultivar.
Boris asintió, recogiendo la foto con dedos ávidos-¿Y si no hay nada? La investigación de Iván es... exhaustiva.
Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en los labios de Vladimir. Se levantó y fue hacia la barra a servirse otro vodka.
-Todo el mundo tiene algo Boris. Solo hay que saber presionar el lugar correcto. Y si no...-bebio un trago largo, mirando el fuego líquido a través del cristal-Bueno entonces tendremos que crearle algo ¿no? Mi hermano la está llevando a su terreno. Quiere impresionar la con su mundo de lujo y control. Es predecible.
Caminó hacia el ventanal, mirando en la dirección donde sabía que se encontraba el ático de Dmitriy.
—Él cree que el poder es una jaula de acero. Yo sé que es un juego de percepciones. Si la gente cree que algo es sucio, lo es, aunque brille. —Se volvió, y sus ojos brillaron con una idea repentina. —Y yo voy a ensuciar su nuevo juguete. No para romperla… no todavía. Para mancharla. Para que cuando él la mire, ya no vea esa luz que tanto le fascina, sino la sombra de mi influencia.
Boris esbozó una sonrisa torcida, entendiendo. —¿Empezamos por su trabajo? Una denuncia anónima sobre procedimientos cuestionables… materiales robados…
—Demasiado burdo. Y demasiado lento —cortó Vladimir, agitando el vaso. —No. Empezamos por los bordes. Su círculo. Esa amiga, la que trabaja en la galería… la que habla demasiado en los bares. Acércate a ella. Sé amable. Generoso. Haz preguntas. Y después… —su mirada se volvió pensativa, calculadora—, invítala a uno de mis clubes. Que vea cómo es el mundo cuando no está filtrado por el austero gusto de mi hermano.
Era inteligente. No con la paciencia estratégica de Dmitry, sino con una inteligencia táctica, rápida como un relámpago, perfecta para sembrar el caos. No quería destruir a Camilla aún; quería convertirla en el campo de batalla donde humillar a Dmitry.
—Quiero una reunión con los hermanos Mancini —continuó, refiriéndose a un pequeño pero ambicioso clan calabrés que operaba en los muelles, y a quienes Dmitry mantenía a raya con puño de hierro. —Háblales de… nuevas oportunidades. De que quizá, bajo un liderazgo diferente, los acuerdos podrían ser más favorables.
—Dmitry se enterará —advirtió Boris.
—¡Que se entere! —rugió Vladimir, de repente encendido, golpeando la mesa con el puño. El vaso saltó. Su elegancia se rajó por un segundo, mostrando la ira hirviente que había debajo. —¡Que sepa que estoy aquí! Que no soy un fantasma en su máquina perfecta. Que su "debilidad" tiene consecuencias. —Respiró hondo, recuperando la compostura, arreglándose los puños de la camisa. —Pero con discreción, Boris. No somos matones. Somos… empresarios persuasivos.
Después de que Boris se fuera, Vladimir se quedó solo con la fotografía. La tomó de nuevo, acercándola. Estudió el rostro de Camilla, la curva de su espalda bajo el vestido negro, la manera en que su cuerpo se inclinaba hacia Dmitry.
—¿Qué tienes, devushka? —murmuró, su tono ahora curiosidad mezclada con envidia. —¿Qué luz es esa que ha cegado incluso a mi frío hermano?
No sentía atracción por ella. No como Dmitry. Lo que sentía era el deseo de poseer lo que su hermano consideraba precioso. Era la envidia más pura: no quería el objeto por sí mismo, sino por el dolor que arrebatárselo causaría a su dueño.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de otro de sus contactos en la policía portuaria: "Tu hermano ha cerrado el asunto Fabrizio. El mensaje fue claro. Su posición sigue fuerte."
Vladimir apretó los dientes. Siempre un paso por delante. Siempre el Pakhan impecable. Pero ahora, por primera vez en años, Dmitry había dejado una rendija en su armadura. Una rendija con forma de mujer.
Apagó las luces del salón, quedando solo con la luz azulada de la luna que entraba por los ventanales. Se quedó de pie, mirando la ciudad, imaginando el ático de Dmitry al otro lado de la bahía.