"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 5: El Secreto del Ídolo

El taller olía a disciplina. A acetona, a resina de dammar, al polvo fino de la madera vieja. La semana siguiente a La Cita, Camilla había intentado sumergirse en la rutina, pero el mundo había adquirido una nueva textura. Cada sonido del teléfono le hacía saltar el corazón, cada rayo de sol en el polvo le recordaba la luz en los ojos grises de Dmitry. Y el sabor de su beso… era una marca de fuego que no se borraba.

Para ahuyentar los fantasmas, se había refugiado en el trabajo. En el icono.

Había consolidado la madera, fijado el fragmento desprendido con un adhesivo reversible de última generación. Ahora, bajo la lente de aumento de su lámpara de restaurador, se dedicaba a la meticulosa tarea de reintegración cromática. No se trataba de repintar, sino de disimular la pérdida con pequeños puntos de color, de manera que desde lejos el ojo percibiera la unidad, pero de cerca se pudiera distinguir la intervención. Era un acto de humildad y respeto.

El oro del halo del arcángel Miguel estaba casi intacto. Con un pincel de un solo pelo –no el regalo de Dmitry, ese era demasiado precioso para usarlo aún–, aplicaba una micro-capa de consolidante. La luz de la lámpara era cruda, reveladora. Y fue entonces cuando lo vio.

En el borde interior del halo, justo donde la grieta principal había hecho su recorrido más profundo, la madera parecía tener una textura ligeramente diferente. No era la fibra natural astillada. Era más suave, como si hubiera sido modificada. Su pulso se aceleró. Con unas pinzas quirúrgicas y el aliento contenido, palpó la zona.

Un minúsculo clic, casi inaudible.

Un fragmento cuadrado delgado como una uña, que parecía parte integral del panel, se desprendió ligeramente. No era un pedazo roto. Era una tapa.

Con manos que ahora temblaban levemente, Camilla la retiró. Debajo, oculto en un hueco tallado en el grueso de la tabla, había una pequeña cavidad. Un compartimento secreto.

El tiempo se detuvo. Todo el ruido de Spaccanapoli se desvaneció. Dentro del hueco, protegidos por siglos de oscuridad y por la grieta que los había sellado, había dos objetos:

1. Una llave antigua, pequeña y pesada, de hierro forjado, con una elaborada cabeza en forma de águila bicéfala.
2. Un trozo de papel doblado, amarillento y quebradizo, escrito con una tinta marrón ya desvaída.

Con el corazón golpeándole las costillas, Camilla usó unas pinzas para extraer el papel. Lo desdobló con infinita precaución sobre su mesa de trabajo. La escritura era cursiva, apretada, en cirílico. No entendía nada. Pero en la parte inferior, debajo de las líneas de texto, había algo que sí pudo descifrar: un conjunto de coordenadas geográficas y lo que parecía un nombre: "V. Petrov".

Petrov.

El aire se le escapó de los pulmones. No era solo el apellido de Dmitry. Era la prueba tangible de que el icono, y su secreto, estaban profundamente entrelazados con su mundo. Un mundo que, instintivamente, supo que no era solo el de un coleccionista rico.

Miró la llave. El águila de dos cabezas. Un símbolo imperial ruso. ¿De qué abriría esa llave? ¿Una caja fuerte? ¿Una puerta? ¿Un cofre escondido?

Y las coordenadas… ¿Llevaban a un lugar en Rusia? ¿O aquí, en Italia?

De repente, la historia del "accidente familiar" que Dmitry le había contado adquirió un peso nuevo y ominoso. Esto no era un accidente. Esto era un escondite. Alguien, probablemente el padre de Dmitry, había ocultado algo de valor –o de peligro– dentro del icono, y luego lo había roto para sellarlo, quizás apresuradamente, quizás durante una pelea. La grieta no era un daño; era una cápsula del tiempo.

El pánico, frío y nítido, le serpenteó por la columna vertebral. ¿Lo sabía Dmitry? ¿Era este el verdadero motivo por el que quería el icono restaurado? No para preservar un recuerdo, sino para acceder a su secreto. Y ella, sin quererlo, lo había encontrado primero.

Una oleada de paranoia la inundó. Sintió los ojos de Iván en su nuca, la mirada de Dmitry midiéndola. Si ellos descubrían que ella había encontrado esto… ¿Qué harían? ¿La considerarían una amenaza? ¿Un testigo incómodo?

El instinto de conservación, agudo e inmediato, superó a la curiosidad. Con movimientos rápidos pero precisos, tomó una foto del papel con su teléfono. Luego, envolvió la llave y el papel en un trozo de fieltro limpio. No los volvió a poner en el compartimento. En su lugar, los escondió en el fondo de su bolso, bajo una capa de herramientas. La tapadera de madera la volvió a colocar en su sitio, asegurándola con una minúscula gota de adhesivo reversible. Desde fuera, el icono parecía exactamente igual. La grieta, a medio restaurar. El secreto, vuelto a su oscuridad.

Pero nada volvía a ser igual.

Se levantó y fue a la ventana, frotándose los brazos como si tuviera frío. Nápoles bullía ahí abajo, ajena. Ella tenía en su poder un fragmento del pasado de Dmitry. Un pasado que olía a peligro, a secretos y a esa guerra silenciosa de la que, sin nombre, él le había hablado.

¿Y si esto era lo que Vladimir buscaba? ¿Lo que enfrentaba a los hermanos?

La atracción que sentía por Dmitry se enredó ahora con un nudo de miedo y desconfianza. Él no era solo un hombre peligrosamente atractivo. Era el guardián de historias ocultas en iconos rotos. Y ella acababa de meter la mano en la herida.

Miró el icono sobre la mesa. El arcángel Miguel, el guerrero celestial, parecía mirarla ahora con una severidad acusadora. ¿Qué has hecho?, parecían decir sus ojos pintados.

—No lo sé —susurró Camilla al vacío. —Pero prometo que te devolveré tu belleza. Aunque lo que escondías… eso tendré que decidir qué hacer con ello.

Y en el fondo de su bolso, la llave de hierro con forma de águila parecía latir con un frío propio, esperando su turno de abrir no una cerradura, sino un nuevo y más peligroso capítulo de su vida.




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