"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 6: El Vigilante

La noche en el ático de Dmitry Petrov era una extensión silenciosa de su mente: ordenada, fría y absolutamente bajo control. De pie frente al ventanal, un vaso de vodka sin tocar en la mano, no veía la ciudad dormida. Veía patrones.

En la pantalla táctil empotrada en la pared de cristal, tres flujos de información se actualizaban en silencio:

1. Reporte de seguridad de Misha: Todo estable. Movimientos rutinarios. La casa en las colinas era un silo, aislado y seguro.
2. Movimientos de Vladimir: Su hermano había concertado una reunión con los Mancini. Predecible. Un movimiento débil, de alguien que busca aliados entre los desesperados. Dmitry ya tenía un hombre dentro de ese clan. Sabría cada palabra.
3. Informe sobre Camilla Greco: El más extenso, y el único que leía y releía. Horarios, compras, llamadas telefónicas banales con su madre en Roma, una cita con el dentista. Nada fuera de lo común. Nada que sugiriera miedo o huida después del beso.

Eso debería haberlo satisfecho. En cambio, lo ponía en un estado de alerta sutil. La calma era demasiado perfecta.

Iván, como una sombra sólida a su espalda, rompió el silencio. —El taller tiene sensores de movimiento y audio. No ha habido visitas inusuales. Trabaja hasta tarde. Parece… absorta.

—¿En el icono? —preguntó Dmitry, sin volverse.

—Sí. El progreso es meticuloso. Lento.

Un orgullo primitivo, irracional, se agitó en el pecho de Dmitry. Su meticulosidad. Su dedicación. Aplicada a algo que era suyo. Pero la razón, su brújula constante, señalaba una anomalía.

—Demasiado lento, Iván. Ella es experta. —Finalmente, dio un sorbo al vodka, dejando que el fuego le aclarara los pensamientos. —¿Está evitando terminarlo? ¿Por qué?

—Quizás es cautela. Es una pieza valiosa.

—O está encontrando cosas —murmuró Dmitry, sus ojos grises reflejando las luces de la ciudad. El icono era viejo. Y en su mundo, las cosas viejas siempre escondían huellas. Huellas de su padre. De los orígenes oscuros que él había reescrito con sangre y acero. ¿Habrá escondido algo el viejo allí? La posibilidad era remota, pero no nula. Su padre era paranoico y sentimental. Una combinación peligrosa.

—Quiero una cámara en el taller —ordenó, y su voz no dejó lugar a dudas. —No solo sensores. Quiero ver sus manos. Quiero ver su expresión cuando trabaje. Instálala mañana mientras ella no esté. Discreción total.

—Entendido —asintió Iván. No hubo juicio en su tono, solo aceptación. La privacidad era un lujo que su Pakhan no concedía a lo que consideraba suyo.

Dmitry se alejó de la ventana y se acercó a una caja fuerte discreta empotrada en la pared. La abrió con una secuencia táctil y de huella dactilar. Dentro, junto a documentos y armas limpias, había una pequeña caja de madera. La abrió. Allí, sobre terciopelo negro, estaba el fragmento original que se había desprendido del icono décadas atrás en Moscú. Lo había guardado todo este tiempo. Un recordatorio táctil del día que aprendió que la compasión era un defecto y que Vladimir era una amenaza que, tarde o temprano, habría que eliminar.

Lo sostuvo en la palma de la mano. La madera era liviana, el borde irregular. Ella está tocando esto ahora, pensó. Sus dedos están en la misma grieta que mis manos adolescentes sostuvieron. La idea creó una intimidad perturbadora y poderosa. Era como si, a través del icono roto, sus pasados se estuvieran tocando.

Su teléfono, el personal, vibró. Un nombre iluminó la pantalla: Camilla.

Una extraña tensión, casi eléctrica, lo recorrió. Era la primera vez que ella lo llamaba. Tocó la pantalla para aceptar.

—Camilla —dijo, y su propia voz sonó más suave de lo que había pretendido.

—Dmitry. Hola —la voz de ella era clara, pero con un tenue temblor que solo alguien entrenado para detectar mentiras podría notar. —Solo quería avisarte que el trabajo en el icono avanza bien. La grieta es compleja, pero… es fascinante.

Él sonrió, un gesto pequeño y privado. Ella no solo trabajaba en ello; lo encontraba fascinante. Como él a ella.

—Me alegra oírlo. Tu fascinación es… reconfortante. —Hizo una pausa, dejando que el silencio cargado se extendiera. —¿Y tú? ¿Estás bien?

—¿Yo? Sí, sí, estoy bien. Solo un poco cansada. Trabajar con tanto detalle… es agotador.

—Entonces debes descansar. Deja el trabajo. Yo puedo ocuparme de que descanses —la oferta era una caricia y una amenaza, envuelta en la misma seda.

Ella rió, un sonido breve y nervioso. —Eres muy insistente.

—Solo con las cosas que valen la pena. Y tú, Camilla, vales todo mi esfuerzo. —La declaración fue directa, brutal en su honestidad. No había juego aquí. Era la verdad de un hombre que nunca dudaba de lo que quería. —Te invito a algo distinto este viernes. Un lugar privado. Solo nosotros.

Del otro lado de la línea, el silencio fue un poco demasiado largo. —¿Otro restaurante?

—Algo mejor. Mi casa. Te cocinaré.

La proposición era íntima, doméstica, y por tanto, infinitamente más peligrosa que cualquier cena de lujo. Era una invitación a cruzar el umbral, a ver el santuario del hombre detrás del mito.

—Tu casa… —repitió ella, y Dmitry pudo casi verla mordiéndose el labio, los ojos avellana abiertos de incertidumbre y curiosidad.

—No es una trampa, milaya moya. Es una promesa. Te enviaré a Iván a las ocho. —No era una pregunta. Era la conclusión lógica, el siguiente paso en su diseño.

—Está bien —susurró ella, después de otro latido de silencio. —A las ocho.

Colgó. Dmitry dejó el teléfono lentamente sobre la mesa de acero. La había invitado a su fortaleza. El siguiente movimiento en el tablero. Pero algo en su voz… ese temblor leve. ¿Era miedo? ¿Emoción? ¿O era el eco de un secreto que ella guardaba?

—Iván —llamó, sin apartar la vista del fragmento de madera en su mano. —Asegúrate de que la cámara esté operativa mañana. Quiero ver su reacción cuando reciba mi invitación formal. Y revisa los informes otra vez. Busca cualquier anomalía, por pequeña que sea. Un gesto, una pausa. Algo no encaja.




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