"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 7: El Umbral

El viernes a las ocho en punto, el coche negro se detuvo frente a su edificio. Esta vez, Camilla bajó sola. No necesitaba que Iván la escoltara hasta la puerta. Subió con el corazón en un puño, llevando en el bolso no solo un cambio discreto de ropa (por si acaso), sino el peso abrasador del secreto. La llave y el papel doblado eran como una piedra al fondo, un recordatorio constante de que entraba en la guarida del lobo con una verdad oculta.

El ascensor privado, revestido de bronce y espejo oscuro, subió en silencio absoluto. Cuando las puertas se deslizaron, contuvo la respiración.

El ático de Dmitry Petrov no era una casa. Era una declaración. Un vasto espacio de doble altura con paredes de cristal que ofrecían una vista de 360 grados de Nápoles y el Vesubio. Pero a diferencia de la ostentación recargada de Vladimir, aquí reinaba un orden severo y minimalista. Suelos de hormón pulido, muebles de diseño en líneas rectas y materiales fríos: acero, cuero negro, cristal. No había cuadros, solo una escultura abstracta de metal que parecía una cicatriz elegante. No había libros visibles, ni fotografías personales. Era la morada de un hombre que había eliminado todo lo superfluo, todo lo que no fuera estrictamente funcional o bello en su simplicidad geométrica. Olía a limpio, a aire filtrado y a ese sándalo frío que era la esencia de él.

Dmitry estaba de pie junto a la cocina integral, una isla de acero inoxidable. No llevaba el traje habitual. Vestía pantalones de lino negro y una camiseta de algodón gris que se ajustaba a su torso ancho y musculoso, revelando la potencia física que su elegancia habitual disimulaba. Sus brazos, desnudos, mostraban el juego de tendones mientras cortaba algo con un cuchillo de chef. Parecía a la vez doméstico y peligrosamente exótico, como un tigre realizando una tarea mundana.

—Camilla —saludó, sin levantar la vista del tablón de cortar. —Pasa. Quítate los zapatos si quieres. El suelo está caliente.

Era una intimidad inmediata y desarmante. Ella se descalzó, sintiendo el hormón tibio bajo sus pies. Se acercó, sintiéndose diminuta en la inmensidad del espacio.

—Tu casa es… impresionante —dijo, y era la palabra exacta. Impresionaba, no acogía.

—Es eficiente —corrigió él, por fin alzando la mirada. Sus ojos grises la recorrieron, desde el simple vestido de lino verde que ella había elegido hasta sus pies descalzos. Su mirada era una caricia física. —Y ahora, más hermosa.

Camilla sintió que se ruborizaba. Para esconderlo, se acercó a la pared de cristal. La ciudad se extendía como un mapa de luces titilantes. Se sintió expuesta, como si todo Nápoles pudiera verla allí, en la cima del mundo de un hombre que no entendía del todo.

—¿No te da vértigo? —preguntó, sin volverse.

—El vértigo es un lujo —respondió su voz, mucho más cerca de lo que esperaba. Él se había acercado en silencio. Estaba justo detrás de ella, sin tocarla, pero su calor y su presencia formaban una barrera palpable. —Yo no puedo permitirme perder el equilibrio. —Una mano se posó, al fin, en su hombro desnudo. El contacto fue eléctrico. —Pero contigo… siento que el suelo podría moverse y no me importaría.

Ella cerró los ojos por un segundo. Sus palabras eran un hechizo potente, una red de seda en la que quería caer. Pero el secreto en su bolso era un hierro frío que la mantenía anclada a la realidad.

La cena fue un despliegue de sencillez sofisticada: carpaccio de langosta con cítricos, una pasta cacio e pepe hecha a mano que era la cosa más sublime que Camilla había probado, y un vino blanco de la costa amalfitana que sabía a piedra mojada y sal. Dmitry era un anfitrión atento, llenándole la copa, pendiente de cada reacción. Hablaron de arte, de la historia escondida en los callejones de Nápoles, de música. Fue encantador, culto, fascinante.

Pero Camilla notaba las grietas en la fachada. Sus pausas calculadas. La manera en que sus ojos se quedaban fijos en ella cuando ella miraba hacia otro lado, estudiándola. La intensidad con la que escuchaba, como si cada palabra fuera una pieza de un código a descifrar.

—Has estado muy callada sobre el icono —dijo él de repente, cuando llevaban los platos a la isla de la cocina. Su tono era casual, pero sus ojos no lo eran. —¿Te está dando problemas?

El corazón de Camilla dio un vuelco. —No, en absoluto. Es un trabajo delicado, eso es todo. La grieta tiene… capas.

—Las grietas siempre las tienen —murmuró él, acercándose. Tenía las manos ligeramente enharinadas. —¿Y qué hay debajo de esas capas, Camilla? ¿Solo madera vieja y pintura? ¿O algo más?

Ella lo miró, tratando de mantener la calma. ¿Lo sabía? ¿Era esto una trampa? —¿Qué podría haber más? —preguntó, desviando la pregunta con otra.

Dmitry sonrió, un gesto lento que no llegaba a sus ojos. —Mi padre era un hombre supersticioso. Creía que los iconos guardaban espíritus. O secretos. —Tomó una toalla y se limpió las manos con meticulosidad, sin apartar la vista de ella. —A veces, me pregunto qué habrá querido esconder.

El ambiente en la habitación cambió. El aire se volvió más denso. Camilla sintió que el pánico le agarrotaba la garganta. Él la estaba sondando. Con cuidado, pero con una precisión mortal.

—Si hubiera algo escondido —dijo ella, eligiendo las palabras con el cuidado de quien camina sobre cristales rotos—, la restauración lo revelaría. Es parte del proceso. Descubrir la verdad del objeto.

—La verdad —repitió Dmitry, dejando la toalla. Se acercó más, hasta que solo unos centímetros los separaban. Podía oler el vino en su aliento, el aroma a limón y pimienta que lo envolvía. —Una palabra peligrosa. A veces, es mejor dejar algunas verdades… sin descubrir. Para proteger a las personas.

¿Era una advertencia? ¿Una amenaza velada?

—¿O para proteger el secreto? —se atrevió a replicar Camilla, alzando la barbilla en un gesto de desafío que hizo que los ojos de Dmitry brillaran con algo parecido a la admiración.




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