La galería de arte contemporáneo Nexus era un cubo blanco y silencioso en el corazón de Chiaia, un mundo alejado del polvo y la madera vieja del taller de Camilla. Sofia Conti, su mejor y prácticamente única amiga desde la universidad, estaba terminando de colocar una etiqueta al lado de una escultura abstracta cuando sonó la campanilla de la puerta.
Alzó la vista y su sonrisa profesional se congeló ligeramente. El hombre que entraba no parecía un cliente habitual. Era alto, ancho de hombros, vestido con un traje de tres piezas de un gris perla que gritaba dinero. Su cabello rubio ceniza, recogido en un pequeño nudo en la nuca, y sus ojos grises y penetrantes la escudriñaron con una intensidad que la dejó sin aliento.
—Buenas tardes —dijo el hombre con un acento eslavo sedoso, una sonrisa fácil en los labios. Su mirada recorrió rápidamente la sala, evaluando, descartando. —Estoy buscando… una inversión. Algo con carácter. Algo que hable.
Sofia, siempre segura de sí misma en su territorio, se recuperó. —Bienvenido. Tenemos algunas piezas de artistas emergentes muy interesantes. ¿Alguna preferencia en medios? ¿Pintura, escultura?
—Prefiero algo con… historia —respondió el hombre, acercándose. Llevaba un reloj complicado en la muñeca y un anillo de sello pesado. —O con potencial para crearla. —Se detuvo frente a una pintura grande, llena de texturas oscuras y cortes que parecían cicatrices. —Como esta. Violenta. Pasional. Me recuerda a mi ciudad natal.
—El artista es napolitano, pero estudió en San Petersburgo —explicó Sofia, captando la conexión.
—¿Ves? Historia. —El hombre giró hacia ella, y su sonrisa se amplió. Era una sonrisa carismática, pero con un dejo de algo más áspero debajo. —Soy Vladimir, por cierto. Vladimir Petrov.
—Sofia Conti. Encantada.
—El placer es mío, Sofia. —Pronunció su nombre como si lo estuviera saboreando. —Usted tiene buen ojo. Me gusta la gente con criterio.
La conversación fluyó. Vladimir resultó ser sorprendentemente conocedor, haciendo comentarios agudos sobre técnicas y movimientos artísticos. Hablaba con una pasión teatral que Dmitry nunca habría mostrado. Compartió anécdotas de sus viajes, bebió el espresso que ella le ofreció como si fuera un fino coñac, y dejó caer, con aparente casualidad, que estaba "explorando oportunidades culturales" en Nápoles, cansado de la escena de Moscú.
—Tiene que ser aburridísimo, estar rodeado siempre de los mismos círculos —dijo Sofia, picando el anzuelo sin saberlo.
—Aburrido y… restrictivo. Mi hermano, por ejemplo —Vladimir hizo un gesto de fastidio con la mano, como quitándose una mota de polvo del hombro—, cree que el arte es solo otro activo más. Algo que se compra, se guarda y se valora en una hoja de cálculo. Le falta fuego.
—¿Su hermano también colecciona? —preguntó Sofia, curiosa.
—Oh, sí. Pero de una manera muy… controlada. —La palabra la cargó de significado. —Ahora mismo está obsesionado con una restauradora local. Un talento, por lo que oigo, pero… ya sabe cómo son estos hombres poderosos. Ven algo bonito y quieren enmarcarlo, ponerlo en su pared privada donde nadie más pueda apreciarlo.
Sofia se quedó quieta. Una restauradora local. Camilla. No había muchas en Nápoles con el talento para llamar la atención de un coleccionista rico. Y Camilla había estado extraña últimado, distante, hablando de un cliente exigente…
—Suena… posesivo —dijo Sofia, con cuidado.
—Posesivo es una palabra amable —rio Vladimir, un sonido hueco. —Pero, ¿qué sé yo? Solo soy el hermano mayor que mira desde afuera. —Miró su reloj. —Mire, ha sido un placer, pero tengo un compromiso. Me interesa esa pieza —señaló la pintura de las cicatrices—. Envíeme los detalles. Y tome —sacó un billete de alta denominación del monedero y lo dejó sobre el mostrador, junto a su tarjeta personal—. Para el café. Y para su invaluable conversación.
Antes de irse, se volvió. —Oh, y Sofia… si alguna vez se cansa de vender arte para otros, busque gente que aprecie el fuego, no el hielo. Tengo una inauguración en un club privado el viernes. Gente interesante. Arte vivo. Debería venir. Como mi invitada.
Esa noche, en su apartamento, Sofia miró la tarjeta de visita. VLADIMIR PETROV. Un número de teléfono. Y en el reverso, escrito a mano con una letra inclinada y vigorosa: "Club 'Nebbia', viernes a las 11. Pregunte por mí."
Su teléfono vibró. Era un mensaje de Camilla: "¿Quedamos mañana? Necesito contarte cosas. Cosas raras."
Sofia mordió su labio. Camilla sonaba preocupada. Y ahora este hombre, Vladimir, con sus insinuaciones sobre un hermano posesivo… ¿Era el cliente de Camilla? ¿Era esto una coincidencia?
La curiosidad, y una punzada de emoción ante la atención de un hombre como Vladimir, pudo más que la precaución. No le dijo nada a Camilla sobre el encuentro.
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El Club Nebbia no era un lugar, era una experiencia sensorial. Ubicado en una cisterna romana restaurada bajo el palacio de un aristócrata, el espacio era una caverna de ladrillo antiguo y humedad convertida en templo del hedonismo. La música electrónica era un latido profundo que resonaba en los huesos. Luces de neón azul y púrpura cortaban la penumbra, iluminando caras bellas y anónimas, cuerpos que se movían con una languidez cargada de intención. Olía a perfume caro, a sudor y al ozono de las máquinas de humo.
Vladimir, en el centro de un diván de terciopelo en un balcón privado que dominaba la pista, era un rey en su corte. Vestía una chaqueta de seda negra sobre una camisa abierta, el brillo de sus gemelos destacando con cada gesto. Rodeado de un séquito de aduladores, hombres con miradas duras y mujeres de belleza esculpida y vacía, parecía en su elemento. Donde Dmitry imponía respeto con su silencio, Vladimir demandaba atención con su presencia expansiva.
Cuando Sofia fue conducida a su mesa, él se levantó con una sonrisa triunfal, tomó su mano y se la llevó a los labios con una teatralidad que la hizo ruborizar.