"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 9: Jugada de las Sombras

La luz del atardecer, dura y dorada, se colaba por el ventanal del ático e incidía directamente sobre la pantalla táctil empotrada en la pared. Dmitry Petrov, inmóvil como una estatua, la observaba por enésima vez.

En bucle silencioso, la grabación de la cámara oculta en el taller de Camilla mostraba el momento exacto: sus dedos, con esa precisión quirúrgica que él admiraba, palpando el borde del halo del icono. El minúsculo clic amplificado por el micrófono. Su rostro, iluminado por la lámpara de trabajo, pasando de la concentración a la incredulidad, luego al miedo. La mirada furtiva hacia la puerta. La prisa con la que escondía algo pequeño y metálico—¿una llave? ¿un medallón?—en su bolso, seguido del papel doblado. Luego, la meticulosa, casi desesperada, reposición de la tapa.

Ella lo había encontrado. Y le había mentido.

La ira que sintió no fue explosiva. Fue un frío glacial que se extendió desde su núcleo hacia afuera, solidificándose en una determinación absoluta. La confianza, esa frágil semilla que había intentado plantar entre ellos, estaba siendo pisoteada por su secreto. Pero lo que más lo quemaba por dentro era una pregunta: ¿por qué? ¿Miedo a él? ¿O lealtad hacia alguien más? La idea de que pudiera estar jugando para Vladimir, aunque remotísima, le provocó un espasmo de violencia contenida que apretó sus puños hasta que los nudillos quedaron blancos.

La puerta del ascensor se deslizó abierto sin ruido. Iván entró, su presencia masiva apenas alterando la atmósfera cargada del espacio. Traía el aire frío de la calle y un informe en la mirada.

—Pakhan.

Dmitry no se volvió. Silenció la pantalla con un gesto. —Habla.

—Hubo un incidente esta mañana. En el apartamento de la Greco. —La voz de Iván era un informe militar: clara, concisa, sin adornos. —La amiga, Sofia Conti, llegó a las nueve. La conversación se tornó acalorada. Discutieron.

Ahora, Dmitry giró lentamente. Sus ojos grises, fríos como el mármol de Carrara, se clavaron en Iván. —¿Sobre qué?

—Sobre usted. Sobre Vladimir. —Iván hizo una pausa casi imperceptible. —La Conti confrontó a la Greco sobre la naturaleza de su relación con usted. Expresó preocupación. Parece que Vladimir se acercó a ella en la galería, se ganó su confianza y sembró dudas específicas sobre usted. La advirtió de que usted es… posesivo. Y que las cosas bellas a su alrededor suelen terminar rotas.

Un músculo en la mandíbula de Dmitry se tensó. Vladimir. Siempre Vladimir. Moviéndose en las sombras, usando títeres débiles y charlas de bar para minar su terreno. La táctica era barata, pero había funcionado. Había creado una grieta.

—¿Resultado? —preguntó Dmitry, su voz peligrosamente baja.

—La Conti se fue disgustada. La Greco quedó alterada. Lloró. —Iván entregó una tableta con una transcripción parcial de la conversación, captada por un sofisticado micrófono direccional desde el edificio de enfrente. Dmitry la escaneó con ojos veloces, absorbiendo cada palabra cargada de emoción: el miedo de Sofia, la defensa vacilante de Camilla, la dolorosa acusación final. “Te gusta el peligro.”

Esa frase, en particular, le produjo una sensación extraña. ¿Era cierto? ¿La atracción de Camilla por él era, en parte, atracción por el abismo? La idea no le desagradó. Significaba que, en su naturaleza, había una chispa compatible con la suya. Pero también la hacía imprudente. Un peligro para sí misma.

—Vladimir la aísla —concluyó Dmitry, dejando la tableta sobre la mesa de acero. —Esa era su jugada. Debilitar sus apoyos externos. Hacerla sentir sola. Más vulnerable. Y por lo tanto, más dependiente de la primera persona que le ofrezca consuelo… que podría ser él, si actúa rápido. O más susceptible a tomar decisiones estúpidas.

—¿Ordens? —preguntó Iván.

Dmitry caminó hacia el ventanal. La ciudad comenzaba a encender sus luces. Su mente, esa máquina perfecta, analizaba variables, calculaba probabilidades, trazaba líneas de acción. La revelación del secreto del icono por parte de Camilla era un problema. Su pelea con Sofia y la manipulación de Vladimir, una oportunidad.

—Primero: la vigilancia sobre la Greco se duplica. Quiero un hombre en la calle, las 24 horas. Informes cada seis. Si se mueve, si recibe una visita, si parece considerar huir, lo sé al instante. —Su tono no dejaba lugar a dudas. —Segundo: neutraliza la amenaza de la amiga. Sofia Conti. No violencia. Encuentra algo sobre ella. Una deuda, un error en la galería, un amante problemático. Algo que la distraiga, que la asuste lo suficiente para mantenerla alejada de Camilla y, sobre todo, lejos de las garras de mi hermano. Hazla desaparecer de la ecuación.

Iván asintió. Era un trabajo sucio, pero limpio. No daño físico, sólo presión. —¿Y Vladimir?

—Deja que juegue con los Mancini —dijo Dmitry, un destello de desprecio en sus ojos. —Son peones. Déjalo quemar capital político con ellos. Estoy preparando algo más definitivo para mi hermano. Pero antes… —Se volvió, y su mirada era ahora la de un estratega que ha visto un punto débil en su propia línea. —Antes, debo asegurar mi flanco más vulnerable.

Tomó su teléfono personal. No iba a llamar. Un mensaje era mejor. Más controlado. Menos emocional. Escribió con deliberación lenta:

"Sé lo de tu amiga. Sé lo que te dijo. No estás sola. Ni lo estarás. Voy a pasar por tu taller en una hora. Necesito verte. No discutas."

No era una invitación. Era una declaración de hechos. Un despliegue de poder. Le estaba diciendo que lo sabía todo, que su privacidad era una ilusión, y que él estaba tomando el mando. Para un hombre como Dmitry, la confianza se había roto. Ahora solo quedaba la posesión segura. Y para poseer algo de manera segura, a veces había que mostrar los dientes y, al mismo tiempo, ofrecer el refugio del brazo que los blandía.

—Prepárame el coche —dijo sin mirar a Iván, guardando el teléfono. —Y prepara el protocolo ‘Nido’. Por si acaso.




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