La noche había caído sobre Spaccanapoli cuando el sedán negro se detuvo frente al edificio de Camilla. Dmitry no esperó a que Iván abriera la puerta. Bajó con una determinación silenciosa, su abrigo negro ondeando ligeramente con el movimiento. No necesitó llamar al intercomunicador. Iván ya había desbloqueado la puerta principal con una discreta tarjeta de acceso.
Los escalones hasta su taller parecían más empinados, el aire más cargado. Dmitry no tocó la puerta. La empujó y entró.
Camilla estaba de pie frente al icono, que yacía sobre la mesa bajo la fría luz de la lámpara de trabajo. No se sobresaltó. Parecía haber estado esperándolo. Su rostro estaba pálido, los ojos avellana oscurecidos por las lágrimas recientes y la fatiga. Lo miró, y en su mirada Dmitry no vio miedo, sino una resignación profunda y un desafío latente.
—Sabía que vendrías —dijo ella, su voz apenas un susurro.
Dmitry cerró la puerta a sus espaldas. El sonido del pestillo al caer fue el inicio de su partida. El taller, antes un santuario de polvo y creación, se convirtió en una celda de interrogatorio íntimo.
—Tu amiga tenía razón en una cosa —comenzó él, avanzando lentamente, sus ojos grises escaneando cada centímetro de su rostro—. Estás en medio de algo. Pero se equivocó en quién es el peligro real. —Se detuvo a un metro de ella. La energía entre ellos era un campo de fuerza, una mezcla de ira, atracción y verdades a punto de estallar. —Vladimir te está usando, Camilla. Y tú le estás dando el poder para hacerlo al guardar secretos.
Ella tragó saliva, pero mantuvo la mirada. —¿Qué secretos?
—No me insultes —la voz de Dmitry se hizo más baja, más peligrosa. Dio un paso más, invadiendo su espacio. Podía ver los finos hilos rojos en sus ojos, el temblor de su labio inferior. —La cámara en tu taller. Vi todo. El compartimento. Lo que escondiste en tu bolso. —Extendió una mano, no para tocarla, sino en un gesto de exigencia. —Dámelo.
Camilla retrocedió instintivamente, pero su espalda chocó contra el borde de la mesa de trabajo. No tenía a dónde huir. El pánico que había contenido estalló en sus ojos. —¿Me estabas espiando?
—¡Te estaba protegiendo! —rugió él, y por primera vez, la furia irrumpió en su tono, cruda y visceral. Su mano se estrelló contra la mesa, a un lado de su cadera, atrapándola. —¡De ti misma! ¡De mi hermano! ¿Qué demonios encontraste, Camilla? ¿Una nota de mi padre? ¿Dinero? ¿Una maldita confesión? ¡Dímelo!
El aliento de él, caliente y cargado de ira y vodka, le llegó a la cara. Camilla temblaba, pero no de miedo a la violencia. Temblaba por la intensidad, por la verdad que estaba a punto de revelar y que cambiaría todo.
—¡No lo sé! —gritó ella, empujando su pecho con ambas manos, pero él era una roca. —¡Hay una llave y un papel con coordenadas! ¡No sé lo que significa! ¡Solo sé que es tuyo, y que lo escondieron, y que tiene que ver con tu familia, con tu maldita guerra! ¡Y yo no quería estar en medio!
Las palabras salieron en un torrente, confesando todo. El secreto estaba fuera. El aire pareció salirse del taller. Dmitry la miró, procesando. No era una traición calculada. Era el pánico de una civil atrapada en una trinchera. Su furia, aún ardiente, comenzó a transformarse en algo más complejo.
—Una llave y coordenadas —repitió, su voz ahora grave, pensativa. Su mirada bajó a sus labios, que temblaban. —¿Y por qué no me lo dijiste?
—¡Por esto! —lloró Camilla, las lágrimas brotando por fin—. ¡Por este miedo! Por esa mirada que tienes ahora. Porque sé que no es solo un icono, es una bomba, y yo la sostengo. Y tu hermano… tu hermano le dijo a Sofia que las grietas esconden verdades que cortan.
Al mencionar a Sofia, su voz se quebró. Dmitry vio la grieta en su armadura, la soledad y el miedo que la consumían. Y algo dentro de él, algo primitivo y posesivo, respondió con fuerza abrumadora.
La furia se disipó, reemplazada por una necesidad urgente y profunda. No de respuestas (eso vendría después), sino de reafirmación. De marcar su territorio. De consolar y dominar al mismo tiempo.
—Nada te cortará —murmuró, su voz ahora una caricia áspera. La mano que había golpeado la mesa se elevó y su dedo índice enganchó su barbilla, forzándola a mirarlo. —Nada mientras estés conmigo. ¿Entiendes? Vladimir, el icono, las malditas coordenadas… todo eso es mío que lidiar. Tú solo tienes que hacer una cosa.
—¿Qué? —susurró ella, cautivada por la intensidad de su mirada, por el calor de su cuerpo tan cerca.
—Ser mía.
Y entonces, Dmitry bajó la cabeza y capturó sus labios.
Este beso no fue como los anteriores. No fue seducción ni promesa. Fue reclamación. Fue un sello de propiedad, un intento de borrar dudas, miedos y secretos con pura sensación física. Fue profundo, devorador, implacable. Camilla se resistió por un segundo, un temblor en sus manos contra su pecho, pero luego un gemido se escapó de su garganta y se rindió. Sus manos se aferraron a los costados de su abrigo, tirando de él hacia ella con la misma desesperación.
Dmitry respondió con un gruñido de aprobación. Una mano se enredó en su cabello, tirando de su cabeza hacia atrás para profundizar el beso, mientras la otra se deslizó por su costado, su palma caliente quemándola a través de la fina tela de su blusa. La levantó del suelo y la sentó sobre la mesa de trabajo, apartando herramientas y frascos con un sonido metálico. El icono, el causante de todo, quedó empujado a un lado, testigo silencioso.
Él se colocó entre sus piernas, su cuerpo duro y familiar presionándola contra el borde de la mesa. Sus labios abandonaron su boca para trazar una línea ardiente por su mandíbula, su cuello, mordisqueando la piel en la unión con su hombro. Camilla arqueó la espalda, un fuego líquido propagándose por sus venas. Olía a él, a ira y a deseo, y era el aroma más embriagador del mundo.
—Dmitry… —jadeó su nombre, una súplica sin dirección.