La primera noche en el Nido pasó en un silencio cargado. Camilla durmió poco, escuchando cada crujido del edificio desconocido. Dmitry permaneció en el sofá de la sala, vigilante, intercambiando mensajes silenciosos en su teléfono. La barrera física entre ellos era tangible, pero la energía que los había unido en el taller seguía vibrando en el aire.
Día 1: Las Reglas del Juego
Al amanecer, Dmitry se movía ya por el apartamento. Camilla salió del dormitorio y lo encontró en la cocina, vertiendo café en dos tazas de cerámica blanca. Sin el traje, con pantalones de chándal oscuros y una camiseta que revelaba la musculatura de sus brazos, parecía más humano, pero no menos intimidante.
—Café —dijo, deslizando una taza hacia ella sobre la isla de granito.
—¿Cuánto tiempo voy a estar aquí? —preguntó Camilla, sin tocar la taza.
—El tiempo necesario —respondió él, sin mirarla, consultando algo en una tablet. —Hasta que Vladimir entienda que eres intocable. Ese proceso acaba de empezar.
—¿Y mi vida? Mi taller, mis cosas...
—Tu taller está siendo vigilado. Tus cosas están seguras. —Finalmente alzó la vista. Sus ojos grises estaban nublados por la falta de sueño, pero no por ello menos penetrantes. —Esta es tu vida ahora, Camilla. Esta y yo. Acostúmbrate.
La declaración, dicha con una calma aplastante, la dejó sin aire. Dio media vuelta y regresó al dormitorio, cerrando la puerta con más fuerza de la necesaria. Pasó horas mirando el techo, sintiéndose como un pájaro en una jaula dorada.
Por la tarde, llamó a la puerta.
—Entra —dijo ella desde la cama.
Dmitry abrió la puerta, pero no entró. Se apoyó en el marco, cruzando los brazos. —Necesitas ropa. Iván traerá algunas cosas. Dile tu talla, colores que prefieras.
—¿Y si prefiero no pedirle nada a tu guardaespaldas?
Una ceja de Dmitry se elevó levemente. —Entonces pasarás la semana con lo puesto. La elección es tuya.
Camilla sintió la rabia subirle por el pecho. Se levantó y se enfrentó a él, a solo un paso de distancia. —¿Esto es lo que querías? ¿Atraparme aquí para poder controlar cada respiro que doy?
Él no retrocedió. Su mirada bajó hasta sus labios, que temblaban de furia. —Lo que quiero —dijo, su voz bajando a un tono peligrosamente suave— es mantenerte viva. El control es el precio. Y tú, aunque te enfurezca admitirlo, ya estabas bajo mi control desde el momento en que aceptaste restaurar el icono. Solo que ahora es más honesto.
Antes de que pudiera replicar, él se inclinó y capturó sus labios en un beso rápido, duro, más una marca que una caricia. —Decide sobre la ropa. —Y se fue.
Camilla se quedó temblando, con el sabor a café y a ira en la boca. Al final, le dio a Iván sus tallas por teléfono. Dos horas después llegaron tres bolsas de una boutique de lujo. Dentro, encontraba ropa sencilla pero de calidad exquisita: jeans, camisetas de algodón, suéteres suaves, ropa interior de seda. Nada provocativo, todo cómodo. Era una atención al detalle que la desconcertó aún más.
Día 2: El Fantasma en la Máquina
El segundo día, Dmitry pasó la mañana en lo que llamaba el «estudio»: una habitación con pantallas y equipos de comunicación. Camilla podía oír el murmullo de su voz en ruso, a veces fría y cortante, otras veces cargada de una autoridad que hacía que el aire se volviera más denso.
Valiéndose de su orgullo, decidió ignorarlo. Exploró el apartamento. No había libros personales, ni fotos, ni nada que hablara de la vida de Dmitry fuera de su rol de Pakhan. Todo era funcional, anónimo. Sin embargo, en una repisa de la cocina, encontró algo: una taza de café sencilla, diferente a las otras. Tenía una pequeña grieta reparada con un adhesivo dorado, siguiendo la técnica japonesa del kintsugi. La belleza de la imperfección reparada. La tomó en sus manos, sorprendida. ¿Era suya? ¿Un regalo? No podía imaginarse a Dmitry Petrov usando algo roto y reparado.
Él la encontró allí, sosteniendo la taza.
—Es frágil —dijo él desde la puerta, haciendo que ella diera un pequeño respingo. —Pero el oro la hace más fuerte donde se rompió.
—Es kintsugi —murmuró Camilla, dejando la taza con cuidado. —No pensé que… te gustaría algo así.
—Aprendí a apreciar el valor de las cosas que sobreviven a la ruptura —respondió, y su mirada se posó en ella con una intensidad que hizo que le latiera el corazón. —Como ese icono. Como tú.
La conversación se cortó cuando su teléfono vibró. Él lo miró y su expresión se endureció. —Tengo que salir. Un asunto. Iván se quedará. No abras la puerta.
—¿Qué pasa?
—Nada de lo que debas preocuparte —dijo, ya poniéndose el abrigo. Pero en su mirada, Camilla vio el destello de la tormenta. Vladimir había hecho algún movimiento.
La ausencia de Dmitry, en lugar de traer alivio, llenó el apartamento de una ansiedad pegajosa. Camilla se sentía más prisionera que nunca. Iván era una presencia silenciosa al otro lado de la puerta principal; podía sentirlo ahí, inmóvil como una estatua.
Cuando Dmitry regresó, horas después, era casi medianoche. Traía consigo el frío de la calle y el olor a humo y tensión. Se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre un sillón. Su camisa blanca tenía una mancha oscura en el puño que no parecía vino.
—¿Estás bien? —preguntó Camilla desde la puerta del dormitorio, sin poder evitarlo.
Él se volvió. En la penumbra, su perfil parecía tallado en granito. —Sí. —Hizo una pausa. —¿Y tú? ¿Te portó bien Iván?
—No intenté escapar, si es eso lo que preguntas.
—No era lo que preguntaba —dijo él, y se acercó. Ahora podía ver la fatiga en sus ojos, una tensión en los hombros que no estaba antes. —Estaba preguntando si estabas bien. Si tenías miedo.
Camilla bajó la guardia un instante. —Estoy… encerrada. Con el hombre que me espía, en medio de su guerra. ¿Qué crees?
En lugar de enfadarse, Dmitry asintió lentamente. —Es justo. —Pasó una mano por su rostro. —Bañaré. No esperes.