El beso que inició todo fue un abismo que ambos eligieron saltar. Cuando Camilla tomó el rostro de Dmitry entre sus manos y sus labios se encontraron, el mundo exterior—el Nido, la guerra con Vladimir, el peligro inminente—se desvaneció en un soplo. Lo que quedó fue pura sensación, un campo eléctrico de piel contra piel, aliento compartido y deseos largamente reprimidos.
Dmitry respondió con un gruñido gutural, sus manos agarrando sus caderas con una fuerza que prometía moretones, tirando de ella contra él hasta que no hubo un milímetro de aire entre sus cuerpos. Su boca era implacable, devoradora, pero sus manos, al desabrochar los botones de su blusa, mostraron una trepidación inesperada, casi reverente. La tela cedió, revelando la curva de sus hombros, la línea de su clavícula, el sostén de encaje que él miró con ojos oscurecidos por el deseo.
"Tan hermosa," murmuró contra su boca, sus dedos trazando el borde del encaje. "Toda esta belleza... escondida en mi mundo sucio."
Camilla no respondió con palabras. Arqueó la espalda, invitándolo a seguir, sus propias manos desesperadas por sentir su piel. Tiró de su camiseta por encima de su cabeza, revelando el torso pálido, musculoso y marcado por cicatrices plateadas que contaban historias de violencia. Ella las tocó, no con lástima, sino con una curiosidad táctil que hizo que él contuviera el aliento.
"Esta," dijo, su dedo en la más larga, en su costado.
"Un recuerdo," jadeó él, capturando su mano y llevándosela a la boca para besarle la palma. "Pero tú... eres el presente."
La llevó a la cama en un movimiento fluido, depositándola sobre las sábanas como si fuera la reliquia más preciosa. Se arrodilló entre sus piernas, sus ojos grises recorriendo cada centímetro de su cuerpo ahora desnudo bajo su mirada. La luz tenue del atardecer entraba por la ventana, bañándola en tonos dorados y azules. Él la contempló con una intensidad que era casi dolorosa, como si estuviera grabando este momento en la piedra de su memoria.
"Te quiero así," dijo, su voz ronca. "Desnuda. Vulnerable. Mía."
Luego bajó la cabeza y su boca encontró un pezón. No fue un roce suave. Fue una toma posesiva, un succionar profundo que hizo que Camilla gritara y sus dedos se enterraran en su pelo. La sensación fue eléctrica, un choque directo entre sus piernas. Dmitry alternó entre ambos senos, lamiendo, mordisqueando, adorando con una mezcla de brutalidad y devoción que la volvía loca. Sus manos no estaban quietas; una se deslizó por su costado, su abdomen, hasta encontrar el borde de sus pantalones. Con dedos expertos, desabrochó el botón y bajó el cierre, deslizándolos por sus caderas junto con su ropa interior.
El aire frío del aire acondicionado sobre su piel desnuda la hizo estremecer, pero el calor de su mirada fue lo que la incendió. Dmitry se detuvo un momento, solo para mirarla, completamente expuesta y húmeda para él.
"Perfecta," respiró, y la palabra sonó como un hechizo.
Entonces bajó. No a su boca, sino más abajo. Sus manos separaron sus muslos y su lengua encontró su centro en un lamido largo, profundo, que la hizo arquearse de la cama con un grito ahogado. No hubo preliminares suaves, no hubo exploración tímida. Fue un ataque directo y experto a su sensibilidad más profunda. Su lengua era implacable, trazando círculos, presionando, succionando, mientras sus dedos la abrían más para él.
"Dmitry... por favor..." jadeó Camilla, sus manos aferradas a las sábanas, su visión nublándose. Nunca había sido tomada así, con tanta posesión salvaje y tanta precisión devastadora.
Él no se detuvo. La llevó al borde rápidamente, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus músculos se contraían. Justo antes de que cayera, se detuvo, levantándose sobre ella. Sus ojos estaban negros de deseo, su boca brillante con su esencia.
"Quiero oírte," ordenó, su voz un ronquero primitivo. "Quiero oír cómo gimes mi nombre cuando entro en ti."
Se despojó de sus pantalones restantes, y Camilla lo vio, completamente erecto, imponente. Un destello de temor—no a él, sino a la intensidad, al paso irreversible que estaban dando—cruzó por su mente, pero fue barrido por una ola de necesidad aún más fuerte. Le abrió los brazos.
Él se posó sobre ella, la punta de su erección presionando su entrada. Sus ojos se encontraron.
"¿Estás segura?" preguntó, aunque su cuerpo temblaba con el esfuerzo de contenerse.
"Te quiero," respondió ella, y no fue solo una respuesta sexual. Era una verdad que ambos entendieron en ese instante.
Con un gruñido que era tanto triunfo como rendición, Dmitry empujó hacia dentro.
Fue una sensación de plenitud absoluta, de ser invadida y completada al mismo tiempo. Un gemido gutural escapó de los labios de ambos. Él se detuvo, enterrado hasta el fondo, su frente apoyada en la de ella, jadeando.
"Dios... Camilla..." murmuró, y en su voz había asombro, como si no hubiera creído posible sentirse así.
Luego comenzó a moverse.
No fue un ritmo apresurado. Fue lento, profundo, deliberado. Cada embestida estaba calculada para rozar el punto más sensible dentro de ella, para hacerla ver estrellas. Sus manos entrelazadas con las de ella, clavándolas a la cama a ambos lados de su cabeza, en un gesto de posesión total. Su boca encontró la suya en besos húmedos y desesperados.
"Miya," murmuraba entre besos, el posesivo ruso saliendo naturalmente. "Moya Camilla."
Ella no podía pensar, solo sentir. El peso de su cuerpo, el roce de su piel sudorosa, el sonido de su respiración entrecortada en su oído. Cada movimiento la llevaba más alto, construyendo una presión insostenible en su vientre. Dmitry lo sentía, veía cómo sus ojos se perdían, cómo sus uñas se clavaban en sus manos.
"Así," jadeó él, acelerando el ritmo. "Cae por mí. Déjame verte caer."
Su voz, cargada de autoridad y deseo, fue el detonante. Camilla sintió cómo el orgasmo la golpeaba en oleadas, un estallido silencioso primero que abría su boca en un grito mudo, seguido de convulsiones profundas que apretaban su interior alrededor de él. El placer era tan intenso que rayaba en el dolor, una rendición total.