"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 13: La Trampa del León

El amanecer sobre la casa segura en las afueras de Nápoles era un espectáculo de serena belleza que contrastaba brutalmente con la tormenta en el corazón de Camilla. Llevaba tres días allí, tres días de silencio roto solo por el sonido del mar y los pasos sigilosos de Iván revisando perímetros. El Nido había sido una prisión dorada; esta casa era un búnker elegante. No había ventanas en la planta baja, los cristales eran blindados, y el sistema de seguridad era una red invisible de sensores y cámaras.

Iván, como siempre, era un espectro eficiente. Preparaba comida sencilla, vigilaba las pantallas, y cada doce horas enviaba un mensaje cifrado. No recibía respuesta, pero lo enviaba igual. La rutana era militar. Pero en el tercer día, algo cambió.

Camilla lo encontró en la cocina, de pie frente a la ventana blindada que simulaba una vista al mar. No estaba revisando la pantalla táctil que siempre llevaba. Estaba mirando una fotografía pequeña y desgastada. Desde la distancia, Camilla vio los rizos rubios de un niño sonriendo, sosteniendo un barco de juguete.

“Misha,” dijo ella en voz baja, sin querer asustarlo.

Iván no se sobresaltó. Cerró los dedos sobre la foto lentamente y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Al volverse, su rostro era la habitual máscara impasible, pero sus ojos azules, tan fríos siempre, tenían un destello de algo más.

“Debe estar creciendo rápido,” dijo Camilla, acercándose con cuidado. “Los niños a esa edad cambian cada día.”

Iván la miró, evaluando. Luego, con un movimiento que parecía costarle un esfuerzo sobrehumano, asintió una vez. “Sí.”

“¿Lo extrañas?”

Esta vez, la pausa fue más larga. “Es la razón por la que respiro,” dijo finalmente, su voz más áspera de lo habitual. “Y por la que obedezco.”

Camilla entendió. Misha no era solo su hijo; era el ancla que mantenía a Iván atado a Dmitry, sí, pero también a la humanidad. Un punto de luz en su mundo de sombras.

“Él lo protegerá,” dijo ella, con una certeza que sorprendió incluso a ella misma. “Dmitry. No lo dejará caer.”

Iván la estudió por un largo momento. “El Pakhan protege lo que es suyo. Y Misha… es suyo. Como usted ahora.” Hizo una pausa. “Esa es la razón por la que Vladimir nunca debe saber. Si lo supiera, no usaría a Misha como moneda de cambio. Lo destruiría solo por el placer de romper algo que le pertenece al Pakhan.”

Fue la conversación más larga que habían tenido. Y fue un umbral cruzado. A partir de ese momento, Iván comenzó a tratarla no como un activo a custodiar, sino como a alguien a proteger. Le enseñó los rudimentos del sistema de seguridad, le mostró el escondite blindado detrás del armario del estudio (“por si acaso”), y una vez, incluso, le pasó un cuchillo pequeño y afilado con un gesto que no necesitaba explicación.

Mientras tanto, en las calles de Nápoles, la guerra se volvía pública.

Día 15: La Respuesta del Zar

El ataque de Vladimir al depósito había sido una declaración de guerra total, y Dmitry respondió como solo él podía: con precisión quirúrgica y una crueldad calculada. En cuarenta y ocho horas, tres de los mejores lugartenientes de Vladimir fueron encontrados flotando en el puerto, no con marcas de tortura, sino con un solo tiro en la nuca y un mensaje claro: la eficiencia mata más que el terror.

Dmitry no se escondía. Apareció en su restaurante favorito, cenando solo en una mesa visible. Asistió a una subasta benéfica, donando una suma obscena. Mostró desprecio por el peligro, demostrando que no temía a los ataques cobardes. Su mensaje era claro: Soy intocable. Tú eres un insecto.

Esto, por supuesto, enfureció a Vladimir hasta el punto de la irracionalidad. En la mansión de su hermano, los objetos valiosos comenzaron a sufrir. Un jarrón Ming destrozado contra una pared. Un espejo veneciano hecho añicos. La elegancia se resquebrajaba bajo la presión de su rabia.

“¡Está burlándose de mí!” rugió Vladimir ante Boris y un par de mercenarios con caras nuevas y miradas vacías. “Protege a su puta, protege a sus hombres, pero a mí me trata como a un mocoso al que ignora. ¡Eso se termina!”

Su plan original—corromper, manipular, desgastar—se había ido por el desagüe. Solo quedaba la opción nuclear: el ataque directo. Y tenía la información que necesitaba. A través de un soborno colosal a un técnico de la compañía de seguridad que Dmitry usaba años atrás, había obtenido los planos de tres posibles casas seguras. Una de ellas, una villa antigua cerca de la costa, coincidía con los movimientos de Iván el día del traslado.

“Aquí,” dijo Vladimir, clavando un dedo en el mapa digital. “Ella está aquí. Y él está distraído, creyendo que estoy ocupado lamiendo mis heridas. Es el momento.”

Boris, cada vez más nervioso ante la espiral de violencia, intentó protestar. “Es una casa fortificada, Vladimir Ivánovich. Iván Volkov está con ella. No es cualquier guardaespaldas. Es El Mastín.”

Una sonrisa fría y desquiciada se dibujó en el rostro de Vladimir. “Precisamente. Por eso vamos a usar algo más que fuerza bruta. Al perro guardián se le distrae con un hueso más jugoso que lo que protege.” Sus ojos se posaron en Boris. “Necesitamos un señuelo. Algo que Iván no pueda ignorar.”

Día 16: La Mentira Perfecta

La llamada llegó al teléfono encriptado de Iván al amanecer. No era de Dmitry. Era de un número desconocido, pero con un código de área que Iván reconoció al instante: la región donde estaba escondido Misha.

El corazón de Iván, un órgano que parecía de hierro, se detuvo por un segundo. Atendió. Del otro lado, una voz de mujer, alterada, hablando en ruso: “¿Iván? Soy Anya, la vecina de la casa de al lado. Ha habido… un incidente. Unos hombres en un coche negro. Preguntaban por ti, por el niño. Se llevaron a Misha. ¡Lo siento, lo siento! ¡Llamé a la policía pero…!”

La voz se quebró en sollozos histéricos. La línea se cortó.

Iván se quedó de piedra. Todo su mundo, su razón de ser, se redujo a un agujero negro de pánico puro. No pensó. No analizó. Reaccionó. Corrió hacia el monitor principal y accedó al feed en vivo de la casa segura de Misha. La pantalla mostraba estática. Habían cortado la señal.




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