"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 14: La Semilla en la Tormenta

El estudio de la casa segura parecía haberse encogido, aprisionado por la presencia de Vladimir. Sus ojos grises, tan similares a los de Dmitry pero infestados de una luz turbia y febril, la recorrían de arriba abajo con una mezcla de curiosidad y posesividad que le erizó la piel.

"Qué valiente," murmuró Vladimir, su acento más marcado que el de su hermano, cada palabra una caricia envenenada. "O qué tonta. Podrías haberte quedado escondida."

Camilla mantuvo la espalda recta, aunque por dentro temblaba como una hoja. "Usted habría dinamitado la puerta igualmente. Prefiero mirarle a la cara."

Una risa seca, sin humor, salió de sus labios. "Ah, tiene el carácter de mi hermano. Me pregunto si también tendrás su... resistencia." Dio un paso más cerca. El olor a su colonia, especiada y dulzona, la envolvió, tan diferente al aroma limpio y amaderado de Dmitry. "Ven. No muerde. Solo quiero hablar."

Sus dos hombres, tipos macizos con cuellos más anchos que la cabeza, flanquearon a Camilla cuando ella, con una calma que no sentía, caminó hacia el sofá. Se sentó, manteniendo la distancia. Vladimir ocupó el sillón frente a ella, cruzando las piernas con afectada elegancia.

"Mi hermano te ha escondido bien," comenzó, como si conversaran en un café. "Pero todo escondite tiene una llave. Y a veces, la llave es un sentimiento." Su sonrisa se ensombreció. "La preocupación de un padre, por ejemplo. Un recurso bajo, lo sé. Pero efectivo."

"¿Qué le ha hecho a Iván?" preguntó Camilla, incapaz de contenerse.

"¿Preocupada por el perro guardián? Qué conmovedor." Vladimir encendió un cigarrillo, exhalando el humo lentamente. "Nada, todavía. Está... siguiendo un rastro frío. Cuando descubra la farsa, será demasiado tarde. Para él, y para ti."

El pánico quiso apoderarse de ella, pero lo ahogó. Pensó en Dmitry. Él vendría. Tenía que creerlo. "Dmitry lo sabe. Sabe que estoy aquí."

"¿Lo sabe?" Vladimir arqueó una ceja. "En este momento, mi hermano está en el puerto, apagando uno de los muchos incendios que he encendido. Le encanta jugar al bombero. Mientras tanto, yo estoy aquí, con lo que más quiere." Su mirada se hizo íntima, voraz. "Dime, devushka, ¿qué tiene él que yo no tenga? ¿Dinero? Yo tengo más. ¿Poder? Mi imperio crece mientras el suyo se quema. ¿Es la intensidad? El frío control de un psicópata..."

"Es lealtad," la interrumpió Camilla, clavándole la mirada. "Algo que usted no entenderá jamás porque siempre ha mirado a los demás como herramientas, no como personas."

La sonrisa de Vladimir se desvaneció. Por un segundo, la máscara del dandi cínico se resquebrajó, mostrando el resentimiento puro y ardiente que había debajo. "¿Lealtad?" escupió. "¿A él? Él me robó mi legado. Mi padre..."

"Su padre eligió," dijo Camilla, recordando lo que Dmitry le había contado en susurros en el Nido. "Y usted no era la elección."

Fue un golpe directo. Vladimir se levantó de un salto, su elegancia olvidada. "¡Cállate! ¡No sabes nada de mi familia, de lo que pasó!" Se acercó, agarrándola de la barbilla con fuerza, obligándola a mirarlo. Sus dedos eran duros, fríos. "Pero vas a aprender. Vas a ser mi invitada personal hasta que mi hermano venga a suplicar por ti. Y entonces, delante de tus ojos, le quitaré todo. A él, a ti... todo."

La soltó con desprecio. Camilla se frotó la mandíbula, saboreando el miedo y la ira. Sabía que provocarlo era peligroso, pero la pasividad era una sentencia de muerte.

"Llévensela," ordenó Vladimir a sus hombres. "Al coche. Y que sea discreto. Si grita, lastímenla, pero que no se note."

Uno de los hombres le puso una capucha de tela sobre la cabeza. La oscuridad era absoluta. La condujeron fuera, la metieron en la parte trasera de un vehículo que olía a limpiador industrial y tabaco. El trayecto fue tortuoso, con giros bruscos y largos períodos de silencio solo rotos por las instrucciones en ruso de Vladimir.

Durante el viaje, en la oscuridad de la capucha, el cuerpo de Camilla comenzó a reclamar su atención de una manera nueva e inquietante. El estrés extremo, la adrenalina... era normal sentirse mal. Pero esto era diferente. Una náusea sorda se instaló en la base de su estómago, persistente. No era el mareo del viaje. Era una sensación profunda, familiar y a la vez extraña.

Y entonces lo recordó.

Su período. Debía haber llegado hacía casi una semana. En el caos de los últimos días—la huida del taller, los días en el Nido, la tensión constante—no lo había pensado. Pero ahora, en la oscuridad del secuestro, el hecho se le presentó con una claridad aterradora. Su ciclo era regular como un reloj. Nunca se retrasaba.

Un nuevo tipo de frío, diferente al miedo a Vladimir, se extendió por sus venas. Sus senos, que Dmitry había adorado solo unas noches antes con una ternura que la hacía estremecerse al recordarlo, sentían una sensibilidad extraña, un peso y una tirantez que no eran habituales.

No, pensó, desesperada. No ahora. No aquí.

Las piezas encajaron con una precisión cruel: la semana de pasión desenfrenada en el Nido, sin protección. La posesividad de Dmitry, que se había manifestado también en un deseo de marcar, de procrear, aunque nunca lo hubiera dicho. ¿Podría ser? ¿Un hijo? ¿Aquí, ahora, mientras la llevaban a Dios sabía dónde?

Una oleada de pánico tan absoluto que casi la hizo vomitar bajo la capucha la invadió. No solo era su vida la que estaba en juego ahora. Si sus sospechas eran ciertas, llevaba dentro la semilla de Dmitry Petrov. El heredero no deseado de una guerra de sombras. El arma definitiva y la vulnerabilidad más profunda.

Vladimir no podía saberlo. Si lo descubría... la idea era demasiado horrible para contemplarla.

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Mientras tanto, en un almacén junto al puerto, Dmitry Petrov contemplaba los restos humeantes de lo que había sido un lucrativo centro de distribución. El ataque había sido espectacular, pero superficial. Un señuelo. Y lo había sabido casi de inmediato.




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