"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 15: Sangre y Jazmín

El viejo molino se alzaba como un diente podrido contra el cielo crepuscular. El aire olía a polvo de piedra, a hierba seca y a la sal lejana del mar. Dentro, en la planta baja convertida en una nave desolada, Vladimir Petrov encendió una linterna y dirigió el haz hacia Camilla, atada a una silla de metal.

—Mi hermano es puntual como un reloj suizo —dijo, con una calma teatral que no lograba ocultar la excitación nerviosa que lo recorría. —Estará aquí en cualquier momento. ¿Sabes lo más gracioso? Te tiene por una damisela en apuros. Pero yo veo algo más en tus ojos. Veo… cálculo. ¿Estás planeando algo, dorogaya?

Camilla no respondió. Concentraba toda su energía en controlar las náuseas que subían por su garganta y en ignorar el dolor sordo en sus senos. Su mente, sin embargo, estaba clarísima. Cada segundo que Dmitry tardaba era un segundo más para que Vladimir cometiera un error. Y él era un hombre de errores.

—No me ignores —la voz de Vladimir se agrió. Se acercó y le agarró la barbilla, forzándola a mirarlo. —Cuando esto termine, y mi hermano esté muerto, quizá te lleve conmigo. Podrías ser… un recordatorio divertido de mi victoria. A menos que esa semilla que crees que llevas dentro te haga menos interesante.

Camilla contuvo la respiración. ¿Cómo lo sabía? ¿Era tan obvio? Vladimir soltó una risa burlona.

—Lo vi en tus ojos en la casa. Ese instinto de protección. No es solo por ti misma. Es el instinto de una leona. O de una madre. —Su dedo recorrió su mejilla. —Qué giro tan poético. El heredero de los Petrov, creciendo en el vientre de la amante del hermano equivocado. Podría ser útil.

La puerta del molino, una mole de madera carcomida, se abrió con un crujido que resonó como un disparo en el silencio.

Vladimir se enderezó, una pistola apareciendo en su mano como por arte de magia. Sus dos matones se pusieron en guardia, armas levantadas.

En el marco de la puerta, recortado contra el último resplandor anaranjado del día, estaba Dmitry Petrov. Iba solo, como había pedido Vladimir. Vestido de negro, sin abrigo, las manos vacías y visibles a los lados del cuerpo. Pero su presencia llenó el espacio vacío, imponiendo un silencio más profundo que cualquier amenaza.

—Hermano —saludó Vladimir, con una sonrisa triunfal. —Qué honor que hayas venido solo.

—No estoy solo —dijo Dmitry, su voz plana, sin eco, como un cuchillo sobre hielo. —Traigo conmigo cada golpe que le diste a nuestro padre, cada traición, cada mentira que has sembrado. Eso pesa más que un ejército.

Avanzó lentamente, sus ojos grises, iluminados por la linterna, no se apartaban de Camilla. La escaneó en busca de heridas, de miedo. Lo que vio la dejó perpleja: determinación. Y algo más, una palidez y una tensión alrededor de los ojos que le hablaban de un sufrimiento interno. Su corazón se encogió.

—Déjala ir, Vladimir —dijo Dmitry, deteniéndose a diez metros de distancia. —Esto es entre tú y yo. Siempre lo ha sido.

—¡Pero ella lo hace tan mucho más divertido! —exclamó Vladimir, moviendo la pistola negligentemente hacia Camilla. —Ella es el premio, ¿no? La prueba de que incluso el gran Dmitry puede tener un punto débil. Una debilidad de carne y hueso… y quizá de algo más.

Dmitry no pestañeó, pero Camilla vio el microtemblor en su mandíbula. Él también lo sabía. O lo sospechaba.

—Si la tocas —dijo Dmitry, y esta vez su voz era un susurro que cortaba el aire como el filo de una navaja—, no habrá lugar en este mundo donde puedas esconderte. Te encontraré. Y lo que haré contigo hará que la muerte parezca una bendición.

Vladimir rió, un sonido histérico que rebotó en las paredes de piedra. —¡Siempre el dramático! Pero hoy, hermanito, yo llevo la ventaja. —Señaló con la cabeza a sus hombres. —Bajen sus armas. Vamos a hacer esto como en los viejos tiempos. Tú y yo. Un último juego.

Los matones dudaron, pero bajaron los subfusiles. Vladimir dejó su pistola en un barril cercano y se sacudió las mangas de la chaqueta. —¿Qué dices? ¿Un combate justo? El ganador se lo lleva todo: el imperio, la mujer… la vida.

Era una trampa obvia. Dmitry lo sabía. Pero también sabía que era la única forma de ganar tiempo, de acercarse lo suficiente. Asintió lentamente, desabrochándose los puños de la camisa.

—Como en los viejos tiempos.

Los hermanos se cerraron el uno al otro. Donde Dmitry era economía de movimiento y control, Vladimir era fuerza bruta y rabia. El primer golpe lo propinó Vladimir, un gancho salvaje que Dmitry esquivó por poco, sintiendo el aire moverse junto a su rostro. Respondió con un jab seco al costado de Vladimir, que resopló pero no cedió.

Camilla observaba, conteniendo la respiración, cada músculo de su cuerpo tenso. La náusea era ahora un segundo latido en su estómago, pero la adrenalina la mantenía alerta. Sus ojos buscaban a Iván. ¿Dónde estaba? Dmitry había dicho que no estaba solo.

La pelea era brutal. No había elegancia, solo odio acumulado durante décadas. Vladimir, más pesado, usaba su peso para empujar a Dmitry contra las paredes, intentando aplastarlo. Dmitry, más rápido, más técnico, lo castigaba con golpes precisos a los riñones, al hígado. Los sonidos de los impactos, de los gruñidos, llenaban el molino.

—¡Siempre… el favorito! —jadeó Vladimir, tras recibir un puñetazo en la boca que le hizo sangrar el labio. —¡Papá te eligió a ti, incluso cuando eras solo un mocoso débil!

—¡Papá eligió a un líder, no a un torpe impulsivo! —rugió Dmitry, esquivando una carga y haciendo que Vladimir se estrellara contra una pila de sacos podridos.

Fue entonces cuando Vladimir sacó su segunda arma: un cuchillo de combate que llevaba escondido en la espalda. La hoja relució a la luz de la linterna.

—¡Vladimir, no! —gritó Camilla, sin poder contenerse.

Dmitry retrocedió, su mirada calculando distancias. El juego había cambiado. Vladimir avanzó, blandiendo el cuchillo con movimientos amplios y peligrosos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.