"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 16: El Latido del Imperio

La clínica no parecía una clínica. Era una suite en el último piso de un edificio discreto frente al mar, con muebles de diseño y cuadros abstractos. Solo el leve olor a antiséptico y el equipo médico de acero cromado integrado en los armarios delataban su propósito. El Dr. Rossi, un hombre de edad madura y mirada inteligente detrás de unas gafas de montura fina, había sido “recomendado” por contactos de confianza de Dmitry. Un hombre que sabía curar y, sobre todo, callar.

Camilla, sentada al borde de la camilla con una bata de papel que crujía con cada movimiento, sentía los nervios retorciéndose en su estómago. Las náuseas, ahora confirmadas por el estrés y la incertidumbre, eran una presencia constante. Dmitry estaba de pie junto a la ventana, de espaldas a la habitación, pero su reflejo en el cristal la vigilaba. Iván esperaba fuera de la puerta, un centinela silencioso.

—Señorita Greco, si es tan amable —dijo el Dr. Rossi con suavidad, indicando que se recostara. —Vamos a hacer una ecografía abdominal primero, para descartar cualquier causa gastrointestinal a las náuseas. Luego, si lo desea, podemos realizar un test de embarazo. Lo más preciso es un análisis de sangre.

—Hágala —dijo Dmitry desde la ventana, sin volverse. —La ecografía y la sangre. Todo.

Su tono no dejaba lugar a discusión. El médico asintió, acostumbrado a clientes poderosos y exigentes.

La ecografía fue fría, impersonal. El gel húmedo, la presión de la sonda sobre su vientre. Camilla cerró los ojos, concentrándose en la respiración. Dmitry se había acercado, de pie ahora al lado de su cabeza, una mano posada en su hombro. Su tacto era firme, anclándola a la realidad.

El Dr. Rossi movía la sonda, su mirada fija en la pantalla. De repente, se detuvo. Su expresión cambió ligeramente, de la concentración profesional a una atención más aguda. Apretó unos botones, congeló una imagen.

—Señorita Greco… —comenzó, su voz más cauta. —Veo algo aquí. No es gastrointestinal. —Miró a Dmitry, luego a Camilla. —Hay un saco gestacional. Muy pequeño, pero claramente visible. Está implantado en un lugar perfecto. Calculo… unas cinco semanas, tal vez seis.

El aire salió de los pulmones de Camilla en un suspiro tembloroso. Allí estaba. La confirmación visual. Una pequeña mancha oscura y circular en la pantalla gris. La semilla.

Dmitry no dijo nada. Su mano en su hombro se apretó hasta casi doler, pero luego, de inmediato, aflojó la presión, como si temiera hacerle daño. Camilla alzó la vista hacia él. Su perfil era de piedra, pero en sus ojos, fijos en la pantalla, había un torbellino: incredulidad, un destello de algo que podría ser alegría pura, seguido instantáneamente por una sombra de temor tan profundo que hizo que a Camilla se le encogiera el corazón.

—¿Está seguro? —preguntó Dmitry, su voz extrañamente ronca.

—La imagen es clara. Pero para confirmar la viabilidad y la edad exacta, necesitamos ver el latido cardíaco. Es muy pronto, pero a veces ya es detectable con un equipo sensible. —El Dr. Rossi cambió a un transductor vaginal, explicando el procedimiento con profesionalidad. —Con su permiso.

Camilla asintió, aturdida. Todo ocurría demasiado rápido. El nuevo examen fue más intrusivo, más íntimo. Ella mantuvo la mirada fija en la pantalla, en esa pequeña mancha que era suyo, de ambos. Dmitry no apartaba los ojos de la pantalla, su cuerpo tan tenso que parecía a punto de romperse.

Los segundos se arrastraban. El silencio solo era roto por el zumbido de la máquina. El Dr. Rossi movía suavemente el transductor.

—Allí —dijo de repente, su voz cargada de la satisfacción de un profesional. Apretó otro botón y un sonido llenó la habitación: un ritmo rápido, frenético, como el galope de un caballito diminuto. Ta-chum, ta-chum, ta-chum.

El latido del corazón.

Fue un sonido primordial. El sonido de la vida más nueva, más frágil y más poderosa del mundo. Camilla rompió a llorar en silencio, las lágrimas rodando por sus sienes hacia la camilla. Una emoción abrumadora, un amor instantáneo y feroz por ese punto minúsculo en la pantalla, la invadió.

Pero fue la reacción de Dmitry la que la grabó a fuego en el alma.

Él no lloró. No sonrió. Se inclinó sobre la camilla, sus manos a ambos lados de la cabeza de Camilla, no tocándola, pero formando una jaula protectora. Sus ojos, clavados en el punto que latía en la pantalla, se oscurecieron hasta volverse casi negros. Su respiración era superficial, controlada, pero Camilla podía sentir el tremendo esfuerzo que suponía.

—Mi hijo —murmuró, y las palabras no fueron una pregunta, ni una celebración. Fueron una sentencia. Una declaración de propiedad absoluta. —Nuestro hijo.

El Dr. Rossi, percibiendo la intensidad cargada en la habitación, guardó silencio, imprimiendo cuidadosamente las imágenes. “El latido es fuerte y regular. Todo parece perfectamente normal para esta etapa tan temprana. Les daré las recomendaciones prenatales, suplementos…”

—Déjelas a Iván —cortó Dmitry, finalmente apartando su mirada hipnótica de la pantalla para posarla en Camilla. Su expresión se había transformado. Ya no había rastro de duda o temor. Había una determinación de acero, una posesividad que rayaba en lo animal. —¿Cómo te sientes?

—Asustada —susurró Camilla con honestidad, limpiándose las lágrimas. —Feliz. Abrumada.

Él asintió, como si entendiera perfectamente esa tormenta de emociones. Se enderezó y ayudó a Camilla a sentarse, su mano nunca dejando su espalda. Sus movimientos eran deliberadamente suaves, pero había una intensidad en su tacto que la electrizaba. La envolvía, la reclamaba, la marcaba.

—Nada te abrumará nunca más —dijo, su voz ahora baja pero impregnada de una autoridad que no admitía réplica. —Te llevo a casa. A nuestra casa.

“Nuestra casa” no era el Nido, ni la casa segura. Era el ático de Dmitry, la fortaleza de cristal con vistas al Vesubio. El centro de su poder. Era la declaración definitiva: ella, y la vida que crecía dentro de ella, pertenecían al núcleo mismo de su imperio.




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