"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 18: El Corazón de una Princesa

El tiempo, en la fortaleza del ático, había adquirido una nueva textura. Ya no era solo la tensión entre control y libertad, sino un tejido más cálido, más doméstico, hilado con los hilos de una familia que se construía a sí misma en medio de las sombras.

La relación con Misha había florecido. Lo que comenzó como una visita cuidadosamente vigilada se convirtió en una rutina semanal. Los viernes por la tarde, Iván llegaba con el niño, que ahora entraba corriendo y gritando «¡Zio Dmitry! ¡Camilla!» con una confianza que hacía que al propio Iván se le suavizara la expresión. Dmitry, el Pakhan, el hombre que inspiraba terror en el bajo mundo napolitano, se había convertido en «Zio Dmitry» para un niño de cinco años. Y le gustaba.

La primera «pijamada» había sido idea de Misha, que no quería irse después de ver una película de dinosaurios. Iván, al principio aterrado por la idea, cedió ante la mirada suplicante de su hijo y la sonrisa tranquila de Camilla. Esa noche, el ático había resonado con risas infantiles. Misha durmió en la habitación de huéspedes, con Iván haciendo guardia en una silla junto a la cama (y Dmitry, irónicamente, revisando los monitores de seguridad con más atención que nunca, asegurándose de que ni una mosca entrara). A la mañana siguiente, desayunaron todos juntos panqueques que Camilla preparó, con Misha sentado entre ella y Dmitry, bañando a ambos en sirope.

Esa imagen, más que cualquier tratado de paz, había empezado a cambiar a Dmitry. Ver a Iván, su arma más letal, relajado, pelando una naranja para su hijo. Ver a Camilla, con su vientre ya notablemente redondeado, riendo con el niño. Se dio cuenta de que estaba protegiendo un hogar, no solo un activo. Y un hogar necesita ventanas abiertas, no solo muros.

Las reglas se fueron relajando, centímetro a centímetro. Camilla podía salir a caminar por el parque privado, siempre con Iván (y a veces con Misha de la mano, lo que convertía la vigilancia en un paseo familiar). Recibía visitas de su madre, que ahora vivía en un edificio cercano bajo protección discreta. Incluso Sofia había sido «evaluada» y, tras una tensa conversación con Dmitry donde él le dejó muy claro las consecuencias de cualquier desliz, se le permitía visitar una vez por semana. La amistad estaba herida, pero sanando.

Camilla tenía ahora cuatro meses de embarazo. El primer trimestre, con sus náuseas y miedos, había pasado. Se sentía fuerte, llena de una energía serena. Y Dmitry, aunque nunca bajaba la guardia, había aprendido a confiar en su instinto. Ya no la vigilaba con la mirada de un halcón sobre una presa, sino con la de un hombre que atesora un milagro.

El día del ultrasonido de las veinte semanas, la atmósfera en la suite médica era diferente. Esta vez, no había tensión de miedo, sino expectación. Incluso Iván estaba presente, de pie en un rincón con Misha, que miraba fascinado las pantallas y las máquinas.

—Hoy podremos verlo mucho mejor —explicó el Dr. Rossi, aplicando el gel en el ahora evidente bulto de Camilla. —Y, si quieren, podemos ver el sexo. La anatomía está lo suficientemente desarrollada.

Camilla miró a Dmitry, que estaba sentado a su lado, entrelazando sus dedos con los de ella. Él asintió, una rareza en él, que siempre quería saberlo todo, controlarlo todo.

—Sí —dijo Camilla. —Queremos saber.

La sonda se deslizó sobre su piel. En la pantalla aparecieron formas reconocibles: la columna vertebral, como un collar de perlas blancas, el perfil de la cabecita, los pequeños pies. El Dr. Rossi sonreía, señalando cada parte. —Todo se ve perfecto. Crecimiento exacto para la fecha. Corazón fuerte.

Luego, movió la sonda, buscando. La imagen se enfocó en una vista entre las piernas del bebé. El Dr. Rossi se inclinó, ajustando los controles. —Y aquí… tenemos la respuesta. —Hizo una pausa, mirándolos con una sonrisa. —¿Están listos?

Camilla apretó la mano de Dmitry. Él estaba inmóvil, sus ojos fijos en la pantalla.

—Es una niña —anunció el Dr. Rossi, su voz cálida. —Definitivamente, una princesita.

El sonido del latido del corazón, rápido y fuerte, llenó la habitación. Ta-chum, ta-chum, ta-chum.

Por un segundo, no pasó nada. Luego, Camilla sintió que la mano de Dmitry temblaba dentro de la suya. Ella alzó la vista hacia él. Su rostro era un paisaje de emociones en conflicto: sorpresa absoluta, luego una confusión profunda, que se transformó en algo tierno y devastadoramente vulnerable. Había estado preparado, sin duda, para un heredero varón. Un pequeño Pakhan a quien moldear, a quien endurecer para el mundo. Una niña… eso era un territorio completamente desconocido.

—Una… niña —repitió Dmitry, como si probara las palabras en su boca. No sonaban a decepción. Sonaban a asombro.

—Sí —susurró Camilla, las lágrimas llenándole los ojos de felicidad. —Tu hija.

Desde el rincón, Misha, que había estado escuchando con atención, preguntó en voz alta: —¿Es una hermanita, papá?

Iván, atrapado entre la emoción de la escena y la pregunta de su hijo, asintió con dificultad. —Sí, Misha. Para la señora Camilla y el señor Dmitry.

—¡Yo le enseñaré a jugar al fútbol! —anunció el niño, con decisión.

Esa declaración inocente rompió el hechizo. Un sonido ronco escapó de los labios de Dmitry. No era una risa completa, pero era lo más cercano que Camilla había oído. Él se inclinó sobre ella, y esta vez no miró la pantalla. La miró a ella a los ojos, y en su mirada gris había una luz nueva, más suave.

—Una niña —dijo de nuevo, y esta vez había una sonrisa en su voz. —Con tu fuerza y tu terquedad, sin duda.

—Y con tu inteligencia y tu… intensidad —replicó ella, sonriendo a través de las lágrimas.

Dmitry se enderezó, pero su mano no soltó la de ella. Miró al Dr. Rossi. —¿Está todo bien? ¿Completamente sana?

—Perfectamente sana, señor Petrov. Una niña fuerte y hermosa.

Dmitry asintió, y luego, en un gesto que dejó a todos sin aliento, se volvió hacia Iván. —Una princesa —dijo, como si estuviera dándole una orden. —Nuestra princesa.




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