El niño no tendría más de ocho años. Llevaba una camiseta de fútbol sucia y pantalones cortos. Corrió directamente hacia Iván, llorando, diciendo en un italiano atropellado que su madre se había caído en la siguiente calle y no se movía. Su angustia parecía genuina, las lágrimas surcando su rostro polvoriento.
El instinto de Iván —desconfiar de todo, especialmente de lo que parece inocente— chocó violentamente con el instinto humano de ayudar a un niño. Por un nanosegundo, dudó. Sus ojos se dispararon hacia Camilla, que estaba a su lado, mirando al niño con preocupación. Luego hacia los dos hombres de la moto, que estaban estacionados a quince metros de distancia, observando la calle.
"Quédate aquí", ordenó Iván a Camilla, su voz gélida. "No te muevas." Dio un paso hacia el niño, su mano bajo la chaqueta, cerca de la pistolera. Pero necesitaba evaluar la amenaza, si la había.
Fue la distracción que necesitaban.
Desde un balcón alto de un edificio frente a la tienda, un hombre con una cámara de fotos profesional —un turista anónimo más— bajó el objetivo y presionó un botón en su radio. En ese mismo instante, una furgoneta de reparto que había estado estacionada con el motor apagado en la bocacalle arrancó con un rugido y giró bruscamente, bloqueando la calle peatonal entre Camilla y el coche blindado. Las puertas traseras se abrieron de golpe.
No salieron hombres armados. Salieron cámaras. Periodistas de un tabloide sensacionalista italiano, financiados generosamente y engañados por Loshenko, quienes creían que estaban a punto de desvelar el romance clandestino de un misterioso magnate ruso.
"¡Signorina Greco! ¡Camilla!" gritó uno, mientras los flashes estallaban como disparos, cegándola. "¿Es cierto que espera un hijo de Dmitry Petrov, el 'Zar de Nápoles'? ¿Sabe que su fortuna proviene del crimen? ¿Se siente segura con un hombre así?"
Las preguntas eran cuchillos de palabras, más peligrosas que las balas en ese contexto. El objetivo no era secuestrarla ni lastimarla físicamente. Era exponerla. Arrancarla de la burbuja de anonimato relativo y arrojarla a los focos de la prensa sensacionalista, vinculando su nombre y el de su bebé por nacer para siempre con el submundo criminal. Era una venganza perfecta: manchar la luz que Dmitry protegía, sin tocar un pelo de su cabeza.
Iván reaccionó con la velocidad del rayo. Al ver las cámaras, entendió la jugada al instante. El niño había desaparecido, un actor perfecto. El ruso giró, su cuerpo un muro entre Camilla y los periodistas. "¡Atrás!" rugió, pero no podía disparar. No había amenaza física directa que justificara la violencia. Empujó a Camilla hacia la entrada de la tienda de telas, pero los fotógrafos ya los habían rodeado.
Camilla, paralizada por el shock, se llevó instintivamente las manos al vientre. Los flashes la golpeaban en la cara, captando su palidez, su pánico, la evidente curva de su embarazo. El mundo se redujo a un caos de luz estroboscópica y preguntas venenosas. Sintió una opresión en el pecho, un mareo. No era por ella; era por Ana. El estrés brutal, la invasión, la brutal violación de su privacidad en el momento más vulnerable de su vida.
Los dos hombres de la moto, al ver la naturaleza de la amenaza, se abalanzaron. No con armas, sino con chaquetas y fuerza bruta, empezando a empujar a los fotógrafos, a golpear las cámaras. Se formó un tumulto.
Fue en medio de ese caos cuando Camilla sintió el primer dolor. Un pellizco agudo y profundo en el bajo vientre, seguido de una tensión que no cedía. Un gemido escapó de sus labios.
Iván lo oyó. Su sangre se heló. Al ver el dolor genuino en su rostro, toda precaución se fue al infierno. Sacó su pistola y disparó un tiro al aire.
El estampido, ensordecedor en el espacio cerrado de la calle, detuvo todo. Los periodistas se agacharon, aterrorizados. En la pausa de silencio aterrorizado, la voz de Iván retumbó: "¡La siguiente bala va en la cabeza de quien se mueva! ¡Cámaras al suelo! ¡AHORA!"
La autoridad letal en su voz era inconfundible. Las cámaras cayeron al pavimento. Los hombres de la moto aprovecharon para abrir un camino. Iván no esperó. Levantó en brazos a Camilla, que se aferraba a su cuello, su rostro contraído por el dolor y el miedo, y corrió hacia el coche blindado, pateando la puerta de la furgoneta para apartarla lo suficiente. En menos de treinta segundos, estaban dentro, las puertas cerradas, el coche acelerando, dejando atrás el caos.
En el ático, Dmitry recibió la llamada de Iván. La descripción fue breve, clínica, pero Dmitry pudo escuchar el temblor de furia contenida en la voz de su hombre. Y al fondo, el jadeo angustiado de Camilla.
"¿El bebé?" preguntó Dmitry, su voz tan fría que parecía salir del centro de un glaciar.
"Ella tiene dolor. Nos dirigimos a la clínica. Loshenko. Fue una jugada sucia, de exposición pública."
Dmitry no dijo nada. Colgó. Su mano apretó el teléfono hasta que la pantalla se hizo añicos. El mundo que había construido con tanto cuidado, el castillo de naipes de normalidad que había erigido para su hija, acababa de ser soplado por el viento putrefacto de su pasado.
La oscuridad no perdonaba. No permitía deserciones.
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En la clínica, el Dr. Rossi examinó a Camilla con urgencia. El ultrasonido mostró que el cuello uterino estaba intacto y el latido de Ana seguía fuerte, pero había contracciones irregulares y fuertes, provocadas por el shock y la descarga masiva de adrenalina. "Amenaza de parto prematuro", diagnosticó. "Necesita reposo absoluto. Estrés cero. O perderemos a la niña."
Las palabras cayeron como una sentencia sobre Dmitry, que estaba de pie al pie de la camilla, mirando a Camilla, pálida y conectada a un monitor. Habían intentado lastimarla de la única manera que podían: a través de su hija. Y casi lo lograban.
Camilla lo miró, sus ojos llenos de un miedo nuevo, más profundo que cualquier amenaza física. "Ellos saben... todos van a saber..."