"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 20: La Marca del Zar

El silencio en el ático era tan denso que se podía cortar con el filo de un cuchillo. Habían pasado cuarenta y ocho horas desde que Camilla pronunció esas palabras: "Prefiero irme." Cuarenta y ocho horas en las que Dmitry Petrov no había dormido, alimentándose solo de café negro, furia helada y los informes que llegaban de la cacería de Loshenko.

El oligarca ucraniano había sido localizado en un yate en aguas internacionales cerca de Córcega. Los hombres de Dmitry se estaban acercando. Pero esa victoria, que en otro momento habría sido dulce, ahora le sabía a ceniza. Porque en el estudio contiguo, detrás de una puerta cerrada, estaba la verdadera batalla. Y no podía ser ganada con balas o sobornos.

Dmitry apagó las pantallas táctiles, sumiendo la habitación en una penumbra azulada. Se levantó, sus músculos protestando por horas de inmovilidad. Se quitó la chaqueta y la arrojó sobre una silla. Bajo la camisa blanca, su cuerpo era un arsenal de tensión contenida. Las palabras de Camilla resonaban en su cabeza como el tañido de una campana fúnebre: "Preferiría irme."

No. Jamás.

Cruzó el ático con pasos silenciosos y firmes. No llamó a la puerta del dormitorio. La abrió y entró.

Camilla estaba sentada en el borde de la cama, con un camisón de seda que se curvaba sobre su vientre. Estaba mirando por la ventana, pero su mirada estaba vacía, perdida en algún lugar entre los reflejos de la ciudad y su propio miedo. Al oírlo entrar, se volvió. No mostró sorpresa. Solo un cansancio infinito y una determinación triste.

—Dmitry —murmuró.

Él cerró la puerta a sus espaldas. El clic del pestillo sonó como un disparo en el silencio.

—Has hablado de irte —dijo, su voz baja, plana, pero cargada de una corriente subterránea de algo peligroso.

—He hablado de lo que necesito para nuestra hija —corrigió ella, alzando la barbilla. —Una vida sin miedo.

—El miedo no se erradica, milaya moya —dijo él, avanzando lentamente hacia ella. —Se controla. Se domina. Yo he dominado el miedo toda mi vida. Y dominaré cualquier amenaza que se acerque a ti.

—¡No es eso! —Ella se levantó, enfrentándolo. Su cuerpo, redondeado por el embarazo, era una curva de vulnerabilidad y desafío. —Es tu mundo, Dmitry. El mundo que has construido. Es veneno. Y nos está envenenando a mí y a Ana desde dentro. No puedo respirar.

Él se detuvo a un paso de ella. Tan cerca que podía ver las lágrimas atrapadas en sus pestañas, el latido rápido en su garganta. Podía oler su miedo, su desesperación. Y algo más profundo, algo que lo enloquecía: la posibilidad de perderla.

—¿Crees que te dejaría ir? —preguntó, y su voz era ahora un susurro áspero, una caricia hecha de púas. —¿Crees que dejaría que te llevaras a mi hija, a mi sangre, a mi futuro, lejos de mí?

—No es cuestión de creer, es…

—¡Es una imposibilidad! —rugió él, y la máscara de control se hizo añicos. La furia, el miedo, la posesión más primitiva estallaron. Sus manos se alzaron y se cerraron alrededor de sus brazos, no con brutalidad, pero con una fuerza que la inmovilizó por completo. —¡Eres mía, Camilla! ¡Eres mía desde el momento en que entraste en mi taller y me miraste con esos ojos que no tenían miedo! ¡Esta vida que crece dentro de ti es mía! ¡Nada en este universo me arrebatará lo que es mío!

Camilla intentó zafarse, pero era inútil. Su fuerza la envolvió, la aplastó. —¡Suéltame!

—No —gruñó él, y en su mirada gris ardía un fuego oscuro, devorador. —No te soltaré jamás. Ni a ti, ni a ella. Podrías intentar huir al fin del mundo, y yo te encontraría. Porque sois mi aire. Sois mi razón de ser. Y si tengo que quemar el mundo entero y gobernarlo desde las cenizas para manteneros a salvo, lo haré.

Sus palabras no eran una promesa de amor. Eran un juramento de obsesión. Una cadena forjada en el acero más duro de su alma. Camilla lo miró, y en sus ojos, por primera vez desde que lo conoció, vio algo que la heló hasta la médula: la certeza absoluta de que no había salida. Que pertenecía a Dmitry Petrov de una manera tan fundamental, tan irrevocable, como su propia sombra.

Y entonces, la furia de él cambió. Se transformó en algo más denso, más urgente, más físico. El miedo a la pérdida se convirtió en la necesidad brutal de reafirmar su propiedad, de marcarla, de recordarle a cada célula de su cuerpo a quién pertenecía.

Con un movimiento fluido, Dmitry la levantó en sus brazos. Ella dejó escapar un grito ahogado, sus manos aferrándose a sus hombros por instinto. La depositó en medio de la cama grande, seguándola con el peso de su cuerpo. No había ternura en sus movimientos, solo una determinación feroz.

—Dmitry, no… el bebé… —suplicó ella, el pánico asomando.

—El médico dijo reposo, no abstinencia —refutó él, su voz ronca contra su oreja mientras sus manos comenzaban a deslizar las tirantas de su camisón. —Y yo necesito recordarte. Necesito que sientas quién es tu dueño.

El camisón de seda cedió bajo sus manos. Él se separó un momento para mirar su cuerpo desnudo, gloriosamente cambiado por el embarazo, sus curvas más generosas, su vientre redondo donde latía su hija. Una expresión de adoración brutal, casi violenta, cruzó su rostro.

—Mía —susurró, y la palabra era un hechizo. Sus manos, grandes y callosas, recorrieron su piel como un conquistador reclamando un territorio. Tomó sus senos, más sensibles, más llenos, y los cubrió con su boca, no con suavidad, sino con una hambre devoradora que hacía que Camilla se arqueara y gimiera, una mezcla de shock y placer punzante.

Ella intentó resistirse, aferrarse a su ira, a su deseo de libertad. Pero su cuerpo, traicionero, ya respondía a él. A su olor, a su tacto, a la intensidad abrasadora que solo él podía despertar en ella. Cada caricia, cada mordisco suave, era una marca. Un recordatorio.

—Dime —ordenó él, separándose para mirarla a los ojos mientras sus dedos bajaban por su vientre, trazando círculos posesivos. —Dime a quién perteneces.




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