La luz del amanecer encontró a Dmitry en el mismo sitio donde la noche lo había dejado: en el sillón frente al ventanal, vigilando la ciudad que ahora sentía no como su reino, sino como un campo de minas listo para explotar bajo los pies de Camilla y Ana. El acto posesivo de la noche anterior no había calmado sus demonios; solo los había alimentado con una nueva urgencia. La imagen de Camilla pálida y asustada bajo los flashes de los periodistas se fusionaba con la de ella entregada bajo él, y ambas le gritaban la misma verdad: su mundo era una jaula, pero fuera de ella solo había depredadores.
La solución, cuando se le ocurrió, fue tan lógica como desesperada. Si la amenaza era externa, traería todo lo vital al interior. Si su fortaleza de cristal y acero podía ser violada psicológicamente, la llenaría con una fortaleza de carne y hueso, de lealtades inquebrantables.
Llamó a Iván al estudio. Su hombre entró, su expresión era la de un soldado que espera una misión suicida para redimirse.
—Iván —comenzó Dmitry, sin preámbulos—. Trae a Misha. Hoy. Se mudan aquí.
Iván no se inmutó, pero sus ojos azules se movieron un milímetro, el equivalente a un hombre normal dando un paso atrás sorprendido. —¿Al ático, Pakhan?
—Sí. La habitación de huéspedes será suya. Instala lo que necesite. —Dmitry se levantó, acercándose. —La seguridad aquí es impenetrable. Es el lugar más seguro de Nápoles. Para Misha… y para ti. Así no tendrás que dividir tu atención.
Iván entendió al instante. No era solo una orden de protección; era un acto de profunda, casi brutal, confianza. Dmitry no solo le confiaba su vida y la de su familia; ahora también le confiaba el punto más vulnerable de Iván mismo. Y al traerlo bajo su mismo techo, lo ataba a él de una manera aún más irreversible. Era una cadena de oro y acero.
—Misha es un niño —dijo Iván, con una rareza en su voz—. Hace ruido. Hace preguntas. Puede ser… molesto.
Una sonrisa breve, casi imperceptible, tocó los labios de Dmitry. —He visto a Camilla con él. Ella lo maneja. Y yo… puedo aprender. —Hizo una pausa, su mirada se volvió de acero. —Pero esto no es una invitación, Iván. Es una necesidad. Loshenko fue solo el primero. Otros verán debilidad. Aquí, bajo mi mirada, bajo la tuya, nada los tocará. Ni a ellos, ni a Misha.
Iván asintió, una vez. La lógica era impecable. Y en el fondo, la idea de tener a su hijo a salvo, a solo unos pasos de distancia en lugar de a kilómetros, era un alivio profundo y culpable. —Será hecho. ¿La señora Camilla?
—Se lo diré yo —dijo Dmitry, y en su tono había una advertencia: el tema no era negociable.
---
Camilla desayunaba té de hierbas y tostadas cuando Dmitry se sentó frente a ella. Su cuerpo aún recordaba cada caricia, cada marca de la noche anterior, una mezcla de dolor y placer que la dejaba confundida y extrañamente tranquila. Él tomó su mano.
—He tomado una decisión —dijo, sus dedos entrelazándose con los de ella. —Iván y Misha se mudan hoy. Permanecerán aquí, con nosotros.
Camilla dejó la tostada. Miró sus ojos grises, buscando algún rastro de duda. Solo encontró una determinación absoluta. —¿Aquí? ¿De forma permanente?
—Hasta que la situación esté bajo control. —Su apretón se tensó. —Es lo más seguro, Camilla. Iván estará siempre presente. Misha estará protegido. Y tú… tendrás compañía. La compañía de un niño. Alguien que te recuerde por qué hacemos todo esto.
Era un argumento maquiavélico. Usaba su propio deseo de normalidad y conexión humana como justificación para encerrarla aún más. Pero también era cierto. La idea de tener la energía inocente de Misha cerca, de escuchar risas infantiles en esa tumba de lujo, hacía que su corazón anhelara decir que sí.
—¿Y qué le diremos? ¿A Misha?
—Lo que Iván decida. —Dmitry se inclinó sobre la mesa. —Pero él sabrá que esto es su hogar ahora. Y que es parte de esta familia.
La palabra «familia», saliendo de sus labios, la impactó. No era la familia convencional que ella alguna vez soñó. Era un clan fortificado, unida por el peligro y la lealtad forzada. Pero, pensó mirando su mano sobre la suya, también estaba unida por algo más. Algo tan tenaz y peligroso como el resto.
—Está bien —susurró. —Pero tiene que tener una vida, Dmitry. No puede estar encerrado como yo. Necesita jugar, correr…
—Tendrá el parque privado. Con guardias. Tendrá clases con tutores aquí. —Él lo tenía todo planeado. —Pero sí, tendrá una vida. Una vida segura. Como la que tendrá Anastasia.
Era la concesión más grande que podía hacer. Camilla asintió. La batalla por la libertad absoluta estaba perdida, pero quizás, dentro de estos muros, podía tallar un espacio habitable. Un hogar dentro de la fortaleza.
La mudanza fue rápida y discreta. Iván llegó al atardecer con unas pocas maletas y a Misha de la mano. El niño entró al ático con ojos como platos, mirando el espacio vasto y minimalista.
—¡Guau! ¡Es como una nave espacial! —exclamó, olvidando por un momento su timidez.
Camilla se acercó, con una sonrisa cálida. —¿Te gusta, Misha? Esta va a ser tu casa por un tiempo.
—¿Con Zio Dmitry y tú? —preguntó el niño, mirando a Iván para confirmar.
—Sí —dijo Iván, su voz más suave de lo habitual. —Con ellos.
Dmitry, que observaba desde la distancia, dio un paso al frente. Se agachó, quedando a la altura del niño, un gesto que todavía le resultaba extraño. —Y tendrás una misión muy importante, Misha —dijo, con seriedad. —Tendrás que ayudar a Camilla a prepararse para la llegada de tu prima, Anastasia. Eres el hermano mayor ahora.
La importancia conferida iluminó el rostro de Misha. Asintió con gravedad. —¡Yo la protegeré!
Esas palabras, inocentes y llenas de valor, resonaron en la habitación. Iván bajó la mirada, una emoción indescifrable en su rostro. Dmitry puso una mano en el hombro del niño. —Sí. Juntos la protegeremos.
Esa noche, el ático cobró una vida nueva. Los sonidos no eran solo el zumbido de la electrónica o el susurro de las conversaciones tensas. Había risas (las de Misha viendo una película con Camilla), el sonido de juguetes rodando por el suelo de piedra pulida (que ahora tenía más alfombras), y la voz grave de Iván leyendo un cuento en ruso desde la habitación de huéspedes.