La primavera en Nápoles se colaba por los cristales blindados del ático, bañando las habitaciones en una luz dorada y cálida que parecía querer suavizar hasta los bordes más afilados del mundo de Dmitry. Con apenas un mes para la fecha prevista del parto, el ático se había transformado. Ya no era solo una fortaleza; era un nido. Un nido tejido con ansiedad, amor obsesivo y, en los rincones más soleados, con una frágil y tenaz esperanza.
Camilla, con su vientre ahora inmensamente redondo, se movía con la gravedad solemne y la elegancia inconsciente de las mujeres a punto de dar a luz. Cada movimiento era medido, cada gesto llevaba el peso de la vida que pronto traería al mundo. Pero en sus ojos, ya no solo había resignación. Había un propósito. Preparar el mundo, o al menos este rincón del mundo, para Anastasia.
Y su aliado más entusiasta en esta misión era Misha.
El niño se había adaptado a la vida en el ático con la resiliencia de los pequeños. Para él, el espacio no era una prisión; era un castillo lleno de rincones por explorar, y ahora, el escenario de la Gran Aventura: la llegada de la Hermanita.
"¡Camilla, mira lo que encontré!" gritó una tarde, corriendo desde su habitación con un peluche viejo de un oso que había desempolvado de una de sus maletas. "¡Este puede ser el guardián de Ana! Se llama Mishka, como yo, ¡pero es un oso!"
Camilla, que estaba organizando minúsculos bodies de algodón en el cambiador, tomó el peluche con solemnidad. "Es perfecto, Misha. Un guardián fuerte y suave. ¿Crees que le gustará a Ana?"
"¡Claro! A todos los bebés les gustan los osos," declaró el niño con autoridad. Luego, su expresión se volvió pensativa. "¿Y qué más necesita? ¿Juguetes? ¿Yo le puedo enseñar a construir torres con bloques?"
"Le encantará que le enseñes," respondió Camilla, pasando una mano por el pelo del niño. Su corazón se expandía de un modo nuevo cada día, no solo por Ana, sino por este pequeño aliado que traía una dosis esencial de ruido, caos y alegría a su encierro.
Dmitry observaba estas escenas desde la distancia, a menudo desde el umbral de su estudio o tras la pantalla de su tablet. Era un espectador fascinado y profundamente perturbado. Ver a Camilla interactuar con Misha era un manual viviente de una paternidad que él no conocía. Aprendió, por ejemplo, que la paciencia no era un signo de debilidad, sino una forma de fuerza. Que un "no" dicho con calma podía ser más efectivo que un rugido. Y que la risa de un niño era el sonido más eficaz para disipar la niebla de paranoia que constantemente trataba de envolverlo.
Una mañana, Misha se acercó a él mientras revisaba informes de seguridad. El niño llevaba un dibujo: un sol, una casa enorme, y cuatro figuras de palitos: una grande (Dmitry), una con un vestido y un círculo en la tripa (Camilla), una pequeña (él) y una minúscula en brazos de la del vestido (Ana).
"Para que lo pongas en tu oficina, Zio Dmitry. Así no te olvidas de que somos una familia," dijo Misha, con la sencillez aplastante de un niño.
Dmitry tomó el dibujo. El papel, manchado de crayón amarillo y verde, le pesó más que cualquier contrato millonario. Lo clavó con un imán en el panel de acero junto a las pantallas táctiles. El contraste era absurdo. Y perfecto.
"Gracias, Misha," dijo, su voz extrañamente ronca. "Es el plan de seguridad más importante que tengo."
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Pero no todo era ositos de peluche y dibujos. La proximidad del parto agudizaba todos los instintos de Dmitry. El "plan de parto" se convirtió en el centro de una nueva y silenciosa batalla.
Una noche, mientras Dmitry masajeaba los pies hinchados de Camilla, ella soltó la bomba.
"Quiero que mi madre esté presente. En el parto."
Las manos de Dmitry se detuvieron. El Dr. Rossi y su equipo médico de absoluta confianza ya estaban contratados. La clínica privada, una suite de lujo con quirófano adjunto y salida privada, había sido adquirida discretamente por una de sus empresas fantasmas. Todo estaba controlado, esterilizado, seguro. La idea de introducir a otra persona, incluso a la madre de Camilla, era como dejar una ventana abierta en un búnker.
"Es un riesgo innecesario," dijo, retomando el masaje con menos suavidad.
"Es una necesidad humana," replicó ella, sosteniendo su mirada. "Necesito a mi madre, Dmitry. Necesito su mano, su voz. No solo a médicos y guardaespaldas. Es el momento más vulnerable de mi vida. Quiero alguien que me ame, no solo que me proteja."
"¿Y yo no te amo?" La pregunta salió más brusca de lo que pretendía.
"Tú me amas de una manera que a veces asusta," susurró Camilla, poniendo su mano sobre la de él. "Y necesito ese amor feroz, sí. Pero también necesito el amor suave, el que no viene envuelto en amenazas y protocolos. El de mi madre."
Dmitry miró sus ojos, vio la súplica genuina, la necesidad profunda. Era el mismo deseo de "algo humano" que ella había expresado antes. Negarlo sería afirmar que su prisión era completa. Y aunque cada fibra de su ser gritaba que era un error, otra parte, la parte que guardaba el dibujo de Misha, entendió que esto también era protegerla. Proteger su salud emocional, su paz.
"Se someterá a las mismas medidas de seguridad que Iván," dijo finalmente, los dientes apretados. "Será revisada, escoltada, no podrá traer nada consigo. Y se irá en cuanto el parto termine."
Era una concesión monumental. Camilla sintió que las lágrimas le nublaban la vista. No eran lágrimas de triunfo, sino de un alivio profundo. "Gracias."
Misha, al enterarse de que la "abuela" vendría, montó en cólera. "¡Yo también quiero estar! ¡Yo quiero ver a Ana nacer!"
Iván, pálido, intentó calmarlo. "Los niños no van al hospital para eso, Misha."
"¡Pero si vivimos todos juntos! ¡Yo soy el hermano mayor! ¡Tengo que protegerla desde el primer segundo!"
Fue Camilla quien encontró la solución. Se sentó con Misha en el suelo de la sala de juegos que habían improvisado. "Misha, tú tienes la misión más importante de todas aquí, en casa."