"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 23: El Umbral

La noche había envuelto el ático en un manto de silencio plomizo, solo roto por el tenue rumor de la ciudad a sus pies. La ansiedad por el parto inminente flotaba en el aire, una presencia eléctrica que hacía que los nervios de todos estuvieran al límite. Camilla, incapaz de encontrar una posición cómoda para dormir con su vientre enorme, se paseaba por el dormitorio cuando Dmitry entró.

La vio en la penumbra, su silueta redondeada recortada contra la luz de la luna que entraba por el ventanal blindado. En sus ojos, él no vio solo la incomodidad física; vio el miedo, la incertidumbre, la abrumadora realidad de que su mundo estaba a punto de cambiar para siempre. Y en su propio pecho, una necesidad primitiva, feroz, se despertó. La necesidad de reclamarla, de fundirse con ella una última vez antes de que la vida los separara en los roles nuevos e irrevocables de padre y madre.

Sin mediar palabra, cerró la distancia. Sus manos se cerraron en su rostro, sus dedos hundiéndose en su cabello, y su boca encontró la de ella en un beso que no era una pregunta, sino una exigencia. Un beso que sabía a despedida y a bienvenida, a miedo y a posesión absoluta.

—Dmitry… —jadeó Camilla entre sus labios, pero su protesta se ahogó en un gemido cuando sus manos descendieron por su cuello, sus hombros, para agarrar la fina tela de su camisón y rasgarla con un sonido seco que resonó en la quietud.

—Mía —gruñó él contra su piel, exponiendo su cuerpo gloriosamente cambiado a la luz de la luna. —Antes de que todo cambie. Antes de que ella esté aquí y te lleve una parte de ti que nunca podré tocar de la misma manera. Esta noche eres solo mía.

No hubo preludios suaves, ni la ternura cuidadosa de las últimas semanas. Fue un asalto sensual, un intento desesperado de Dmitry por marcar su territorio, por grabar en la piel de ambos el recuerdo de cuando solo eran ellos, amantes, obsesionados, dueños el uno del otro. La levantó en sus brazos —un gesto que hacía con una facilidad que siempre la sorprendía— y la depositó sobre la cama.

Su boca fue implacable. Besó, mordió, succionó cada centímetro de su piel, como un hombre hambriento saboreando su último festín. Se detuvo en sus senos, sensibles y goteantes, y la hizo gritar con una mezcla de dolor y placer tan intensa que le nubló la vista. Sus manos, grandes y callosas, recorrieron las monumentales curvas de su vientre con una reverencia brutal, antes de bajar, abriendo sus piernas.

—Dime que eres mía —ordenó, su voz un ronquero cargado de deseo y algo más oscuro, más desesperado. —Solo mía.

—Tuya —susurró Camilla, perdida en la tormenta de sensaciones, su propio cuerpo respondiendo a la urgencia de él con una entrega total. Era inútil luchar contra esta fuerza de la naturaleza que era Dmitry Petrov, y en el fondo, no quería hacerlo. En la crudeza de su posesión, encontraba una verdad irrefutable: eran dos partes de un todo distorsionado y peligroso, y nada, ni siquiera su hija, cambiaría eso.

Él la penetró con un empuje profundo que le arrancó un grito ahogado. El placer fue inmediato y abrumador, un calor familiar y electrizante que se propagó desde su centro. Dmitry estableció un ritmo implacable, cada embestida una reafirmación, un juramento físico. Sus ojos, negros como la tinta en la oscuridad, no se apartaban de los de ella, atrapándola, poseyéndola más allá del acto físico.

—Nadie te tocará así —jadeó, sudor goteando de su frente sobre su pecho. —Nadie te conocerá así. Este cuerpo, este placer, este… alma que me entregas… es solo mío. Para siempre.

Camilla no podía hablar. Solo podía aferrarse a él, sus uñas clavándose en su espalda, sus caderas arqueándose para encontrarlo en cada movimiento. El orgasmo, cuando llegó, fue una explosión cataclísmica que borró todo pensamiento, todo miedo, dejando solo una sensación de unidad violenta y perfecta. Dmitry la siguió con un rugido sofocado, derramándose en ella con una intensidad que parecía querer impregnar su esencia en la de ella para siempre.

Después, permanecieron entrelazados, jadeando, el sudor mezclándose sobre sus pieles. Dmitry no se separó. La mantuvo bajo él, su peso un ancla, su brazo alrededor de su vientre. El silencio volvió, pero ahora era diferente, cargado de la tormenta que acababa de pasar.

Fue entonces, en la calma posterior al frenesí, cuando Camilla sintió el primer pellizco.

Un dolor sordo, profundo, diferente a cualquier cosa que hubiera sentido antes. No en el lugar donde Dmitry aún estaba unido a ella, sino más bajo, en lo más profundo de su pelvis. Un dolor que se tensó, se mantuvo unos segundos… y luego se desvaneció.

Contuvo el aliento. ¿Fue solo un calambre? ¿Un efecto de…?

Dmitry, sensible a cada cambio en su cuerpo, la sintió ponerse rígida. —¿Qué pasa? —murmuró, su voz ronca por el sexo y el esfuerzo.

—Nada —susurró ella, tratando de calmarse. —Un calambre. Del… del esfuerzo.

Él no pareció convencido, pero se movió a su lado, manteniendo un brazo sobre ella. Camilla cerró los ojos, intentando dormir. Pero cuarenta minutos después, el dolor regresó. Más fuerte esta vez. Una presión firme que apretaba su bajo vientre como un puño gigante e invisible. Aguanto la respiración, contando mentalmente. Duró casi un minuto.

Dios mío.

—Dmitry —dijo, su voz temblorosa en la oscuridad.

Él estaba instantáneamente alerta. —¿Qué?

—Creo… creo que son contracciones.

El aire se salió del dormitorio. Dmitry se sentó en la cama de un salto, encendiendo la lámpara de noche. Su rostro, momentos antes relajado por la saciedad, era ahora una máscara de pánico controlado.

—¿Estás segura? ¿Cómo de seguidas?

—No… no estoy segura de nada —dijo Camilla, incorporándose con dificultad. Una nueva oleada de presión comenzó a formarse, y esta vez un gemido le escapó de los labios. Se agarró al borde del colchón, los nudillos blancos.

Eso fue todo lo que Dmitry necesitó ver. El Pakhan desapareció, y en su lugar apareció un hombre impulsado por un instinto más antiguo que cualquier estrategia. Saltó de la cama, se puso los pantalones a toda prisa.




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