"El PrÍncipe De NÁpoles"

Capítulo 24: El Regreso al Nido

El regreso al ático no fue un viaje, fue una operación militar. Dos coches blindados, rutas alternativas, y un equipo de cuatro hombres adicionales custodiando el perímetro del edificio. Dmitry llevaba a Anastasia envuelta en un suave arrullo de cachemira blanca, tan pequeña que casi desaparecía en la curva de su brazo, pero sostenida con una rigidez que delataba su terror a romperla. Camilla, apoyada en Iván, caminaba lentamente, su cuerpo aún dolorido y agotado, pero con una luz serena en los ojos que nada podía opacar.

Al cruzar el umbral del ático, una extraña quietud los recibió. No era el silencio habitual, sino una expectación contenida. Y entonces, de detrás de Iván, apareció Misha. El niño estaba inusualmente limpio y ordenado, con su mejor camisa, y sostenía a Mishka el oso con una mano y un dibujo arrugado con la otra. Sus ojos, grandes y azules, estaban fijos en el bulto blanco en brazos de Dmitry.

—¿Es ella? —susurró, como si hablara en una biblioteca.

Dmitry, que normalmente habría dado una orden o un gruñido, se quedó quieto. Luego, con una lentitud que era casi reverencial, se arrodilló para quedar a la altura del niño. —Sí, Misha. Esta es Anastasia. Tu prima.

Misha se acercó, conteniendo la respiración. Camilla se liberó suavemente de Iván y se acercó también, poniendo una mano en el hombro del niño. —¿Quieres verla?

El niño asintió, incapaz de hablar. Dmitry, con movimientos torpes pero cuidadosos, aflojó el arrullo justo lo suficiente para mostrar el rostro diminuto de la bebé, dormida, con un gorro de lana que le cubría la cabeza.

Misha miró, su expresión pasando de la curiosidad a la incredulidad, luego a una ternura absoluta. —Es muy pequeña —dijo finalmente, su voz llena de asombro. —Más pequeña que mi muñeco.

—Sí —dijo Camilla, sonriendo—. Pero ya tiene tu fuerza. Mira cómo aprieta los puñitos.

Misha extendió un dedo, dudando, y Anastasia, en sueños, lo agarró con su mano minúscula. El niño contuvo el aliento, sus ojos iluminándose. —¡Me está agarrando!

Dmitry observaba la interacción, una guerra de emociones en su rostro: la necesidad de proteger a su hija de cualquier contacto, incluso inocente, contra la comprensión de que este niño era parte de su clan ahora, y que este vínculo era también una forma de protección.

—Eres el primero en darle la bienvenida en casa, Misha —dijo Dmitry, su voz inusualmente suave. —Has cumplido bien tu deber como guardián del hogar.

El pecho del niño se infló de orgullo. Soltó su dedo con cuidado y ofreció el dibujo arrugado. —Es para ella. Un mapa del ático, para que no se pierda.

Camilla tomó el dibujo, con los ojos llenos de lágrimas. —Es perfecto. Lo pondremos en su cuna.

La primera noche en casa fue un caos de nueva rutina. Los llantos de Anastasia, suaves pero insistentes, resonaban en la acústica perfecta del ático. Camilla, exhausta, amamantaba a la bebé en la cama, mientras Dmitry permanecía de pie junto a la puerta, como un centinela, observando cada movimiento, cada cambio en la expresión de la bebé, como si pudiera descifrar una amenaza en su cara.

—Dmitry, tienes que dormir —dijo Camilla, con la voz ronca de cansancio.

—No puedo —respondió él, sin apartar los ojos de Anastasia. —¿Y si deja de respirar? ¿Y si tiene frío? ¿Y si…?

—Dmitry —lo interrumpió ella, con firmeza suave—. Ella está bien. El médico dijo que está perfecta. Ven aquí.

Él dudó, luego, como un hombre caminando sobre hielo fino, se acercó a la cama. Se sentó en el borde, su cuerpo enorme y tenso junto al de ellas. Camilla, terminada la toma, le pasó a la bebé, ya dormida.

—Tómala. Sostenla un rato.

Dmitry palideció visiblemente. —No… no sé cómo.

—Sí sabes. Solo… relájate. Deja que tu brazo le dé apoyo a su cabeza.

Con manos que temblaban levemente, Dmitry tomó a su hija. La sensación del pequeño cuerpo, cálido y ligero como una pluma, contra su pecho, fue una revelación. Se quedó inmóvil, mirándola, su respiración haciéndose más lenta para no perturbarla. En sus ojos grises, acostumbrados a calcular riesgos y ver enemigos, solo había ahora un asombro absoluto, una vulnerabilidad que Camilla nunca había visto.

—Es como sostener un corazón latiendo fuera de tu cuerpo —murmuró él, casi para sí mismo.

Camilla sonrió, recostándose en las almohadas. —Eso es exactamente lo que es.

Horas más tarde, Dmitry seguía despierto, sentado en un sillón junto a la cuna de Ana (que había sido instalada en su dormitorio, contra todas las recomendaciones de los libros que Camilla había leído). La vigilaba. Iván, que se había turnado para vigilar la puerta, entró en silencio y se detuvo a su lado. Los dos hombres, los dos guerreros, miraron a la bebé dormida.

—Es más difícil que cualquier objetivo —dijo Iván en voz baja, inusualmente comunicativo. —No puedes negociar con ella. No puedes anticipar sus movimientos.

—No —asintió Dmitry—. Solo puedes estar ahí. Y protegerla de todo. —Hizo una pausa. —He dado órdenes. Nadie, absolutamente nadie, entra o sale de este piso sin tu autorización directa o la mía. Los suministros se dejan en la puerta de servicio y son escaneados. El aire… he contratado a un especialista para analizar el sistema de filtrado cada doce horas.

Iván asintió. Era paranoia elevada al nivel de arte. Pero entendía. Misha dormía a pocos metros, en la habitación contigua. Él también sentiría lo mismo si su hijo fuera un bebé indefenso.

—Ella lo cambiará todo —dijo Iván, no como una pregunta, sino como un hecho.

—Ya lo ha hecho —respondió Dmitry, su mirada suavizándose al ver a Anastasia hacer un pequeño ruido con los labios en sueños. —Lo ha cambiado todo.

En los días siguientes, el ático se transformó en un mundo en miniatura que giraba alrededor de la bebé. Misha se convirtió en un asistente entusiasta, pasando pañales limpios (aunque a veces se le caían), cantándole canciones en un italiano- ruso inventado, y reportando solemnemente a Dmitry cualquier sonido o movimiento que considerara "sospechoso".




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