—No te alejes —murmuro Lucien mientras limpiaba la sangre seca de su pesada armadura—. Somos la única esperanza para nuestro pueblo.
Kael se adelantó sin dudarlo, colocando su cuerpo como primera línea de defensa, dispuesto a apaciguar al enemigo incluso con su propia vida.
—Concéntrate en mantenerte con vida —respondió con firmeza—. Cubriré tu delantera.
Lucien frunció el ceño al escucharlo. Estaba confundido… y, en el fondo, molesto. No comprendía por qué Kael se empeñaba tanto en protegerlo, por qué parecía importar tanto su bienestar.
—No es tu deber protegerme —dijo con aspereza—. Y nunca lo será.
Kael apretó los puños, la rabia le quemaba las venas, quería acabar con el enemigo de un solo golpe, borrar todo aquello que amenazaba a Lucien.
—Lo es.
Ella se lo había pedido y él había jurado cumplir esa promesa. Aunque le ardiera lo más profundo del alma, aunque cada latido le recordara que su más grande amor le había pedido que cuidara… a su esposo.
El campo de batalla estaba teñido de rojo. Gritos, lamentos y sonidos nauseabundos se mezclaban con el choque del metal y La muerte danzaba entre los cuerpos caídos. Entonces, de pronto, el aire cambió.
El viento rugió con una fuerza infernal, como un mal presagio. Como algo dando una pequeña pista de que la muerte se llevarías a todos.
—¿Sienten eso…? —susurró uno de los soldados con la voz temblorosa—. Esto no es normal.
Kael levantó la mirada y un peso helado se instaló en su pecho al observar a sus compatriotas. Ellos solo peleaban para salvar a sus familias y preservar el honor de su imperio.
—¡Es ella! —gritó alguien con terror—. ¡La princesa de Blein!
Aurelia avanzó entre los cuerpos inertes como si ejecutara una danza carmesí, sus pasos eran firmes, elegantes, mortales. La lanza brillaba con un resplandor cruel mientras sus ojos dorados se clavaban en Lucien.
—Tú —escupió con una voz cargada de furia—. A quien debí haber matado hace mucho tiempo.
Lucien tensó el cuerpo, su mente solo encontró refugio en la imagen de su amada esposa.
—Kael… corre.
—No me moveré.
Aurelia carcajeó, como si hubiera escuchado el chiste más grandioso de su vida, asustando aun mas a los temerosos soldados.
—¿Crees que puedes protegerlo? —se burló—. ¿Tú? Un miserable príncipe.
La lanza surcó el aire con una potencia devastadora.
—¡Lucien, abajo! —bramó Kael, con el rostro pálido.
No hubo tiempo para pensar, no existieron opciones. Kael solo tuvo una solución: entregar su vida. El impacto fue seco, brutal, inhumano, varios soldados vomitaron ante la escena.
—¿Por qué…? —susurró Aurelia, perpleja.
Kael cayó de rodillas jadeando intentando tomar aire, mientras la sangre empapaba el árido suelo bajo su cuerpo.
—Mi vida… —murmuró apenas—. No tiene sentido… sin cumplirlo.
Lucien lo sostuvo, negándose a aceptar lo inevitable. No quería que el único amigo que había estado con el… muriera.
—No —jadeó—. Te lo prohíbo. No te atrevas a morir.
Kael intentó enfocar la mirada por última vez.
—Por favor… —suplicó—. Protege a Elyana.
Su cuerpo quedó inerte y frío, su alma fue llevaba por Dios al campo del descanso.
—¡KAEL! —clamó Lucien.
El dolor lo atravesó como si cada hueso se quebrara en mil pedazos, le dolia el alma.
—Te lo juro —susurró entre dientes—. Tu muerte no será en vano, no importara el costo. Te vengare.
Lucien se puso de pie, consumido por algo más oscuro que el dolor: sed de sangre.
—¡AURELIA!
La furia reemplazó al miedo y un ágil movimiento derribó a la confusa asesina, el combate terminó poco después y Aurelia cayó.
La guerra terminó, aquella sangrienta batalla había concluido.
—¡Hemos ganado! —gritaban—. ¡Hemos ganado!
Pero Kael no escuchó y nunca lo haría.
Regresaron al imperio entre vítores, banquetes, música y celebraciones.
—¡Por la victoria! —brindaban.
Con manos temblorosas cerré el libro, otra vez. El golpe seco de la portada resonó en la habitación vacía como un dictamen.
—No… —susurré—. Si lo leo otra vez… si vuelvo a leerlo… regresarás, ¿verdad?
El silencio fue mi única respuesta, apreté el libro contra mi pecho, como si así pudiera obligarlo a vivir de nuevo. Como si entre esas páginas aún respirara mi Gatito.
—Maldición… —mi voz se quebró—. ¿Qué clase de final es este? ¿Qué clase de demonio escribió algo así?
Mis dedos ensangrentados recorrieron la portada con desesperación, raspando el relieve del título: El príncipe maldito.
—Tú solo querías que te amaran, Kael... solo eso.