El príncipe maldito

Capítulo 2

El mundo entero se sumió en un angustiante silencio profundo que parecía extenderse inmensamente, no traía dolor ni consuelo, simplemente estaba ahí.

—¡Hola! —intente gritar, pero ningún sonido salía de mí.

No sabía si estaba respirando, o incluso si tenía cuerpo. Solo flotaba en el vacío acompañada de un calma agonizantes e incómoda.

De repente sentí un golpe o mejor dicho un tirón, como si me arrancaran de aquella paz que me alteraba. Como cuando el que se hacía llamar mi padre me jalaba.

—¡Bua, bua! —quise gritar, pero lo que salió fue un llanto de un… bebé, un sonido totalmente desconocido. Quizás alguien a mi alrededor tenia a un bebé y lo confundí como mío.

Finalmente abrí los ojos con dificultad, pero hacerlo me tomó mucha fuerza, como si fuera la primera vez que veía la luminosidad del mundo.

Todo parecía colosal, demasiado grande y extravagante. Las formas y colores eran abrumadoras, eran deslumbrantes.

Intenté moverme, quise extender los brazos, pero estos parecían estar hecho de piedra, estaban horrorosamente pesados e inútiles. No respondían ante mis suplicas de moverlos.

Cuando logré verlos con claridad, lo que vi me helo la sangre: estaban diferentes, eran pequeñas con dedos diminutos, delgadas y torpes.

—¡Heh!

No, no, por favor no.

Intente hablar, desesperada ansiaba peguntar: ¿Qué pasó?, ¿Dónde estaba?

—¡Huh-huh!

Definitivamente ese sonido provenía de mi… el sonido de un bebé lo hacía yo. Era un sollozo de un bebé, ese sonido escapo de mis labios antes de que pudiera detenerlo y la realidad comenzó a asfixiarme.

El terror me invadió, no sabía dónde estaba, no podía hablar, ni sentarme. No podía hacer nada, esto era una pesadilla, necesitaba levantarme y caminar, para matar la mortificación, pero no podía ni mover a voluntad los brazos, esto era una locura. Mi cuerpo era una mazmorra impenetrable.

—¡Hi-hi-hi!

Entonces empezaron unas voces, mi cuerpo se sacudió del miedo, ya que eran léxicos que nunca en mi vida había escuchado e incluso tenían una extraña forma de pronunciar las palabras.

Tenían unas entonaciones muy peculiares, aunque eran cálidas, pero eso no me importó mucho, lo que si me afecto fueron los extrañas que eran, junto a los espeluznantes sonidos que hacían.

Sentía una mezcla horrible de miedo y desconfianza por lo que se avecinaba, aunque guardaba una pizca de esperanza de que ellos me ayudaran. Sin embargo, era más grande la posibilidad de que quisieran dañarme.

No quería recibir golpes… de nuevo, estaba cansada y me dolía todo el cuerpo, y si me golpeaban me dolería más.

—Esta despierta…

—Mírala —prosiguió otra voz aún más emocionada—. Es idéntica a ti, mi cielo.

Un rostro apareció sobre mí, un hombre. Su expresión era peculiar…tan intensa que me alarmo. Sus ojos eran de un amarillo brillante que parecían contener el sol en cada orbe, era antinaturalmente hermoso. Me miraba con una mezcla de asombro y devoción, como si mi presencia fuera un milagro.

—Mi hija…—susurró con voz quebrada de la emoción—. Mi hermosa princesa.

Hija…

¿¡HIJA!?

Esa palabra me tomó desprevenida, no encontraba razón para que llamara así. Entonces procese lo otro.

Princesa.

¿¡PRINCESA!?

Estas personas están dementes, no soy su hija. Esto se estaba saliendo del control, esperaba golpes e insultos, pero no extrañas palabras llamándome de esa manera.

Esto me está asustando, como voy a hacer su hija. Mis padres... ya no están conmigo, es imposible. Esto no se parece nada a mi casa, esto es extraño, ni se parece a ningún hospital que haya visitado. Tampoco a la casa de… el que dio un espermatozoide para crearme.

La única respuesta que consigo, es... no, no encuentro algo lógico para esta situación. La ansiedad que siento es completamente real, así que solo tengo dos opciones: creer que estoy loca o caí en un coma y ahora mi mente está jugando con toda la fantasía que leí. O tal vez me secuestraron y me drogaron tanto que ahora… perdí la cabeza.

—¡Neh!

Quiero vomitar de tanta presión que siento, esto… se estaba saliendo de mis manos, pero sin darme tiempo para caer en desesperación.

Otro rostro apareció, una mujer preciosa. Una mujer de cabello rojo como el fuego y como el atardecer, piel pálida y expresión suave. Cuando me tomó en brazos, un escalofrío me recorrió, y un sentimiento extraño de calma me inundo. Fue una calma desconcertante, un instinto de paz que parecía nacer dentro de mi mientras ella tarareaba dulcemente.

Intente rechazar y alejarme de esa calma. Mi mente gritaba que ella no es mi madre, pero mi cuerpo decidió ignorar el peso de la intranquilidad. Él se aferró a esa calma como si fuera lo único que le quedaba.

Me recordaba a cuando mamá me recibía de mis estudios. Siempre obtenía un beso como recompensa… lamentablemente en ese momento lo entendí, una verdad radical se instaló en mi: esta no era mi vida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.