Un roce tibio me arrancó del sueño, pequeñas caricias, constantes y cuidadosas, recorren mi frente y mis mejillas. Un par de manos suaves —tan delicadas que parecen hechas de luz— envuelven mi cuerpo diminuto con una ternura que me resulta extrañamente familiar. Abro los ojos con dificultad, como si el mundo aún no terminara de asentarse en mí.
Lo primero que veo es un rostro hermoso, no, hermoso no es suficiente. Es una belleza despampanante, serena y casi irreal. Su cabello cae como una cascada rojiza sobre sus hombros, y sus ojos… sus ojos son cálidos, profundos de un verde que parece vivo.
—Nuestra preciosa Aurelia —susurra con una sonrisa que me atraviesa mi pequeño pecho—. Crece fuerte, mi hermosa niña.
Siento un beso en la frente, es un gesto simple, pero algo dentro de mí se afloja, como si mi corazón reconociera ese contacto antes incluso de comprenderlo.
Es mi madre, mi mamá.
—Hoy tus hermanos pidieron verte —continúa, acomodándome con cuidado—. Puede que sean bulliciosos, pero son niños amables. Ya lo verás.
Me pierdo en sus ojos, son hipnóticos, casi peligrosos. Hay una belleza extravagante en ellos, una que no se puede ignorar. No solo ella: lo sé con una certeza instintiva. Toda mi familia posee esa misma presencia abrumadora, como si la perfección se hubiera concentrado en este linaje.
Decido intentarlo, intentar amarlos como mi familia. Si mamá lo desea, entonces debe ser lo correcto, ella nunca se ha equivocado, aun me acuerdo que la llamaba bruja en forma de cariño, porque siempre sus predicciones eran verdaderas.
—Su Majestad —interrumpe una voz femenina desde la puerta—. Los príncipes preguntan si pueden ingresar ya.
—Diles que entren —responde mamá sin apartar la mirada de mí.
—Como ordene.
La sirvienta se retira con paso apurado, apenas tiene tiempo de cerrar la puerta cuando esta se abre de golpe.
—¡Madre!
El grito retumba en la habitación antes de que dos figuras entren como auténticos remolinos. Rowan y Caelum irrumpen sin cuidado alguno, arrasando con todo a su paso, un jarrón se tambalea peligrosamente y una silla se desplaza varios centímetros.
—Tranquilos —les reprende mamá con paciencia—. Aurelia puede asustarse por su culpa y si eso sucede no la verán tan seguido.
Ambos se detienen de inmediato. Rowan intercambia una mirada con Caelum y asiente, arrepentido, se acercan despacio, con una curiosidad casi reverente.
—Aurelia, ¿me extrañaste? —pregunta Caelum, inclinándose hacia mí con una sonrisa dulce, llena de expectativa.
—Hola, bebé —dice Rowan, despeinándome con cuidado mientras su risa suave llena el aire.
No puedo responderles, mi cuerpo es pequeño, torpe, incapaz de expresar lo que pienso. Sin embargo, se observar, siempre mis ojos sirvieron más que mi boca.
—¿Sabes? —continúa Caelum, claramente emocionado—. Hoy mi tutor de historia me explicó la relación diplomática entre el Imperio Blein y el Imperio Asterion.
Mi corazón da un vuelco junto al llanto atorado en mi garganta.
Asterion.
Blein.
El aire parece volverse más pesado, dentro de mí algo cruje, como un engranaje oxidado que por fin comienza a girar. Una presión incómoda se instala en mi pecho.
No, no puede ser.
Caelum sigue hablando, ajeno al terremoto que acaba de despertar en mí. Menciona guerras antiguas, tratados frágiles, alianzas que se sostienen con hilos demasiado delgados, cada palabra cae como una gota de agua helada.
Entonces lo dice.
—El príncipe heredero Kael Asterion…
Algo se rompe, lloro y grito. Pataleo con toda la fuerza que este cuerpo infantil me permite, todo encaja.
Cada recuerdo, cada sensación extraña, cada detalle fuera de lugar, hace clic en mi mente. Los engranajes que habían girado sin sentido finalmente se detienen.
He reencarnado en una novela. No en cualquiera, en mi favorita, soy Aurelia, la princesa del Imperio Blein.
La misma que, en la historia original… asesina a Kael y yo que pensaba que estaba en un país remoto.
Mi llanto no encuentra consuelo, nadie entendía por qué de pronto me he vuelto inconsolable. Me mecen, me susurran palabras dulces, prometen que todo está bien, pero mi mente solo se aferra a una verdad cruel, imposible de ignorar.
Estoy destinada a matarlo y ese pensamiento… mató algo dentro de mí.
Los días siguientes se diluyen en una niebla de lágrimas. Llorar y lamentarme se vuelve mi única tarea. Dicen mi nombre una y otra vez, pero para mí es una maldición. Aurelia. El nombre de la asesina de Kael.
Papá manda llamar a numerosos sanadores —así les dicen aquí—. Me examinan con cuidado, murmuran entre ellos, fruncen el ceño, al final todos llegan a la misma conclusión: estoy perfectamente sana.
Nadie puede ver el desastre que llevo por dentro.
En medio de una de esas tantas tardes de cuestionarme la vida, mientras observo el techo adornado con delicados relieves dorados, una idea se abre paso entre mi desesperación.