Ahora si puedo apreciar la belleza que soy, mis rizos rojizos caen en cascada y mis ojos amarillos me recuerdan a los ojos penetrantes de los gatos.
—Soy preciosa —sonrió admirando mi aspecto en el espejo deslumbrante.
Han pasado dos años desde que desperté en este mundo, dos años desde que abrí los ojos en un cuerpo que no reconocía y con recuerdos que nadie más comparte. Aprendí a caminar con pasos torpes, a sostenerme de muebles demasiado grandes para mis pequeñas manos. Aprendí a hablar… aunque de mis labios aún escapan balbuceos suaves, sonidos infantiles que no alcanzan a expresar todo lo que pienso.
Cada día es una contradicción: mi mente avanza con claridad, pero mi voz tropieza como la de cualquier bebé. Me frustra caerme o cansarme tanto que a veces caigo dormida sin quererlo.
También aprendí a llamar “papá” y “mamá” a dos completos desconocidos. Al principio esas palabras se sentían prestadas, casi como una mentira repetida demasiadas veces, pero ellos me miraban con una ternura tan auténtica que algo en mi pecho empezaba a ceder. Sus manos me sostuvieron cuando caía, su paciencia me acompañó en cada tropiezo, y poco a poco esas palabras dejaron de ser ajenas. Ahora, cuando los llamo, ya no suenan vacías, se sienten cálidas y reales.
Mi padre me miraba como si yo fuera un tesoro demasiado valioso, me llamaba su pequeña joya. Al principio fue difícil acostumbrarme a sus muestras de cariño, ya que no sabía cómo reaccionar ante tanto afecto.
En mi vida anterior, mi madre murió cuando yo tenía once años. Una enfermedad cardíaca incurable se la llevó demasiado pronto y mi padre… simplemente me abandonó. Formó otra familia, me dejó atrás como si fuera un objeto defectuoso.
Tengo miedo de que mi nueva familia me abandone. Por eso me ha costado tanto aceptar el cariño desbordante de estas personas, me asustaba… y aún me asusta. Sigo teniendo miedo de lo que me espera en el futuro, espero no morir tan pronto.
Entonces el mundo volvió a azotarme justo en mi punto más débil.
Mi madre cayó enferma hace unos meses, antes de que yo cumpliera dos años. Duele, porque ella me amaba, extraño sus caricias, hecho de menos los días de picnic con toda la familia.
Al principio solo fueron mareos, cansancio extremo, noches en vela. Luego vinieron los sanadores, los susurros de que la emperatriz pronto dejaría este mundo, el olor a medicamentos y hierbas.
Pasé horas sentada junto a su cama, observando cómo su respiración se volvía cada vez más errática, el miedo me desbordaba cada noche. El miedo a perder a mi madre… otra vez.
Hoy ya han pasado diez meses desde que mamá entró en un estado de coma.
Papá y mis hermanos me visitan todos los días. En especial Caelum, Rowan, en cambio, se ha tornado muy grosero conmigo, pues algunos chismes dicen que yo estoy matando a mi madre.
Caelum siempre es amable conmigo. Él es mi favorito.
Estoy de camino a la habitación de mamá cuando, antes de entrar, veo la puerta entreabierta. Distingo a mi padre y a mis hermanos, Rowan dice algo que no logro entender, así que me acerco un poco más.
—Esa maldita niña está matando a mi preciada madre. La mataré. Si vuelve a acercarse a mamá, la mataré.
Mi corazón se detiene, sabía que era demasiado bueno para ser verdad… que realmente me quisieran.
Tropiezo por el temblor y las ganas de vomitar, el pavor me hace caer al suelo, pero me incorporo rápidamente. No quiero morir a manos de mi propia familia.
Todo da vueltas.
Creí que me amaban. Creí que me querían.
Comienzo a caminar por los enormes pasillos con pasos lentos, el mármol frío resuena bajo mis zapatos pequeños, demasiado ruidoso, demasiado expuesto. Me cuesta respirar, como si el aire se volviera más denso a cada paso.
—Princesa, ¿se encuentra bien? —pregunta una sirvienta, agachándose a mi altura. Su voz es suave, pero sus ojos me examinan con demasiada atención—. Señorita Aurelia, no se ve bien. Permítame acompañarla a su habitación.
La ignoro. No puedo permitir que nadie me detenga ahora, intento avanzar más rápido, pero este cuerpo inútil protesta enseguida. Las piernas me tiemblan, el pecho arde, y debo apoyarme en una escultura de piedra para recuperar el aliento. El mármol está frío contra mi palma, firme… estable.
No quiero que me encuentren.
Reúno las pocas fuerzas que me quedan y acelero el paso, torpe pero decidida, hasta que las puertas se abren ante mí y el aire cambia. El aroma de las flores me envuelve.
El jardín, nuestro jardín. El de mamá y mío.
El aroma de las flores debería ser reconfortante, pero apenas roza mi nariz algo dentro de mí se quiebra y las lágrimas brotan sin permiso.
—Mamá, te extraño… Mis hermanos no me quieren —sollozo, cayendo de rodillas.
La hierba arde entre mis dedos.
—¡Encuéntrenla! ¡Encuentren a su alteza, la princesa!
El corazón me da un vuelco, me limpio las mejillas con torpeza y vuelvo a correr, jadeando, apartando ramas demasiado grandes para mis brazos pequeños mientras me interno en el bosque.