—¿Cuántos emperadores vendrán? ¿Todos son aliados? —pregunté, moviendo los pies de arriba hacia abajo sobre el escritorio de papá, sin dejar de balancearlos con impaciencia mientras observaba los mapas y documentos extendidos frente a él.
Los documentos extendidos crujían cada vez que mi talón rozaba el borde, pero él parecía demasiado concentrado como para regañarme.
—No es necesario saberlo, mi Solecito —respondió con esa calma que usaba solo con su familia.
—Quiero saberlo —insistí, tomando el sello imperial entre mis manos y girándolo con curiosidad.
Papá suspiró apenas, como si debatiera cuánto decirme.
—Pues… todos los que vienen son aliados, pero algunas son alianzas muy frágiles, demasiado para ser sincero —añadió al final, bajando la voz.
Estaba preguntándole a papá sobre los preparativos para mi celebración de cuatro años. Bueno, más bien eran dudas sueltas que no dejaban de zumbar en mi cabeza, porque mi cumpleaños era hoy, no era una fiesta cualquiera, ni un simple banquete con música y flores adornando el palacio.
En este mundo cumplir cuatro años es algo memorable, es el momento en que los espíritus y la magia toman conciencia de tu existencia en este enorme y antiguo mundo, es cuando, según dicen deciden si te mirarán con favor o si permanecerán distantes.
Estaba emocionada porque al fin, conocería a Kael, padre ordenó una celebración como nunca antes se había visto, las malas lenguas decían que incluso superaba a la celebración del príncipe heredero.
Estaba nerviosa, porque por primera vez me presentaría ante la nobleza. Me había preparado, pero no me sentía lista para que corrieran chismes sobre mí, no estaba lista para escuchar chismes de mi otra vez.
El palacio fue llenado de flores coloridas, música en vivo y protocolos a seguir. La nobleza entera acudió, junto con emperadores de imperios cercanos, pedí que así se hiciese, ya que era la única forma para poder ver a mi Favorito.
Me colocaron un vestido claro, casi blanco y muy suave al tacto, con delicados bordes rosados que recorren la falda junto a un enorme lazo atado a mi espalda y unas medias claras me cubren las piernas y los zapatos rosados creaban sonidos extraños pero cómodos, cada paso me recordaba mi edad en este cuerpo.
—Sus Majestades junto a su alteza la princesa Aurelia Bleinar —Anuncia el sirviente con voz potente.
Todos nos reverencian, bueno, la mayoría. Ya que entre emperadores no se reverencian, voy de la mano de mis papás, ya que el emperador no quería que me apartara ni un segundo.
Mis hermanos ya estaban en el banquete, recibiendo y saludando a los altos cargos. Era su deber, el deber del heredero y del segundo hijo, nos guiaron hacía unos tronos, hechos de... oro.
Esta gente no se cansaba de presumir su riqueza.
“…”
Mi trono está en medio del de mis padres, ocupando un lugar que se siente tan importante como intimidante, con paso rápido, casi ansioso, me acerco y pruebo el extravagante asiento que han preparado para mí, me acomodo con cuidado, pasando la mano por los reposabrazos tallados con detalles minuciosos, es muy cómodo, más de lo que imaginaba, pero las partes de oro están súper heladas.
—Solecito, ¿te gustó tu trono? —pregunta papá, observándome con una sonrisa llena de orgullo.
—Es súper extravagante —respondo, todavía recorriendo cada detalle con la mirada, intentando asimilar que ese lugar ahora también me pertenece.
Me resulta un poco abrumador ser alguien de la alta sociedad, es algo ilógico que una simple mortal como yo ahora sea una princesa.
—Solo porque era para ti.
Papá me sostiene la mirada y sonríe, le devuelvo la sonrisa, pero fijo mi vista en el precioso salón, parece sacado de un libro. Bueno, aunque lo es.
Candelabros que cuelgan del techo infinito, derramando destellos dorados que caen lentamente como si el aire mismo estuviera hecho de pequeñas motas de oro, cada cristal refleja otro, y otro más.
Abajo, la música envuelve todo, violines, pasos medidos y risas suaves. Las parejas giran sobre el suelo brillante, vestidos amplios que se abren hermosamente, todos se mueven tan en… armonía, todos saben cómo comportarse bajo la mirada imperial. Era una vista… atrayente.
—Rayito. Si te cansas dile a papá, porque en poco comenzara lo tedioso y las felicitaciones —dice papá con una mirada helada.
Solo le doy un asentimiento, el momento que he estado esperando, al fin había llegado. Tantas horas y días de súplica, al fin darían fruto.
—Anunciando al Duque y la Duquesa Winter.
Veo acercarse a la pareja, se ven... raros, pero tranquilos. Los veo doblar las rodillas de manera elegante inclinarse ante mí.
—Felicitamos a su alteza la princesa Aurelia, esperamos que nuestro presente le agrade.
Sus saludos parecen... vacíos, perfectamente ensayados. No causan nada, ni una pequeña emoción, solo quiero que se vayan rápido para ver a mi Gatito.
—Gracias, por sus felicitaciones y su presente —dije esbozando una sonrisa fingida.