—Kael, ¿quieres mermelada? —pregunté, notando cómo observaba fijamente mi pan cubierto de dulce rojo.
Sus orejas se tornaron rosadas al instante.
—No… no quiero —susurró, aunque su mirada no se apartaba del pan.
Pobrecito.
Seguro pensaba que lo juzgaría por ser glotón. Como si eso pudiera hacerme quererlo menos.
—Entiendo… —respondí, partiendo un pequeño trozo y llevándolo a mi boca con exagerada lentitud solo para provocarlo un poco.
Las familias reales permanecerían en el castillo durante un día después del banquete, por asuntos diplomáticos. Sin embargo, el emperador Azaciel Asterion, padre de Kael, decidió marcharse temprano, dejando a su hijo como su representante.
Claro que se fue por ella. La emperatriz Margaret Asterion estaba gravemente enferma, en este punto de la historia aún no había fallecido… y eso significaba que todavía podía salvarla.
Pero debía ser cuidadosa, nadie debía sospechar que yo sabía demasiado.
—Mi pequeña, cada miembro de la familia debe acompañar a los visitantes —dijo mamá al entrar en la habitación donde Kael y yo desayunábamos.
Kael dio un salto tan brusco que casi derriba la lámpara del techo.
—¿Tengo que acompañar a alguien? —pregunté, mirándola con cautela, no quería separarme de él, pero si era una obligación…
Mamá se detuvo al notar su presencia.
—Un placer verlo nuevamente, príncipe —saludó con elegancia.
—El placer es mío, emperatriz —respondió Kael, inclinándose profundamente ante Seraphine Bleinard.
—Tranquilo pequeño, esta es tu casa.
Kael parpadeó, sorprendido.
—Y respecto a tu pregunta, mi niña… —continuó mamá—. Ya que estás con su alteza, acompáñalo a él.
Me dio unas palmaditas suaves en la cabeza.
—Además… vi que te gusta —susurró en mi oído.
Me aparté de golpe.
—¡Ma-mamá! —grité, sintiendo cómo el rostro me ardía.
Ella solo rio, divertida, y se fue sin despedirse. Ella me conocía demasiado bien, y me avergonzaba que supiera.
Nos quedamos en silencio, uno incómodo y espeso.
—Kael…
—Aurelia…
Hablamos al mismo tiempo.
—Empieza tú.
—No, tú primero.
—Por favor… tú —pedí, aterrada de que hubiera escuchado lo que dijo mamá.
Por favor, que no lo haya escuchado.
Por favor.
—Quería preguntarle… si desea compartir cartas conmigo —murmuró, mirando cualquier cosa menos a mí.
“…”
Él quería pasar más tiempo conmigo, no había escuchado nada.
—¡Sí! —exclamé sin pensar—. ¡Sí quiero!
Kael dio un pequeño respingo.
—Qué bueno… que sí quiera —dijo finalmente, mirándome.
Mi favorito acababa de invitarme a algo e iba a explotar de felicidad.
—¿Y usted qué deseaba decirme? —preguntó con curiosidad.
—Eh… yo…
Demonios, Aurelia, habla de una vez.
—No creo que su alteza acepte lo que voy a pedir —dije apretando mis manos—. Pero me arriesgaré.
Respiré hondo.
—¡Seamos amigos!
Se me escapó casi como un chillido.
—¿Amigos? —repitió, acercándose un poco.
Mi corazón iba a salirse del pecho.
—Si usted no quiere… está bien.
—Sí quiero —respondió rápido—. Pensé que usted no querría ser mi amiga.
¿Cómo no querría?
—Siempre querré estar cerca de usted —le dije con sinceridad.
—Gracias… —murmuró, metiendo las manos en los bolsillos.
—Kael, ¿te gustaría conocer mi biblioteca? —pregunté—. Es mi lugar favorito.
—Si usted así lo desea.
Tomé su mano sin pensarlo. Él se tensó, pero no la retiró.
Atravesamos pasillos repletos de nobles, hasta llegar a una enorme puerta con incrustaciones de rubíes.
—Bienvenido al mundo de Aurelia.
—Es… enorme —susurró.
—Nadie puede entrar sin mi permiso —le expliqué—. Solo tú.
Sus ojos brillaron.
Pasamos horas leyendo, aunque yo fingía concentrarme, pero en realidad lo observaba. Cada gesto y cada respiración.
Cuando se quedó dormido, me acerqué en silencio.
—Te prometo que te salvaré —susurré—. Incluso si tengo que desafiar al destino.
Le di un beso casto en la coronilla. Más tarde, al despertarlo para comer, me regaló una sonrisa somnolienta que casi me mata.