El príncipe maldito

Capítulo 8

Cinco días después del ataque, por fin llegamos al Imperio Asterion. Mi primera reacción fue un susurro ahogado.

Wow.

El lugar era… increíble. Estatuas de oro se alzaban a ambos lados del camino, tan pulidas que reflejaban la luz como si el sol viviera atrapado en ellas, las casas eran majestuosas, elegantes, perfectas. Todo estaba en orden, demasiado en orden.

Pero lo que realmente capturó mi atención fue el puente, al cruzarlo, me incliné levemente para mirar hacia abajo. El agua era tan cristalina que podía ver el fondo, y a los lados crecían árboles frutales cargados de color y vida. El aire olía dulce, casi engaños, era una vista hermosa… peligrosa por lo perfecta que parecía.

—Este puente tiene una historia detrás —dijo Rowan, rompiendo el silencio mientras observaba el agua—. Pero lo más impresionante no es eso… es su nombre. Se llama El Conspirador.

Mi respiración se detuvo un segundo.

—Increíble… —murmuré.

Mi corazón dio un vuelco, este era el lugar. El lugar donde Kael y Elyana tuvieron su única cita en la novela. Verlo con mis propios ojos despertó en mí una sensación agria, difícil de definir. No sabía si sentirme feliz por estar ahí… o desanimada por lo que ese lugar representaba.

Una parte de mí quería huir y otra, quería quedarse y memorizar cada detalle. Era egoísta, lo sabía, egoísta desear que Kael fuera solo mío ya que él no me pertenecía.

Él era de Elyana.

Cuando el carruaje se detuvo frente al castillo, varios guardias se acercaron de inmediato.

—Bájense, necesitamos comprobar a los visitantes —gritó uno de ellos con un tono áspero y un semblante grotesco.

Fruncí el ceño, era absurdo. El emblema de Blein estaba claramente visible, antes de que pudiera decir algo, sentí cómo el aire cambiaba.

Una ráfaga de viento recorrió el carruaje, levantando mi cabello y haciendo vibrar la tela de las cortinas. Caelum estaba furioso, podía sentirlo.

—Caelum Bleinard —dijo con una sonrisa fingida, apretando los puños.

El guardia palideció al instante. Su altivez desapareció como si nunca hubiera existido.

—S-Su alteza… disculpé mi descortesía, no lo reconocí —balbuceó, haciéndose a un lado de inmediato.

Nos dejaron pasar sin más palabras, el castillo Asterion se alzó ante nosotros como una fortaleza tallada en orgullo y silencio.

No era cálido como Blein, era frío, imponente. Perfecto… y hostil.

Las enormes puertas se abrieron lentamente, y el sonido resonó por todo el lugar como una advertencia. Habíamos llegado a un imperio donde los errores no se perdonaban.

Recordé lo que decía el libro: el emperador había perdido la razón desde que su esposa enfermó.

Bajé del carruaje sujetando con fuerza la capa que mamá me había colocado, como si fuera un escudo. Rowan y Caelum avanzaron primero, seguidos por el capitán de la guardia.

—Bienvenidos al Imperio Asterion —dijo el noble de túnica oscura, inclinando apenas la cabeza. Su voz era suave, educada… pero fría como el mármol que nos rodeaba—. El emperador será notificado de inmediato.

Asentí sin responder, si abría la boca, temía que mi voz me traicionara, mi corazón latía demasiado rápido, tan fuerte que me dolía el pecho.

Kael…

¿Dónde estás?

El noble comenzó a caminar y no tuvimos más opción que seguirlo. Sus pasos resonaban secos sobre el suelo pulido, los pasillos parecían no terminar nunca. Mármol negro bajo nuestros pies, columnas altas como árboles petrificados y vitrales rojos que filtraban la luz del exterior, bañándolo todo en un tono carmesí, casi sanguíneo.

El aire era pesado.

Las estatuas alineadas a los lados —figuras de antiguos emperadores, guerreros y criaturas mitológicas— parecían observarnos. Sus ojos de piedra seguían cada movimiento, incluso cuando les dabas la espalda, sentí un escalofrío recorrerme la nuca.

Respira, mantente firme y no pierdas el control.

Entonces lo vi y algo dentro de mí se rompió.

Kael estaba al fondo del corredor, de espaldas a nosotros, acompañado por dos nobles. Vestía ropa formal, demasiado sobria para alguien de su edad: una chaqueta oscura con bordados plateados, impecable, rígida. La tela le quedaba perfecta… pero no le pertenecía no era él.

Su espalda estaba recta, como le habían enseñado, pero sus hombros… estaban caídos, como si el peso del mundo descansara sobre ellos.

—Debes aprender tu lugar —decía uno de los nobles, un hombre de cabello canoso y mandíbula afilada—. No eres un niño común. Eres un engendro del demonio.

—Y mucho menos libre —añadió el otro con desdén.

Kael no respondió y uno de los nobles levantó la mano.

El sonido de la bofetada estalló en el pasillo, seco y cruel. Rebotó contra las paredes de mármol y regresó a nosotros amplificado, luego otra.

Mi sangre hirvió, el impulso de correr, de interponerme, de arrancarles las manos me atravesó como un rayo.

—¡Basta! —grite, aunque más bien un susurro del dolor de mi ver a mi Favorito ser odiado.

Pero mis pies no se movieron, Kael no dijo nada. No se defendió, no levantó la voz. Solo apretó los labios con fuerza, tanto que se tornaron blancos y sus manos estaban cerradas en puños a los costados, los nudillos tensos.

Orgullo.
Dolor.
Resignación.

Todo al mismo tiempo en un enjambre de emociones.

—Mírame cuando te hablo —ordenó el noble.

Kael alzó el rostro despacio, tenía la mejilla enrojecida, pero sus ojos… sus ojos seguían ardiendo de dolor, mas no con lágrimas.

Pero entonces… Como si algo hubiera cambiado en el aire, como si una cuerda invisible se hubiera tensado entre nosotros.

Se fijo en mí y nuestros ojos se encontraron.

Por un segundo no reaccionó, su expresión permaneció vacía, como si no pudiera creer lo que veía. Como si yo fuera una ilusión creada por su desesperación.

Mi garganta se cerró.

Estoy aquí y no estás solo. No necesité decirlo en voz alta.




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