En lo más alto de una imponente montaña se alzaba un antiguo castillo de piedra, rodeado por espesos bosques y protegido por murallas que parecían desafiar el paso de los siglos. Aquel era el hogar de la familia real del reino conocido como Jardín de las Flores, una tierra próspera cuyos campos siempre permanecían cubiertos de color gracias a la paz que había reinado durante décadas bajo el mandato del rey Jacob. Los habitantes pronunciaban su nombre con respeto y gratitud, pues era un soberano justo que había dedicado su vida a proteger a su pueblo y a gobernar con sabiduría.
Aquella noche, sin embargo, la tranquilidad del castillo había desaparecido. Los gritos de dolor de la reina Elizabeth atravesaban los largos corredores de piedra mientras las parteras luchaban por traer una nueva vida al mundo. La joven reina soportaba cada contracción con una fortaleza admirable, aferrándose a la esperanza de conocer al hijo que había esperado durante tantos meses. Detrás de las gruesas puertas del dormitorio real, las doncellas corrían de un lado a otro calentando agua, preparando paños limpios y obedeciendo cada orden de las experimentadas mujeres que asistían el parto.
Mientras tanto, el rey Jacob caminaba de un extremo al otro de su cámara privada sin lograr encontrar un instante de calma. Aún desconocía si el bebé sería un niño o una niña, pero aquello carecía de importancia para él. Lo único que deseaba era volver a abrazar a Elizabeth sana y salva. Cada gemido que escapaba de la habitación hacía que su corazón se estremeciera, sintiendo como propio el sufrimiento de la mujer a la que amaba con toda el alma.
Las horas transcurrieron lentamente hasta que, cuando la madrugada comenzaba a teñir el cielo, un fuerte llanto infantil rompió el silencio. Jacob corrió hacia la alcoba con el corazón desbordado de esperanza. Sin embargo, apenas cruzó el umbral, comprendió que el destino le había arrebatado aquello que más amaba. Sobre la cama descansaba Elizabeth con el rostro sereno y los ojos cerrados para siempre. Había entregado su vida para dar a luz a su hijo.
Un grito desgarrador escapó del pecho del rey. Su lamento se extendió por todo el castillo y descendió hasta los bosques, espantando a las aves que dormían entre las copas de los árboles. Ningún soldado, sirviente o noble se atrevió a interrumpir el dolor de su soberano.
Durante toda la noche permaneció junto al cuerpo de su esposa, sosteniendo su mano ya fría mientras las lágrimas caían sin descanso sobre las sábanas manchadas de sangre. Las parteras habían lavado y arropado al recién nacido, dejándolo bajo el cuidado de las nodrizas que la propia reina había elegido meses atrás. Cuando los primeros rayos del sol iluminaron las torres del castillo, Jacob comprendió que debía despedirse de Elizabeth. Con el corazón hecho pedazos ordenó preparar el cuerpo para darle una sepultura digna de una reina.
Aquella misma tarde, Elizabeth fue enterrada en el mausoleo reservado para la familia real. Todo el reino guardó luto por la mujer que había conquistado el cariño de su pueblo con su bondad y humildad. Tras la ceremonia, Jacob regresó al castillo cabalgando en absoluto silencio. Después de asearse y cambiar sus ropas negras, pidió que llevaran ante él al pequeño heredero.
Cuando tomó al niño entre sus brazos, una tenue luz volvió a encenderse en medio de tanta oscuridad. El bebé tenía los mismos ojos de ella y los mismos rasgos que él, como si Elizabeth hubiera dejado una parte de sí viviendo en aquel pequeño.
—Serás llamado Alejandro —susurró el rey, acariciando con delicadeza su diminuta frente—. Tu nombre significa defensor y protector. Que ese sea también tu destino.
Desde aquel día, Jacob entregó todo su amor a su hijo. Lo educó con los valores que habían hecho grande al reino: la justicia, la compasión y el respeto por los más débiles. Los años transcurrieron con rapidez, y el pequeño heredero se convirtió en un joven de extraordinaria belleza y noble corazón. Su humildad conquistaba a quienes lo conocían, mientras que su valentía inspiraba a los jóvenes del reino, que soñaban con parecerse al príncipe.
Alejandro poseía un carácter bondadoso y generoso. Disfrutaba recorrer los pueblos, conversar con los campesinos y ofrecer ayuda a quienes más lo necesitaban. Había aprendido de su padre que un verdadero rey debía conocer el sufrimiento de su pueblo antes de sentarse en un trono. Muchas jóvenes de familias nobles suspiraban por convertirse algún día en su esposa, pero él jamás había mostrado interés por ninguna. En lo más profundo de su corazón sentía que el destino le tenía reservado un camino distinto, aunque todavía ignoraba cuál era.
Una luminosa mañana decidió abandonar el castillo para recorrer las aldeas cercanas montado en su caballo. Como era su costumbre, llevaba consigo algunas bolsas con monedas de oro destinadas a las familias más necesitadas. Mientras avanzaba por las estrechas calles empedradas del pueblo, entre vendedores, artesanos y campesinos, una figura llamó poderosamente su atención.
Era una joven de extraordinaria belleza. Permanecía de pie en una esquina, vestida con ropas llamativas que dejaban poco lugar a las dudas sobre el oficio al que se dedicaba. Su largo cabello castaño descendía sobre los hombros como una cascada de seda, su piel era delicada y sus ojos poseían una intensidad capaz de detener la respiración de cualquiera que los contemplara.
Alejandro no pudo apartar la vista de ella.
La joven parecía esperar a alguien. Permaneció inmóvil durante varios minutos, completamente ajena a la presencia del príncipe, hasta que un elegante carruaje tirado por cuatro caballos negros se detuvo frente a ella. Un hombre de ropas finas abrió la portezuela y le indicó que subiera. Ella obedeció sin decir una sola palabra.
Una extraña sensación recorrió el pecho de Alejandro. Sin comprender el motivo, sintió un profundo desasosiego al verla marcharse junto a aquel desconocido. Impulsado por una fuerza que ni él mismo podía explicar, ordenó a uno de sus guardias preparar el carruaje real.