Capítulo 2
El príncipe regresó al castillo con la mente completamente ocupada por aquella misteriosa mujer. Ni siquiera el largo baño que tomó al llegar logró apartarla de sus pensamientos. Mientras el agua recorría su cuerpo, el rostro de la joven aparecía una y otra vez en su memoria, acompañado de aquella mirada triste que parecía esconder un dolor imposible de describir. Alejandro comprendió que ya no podía ignorar lo que sentía. Su único deseo era acercarse a ella, conocerla y derribar el muro que había levantado alrededor de su corazón. No buscaba conquistarla con riquezas ni con el poder de la corona; anhelaba que algún día ella pudiera enamorarse del hombre que era, antes que del príncipe que todos admiraban.
Con esa decisión tomada, dejó a un lado sus elegantes ropas de la realeza y vistió prendas humildes, semejantes a las que usaban los campesinos de la villa. Se cubrió con una vieja capa de lana y montó uno de los caballos más sencillos de las caballerizas para no llamar la atención. Quería recorrer el pueblo como un hombre cualquiera, mezclarse entre la gente y permitir que ella lo conociera sin prejuicios.
Al llegar al lugar donde la había visto el día anterior, descubrió que la esquina permanecía vacía. Desmontó del caballo y esperó pacientemente oculto entre unos arbustos cercanos, convencido de que tarde o temprano ella aparecería.
No pasó mucho tiempo antes de que un elegante carruaje se detuviera bruscamente frente a aquel lugar. La portezuela se abrió de golpe y una joven fue empujada con violencia hacia el camino de piedra. Cayó de rodillas sobre el suelo mientras un hilo de sangre descendía desde su nariz. El carruaje reanudó la marcha sin detenerse un instante, dejando atrás a la muchacha como si no valiera nada.
Alejandro salió de su escondite sin pensarlo dos veces y corrió hasta ella. Con sumo cuidado la sostuvo antes de que terminara desplomándose por completo.
—¿Qué te ocurrió? ¿Quién pudo hacerte esto? —preguntó con evidente preocupación.
La joven levantó apenas los párpados y fijó en él una mirada cansada.
—¿Quién... eres tú? —susurró con dificultad.
—Me llamo Alejandro. No temas, estás a salvo. Dime, ¿cómo te llamas?
—Mara...
Apenas pronunció su nombre, perdió el conocimiento entre sus brazos. Alejandro lanzó un breve silbido. Desde la distancia apareció Ariel, un hombre de absoluta confianza que llevaba años sirviendo discretamente al príncipe. Había permanecido cerca por precaución, listo para acudir si su señor lo necesitaba.
—Ayúdame —ordenó Alejandro.
Entre los dos acomodaron cuidadosamente a la joven en un sencillo carruaje cubierto y la condujeron hasta una pequeña cabaña escondida cerca del castillo, un lugar que el príncipe utilizaba para descansar cuando deseaba alejarse del protocolo y del bullicio de la corte.
La cabaña era humilde, pero acogedora. Construida de madera y piedra, se levantaba a orillas de un lago cristalino cuyas aguas reflejaban el cielo como un inmenso espejo. Desde la ventana podían verse los bosques que rodeaban el lugar, mientras el canto de los pájaros llenaba el ambiente de una tranquilidad difícil de encontrar en cualquier otro rincón del reino.
Alejandro acomodó con delicadeza a Mara sobre una amplia cama de madera cubierta con mantas limpias. Había aprendido los principios de la medicina gracias al anciano sanador del castillo, quien durante años le había enseñado a tratar heridas y aliviar enfermedades. Después de examinarla cuidadosamente comprobó que no tenía lesiones graves. El golpe más fuerte había sido en la nariz y algunas contusiones en el rostro, provocadas, sin duda, por los puños de algún hombre cruel.
Cuando terminó de curarla, permaneció sentado junto a la ventana, observando el lago en silencio. De vez en cuando dirigía la mirada hacia la joven, esperando que despertara. Sin embargo, las horas transcurrieron lentamente. Mara dormía con una profundidad que revelaba el enorme cansancio que llevaba acumulado desde hacía mucho tiempo.
A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol atravesaron la ventana de la cabaña. Mara abrió lentamente los ojos al escuchar el suave golpeteo de algunos utensilios provenientes de la cocina. Durante unos instantes permaneció inmóvil, observando el techo de madera, las paredes sencillas y la paz que envolvía aquel lugar. Después se incorporó despacio y caminó hasta la ventana. Frente a ella se extendía el lago, inmóvil y brillante, mientras decenas de aves revoloteaban entre los árboles como si saludaran el inicio de un nuevo día.
Aunque estaba acostumbrada a despertar en lugares desconocidos, aquella cabaña transmitía una serenidad que jamás había experimentado. Por alguna razón, allí se sentía segura.
Movida por la curiosidad, avanzó lentamente hasta la cocina. Allí encontró al joven que la había auxiliado la tarde anterior. Alejandro preparaba el desayuno con absoluta naturalidad, concentrado en remover unos huevos sobre una sartén de hierro mientras el aroma del pan recién tostado y el café recién hecho inundaban la pequeña estancia.
Mara permaneció observándolo durante varios segundos. Nunca había visto a un hombre tan apuesto. Había en él una calma y una nobleza que resultaban imposibles de ignorar.
Finalmente decidió hacerse notar.
—Buenos días.
Alejandro giró de inmediato y sonrió con alivio al verla de pie.
—Buenos días, Mara. Me alegra ver que te encuentras mejor. ¿Cómo has dormido?
Sus miradas se encontraron durante unos largos segundos. Ninguno de los dos fue capaz de apartar los ojos del otro. Sin necesidad de palabras, ambos sintieron una extraña conexión que ninguno lograba comprender.
—Ven. El desayuno está listo.
Alejandro le acercó una silla y le sirvió una taza de café caliente junto con pan, huevos y fruta fresca.
Mara aceptó en silencio. Le resultaba extraño recibir tanta amabilidad de un desconocido. Nadie se había preocupado por ella de esa manera. Mientras desayunaban, no podía dejar de observarlo. Creía que se trataba de un simple campesino, sin sospechar que, frente a ella, se encontraba el heredero del reino.