El PrÍncipe Y La Prostituta

La triste realidad de Mara

Capítulo 3

Al caer la noche, Mara regresó a las calles donde la vida la obligaba a permanecer. Aunque durante unas horas había conocido la tranquilidad de la cabaña junto al lago, sabía que no podía escapar tan fácilmente del destino que llevaba años soportando.

Desde la distancia, Alejandro continuó siguiendo sus pasos. No quería interferir ni hacerla sentir vigilada, pero necesitaba asegurarse de que ningún hombre volviera a hacerle daño. Permanecía oculto entre las sombras, observando con impotencia cómo aquellos desconocidos se acercaban a ella sin conocer la tristeza que cargaba en su interior.

Cada vez que la veía entrar en una habitación junto a un extraño, sentía que algo dentro de él se quebraba. Le dolía verla aceptar una vida que, a sus ojos, estaba destruyendo poco a poco la mujer maravillosa que había descubierto detrás de aquella apariencia.

Muchas noches el príncipe tuvo que apartar la mirada para esconder las lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos. Se había enamorado profundamente de Mara, de su forma de mirar, de su fragilidad escondida detrás de una actitud fría y distante. Sabía que la sociedad la juzgaría por su pasado, pero él no podía verla como los demás. Para Alejandro, ella no era una vergüenza ni un pecado; era una mujer que había sido herida por la vida y que merecía encontrar nuevamente la esperanza.

En su corazón había tomado una decisión: algún día le demostraría que podía ser amada y respetada. Incluso soñaba con convertirla en su esposa, aunque sabía que aquello significaría enfrentarse a muchos prejuicios dentro de la corte.

Cuando Mara salía de aquella vieja casa de placer, un lugar donde hombres sin corazón buscaban únicamente satisfacer sus deseos para después marcharse sin mirar atrás, Alejandro siempre esperaba cerca del camino. Nunca se acercaba demasiado, nunca intentaba obligarla a aceptar su ayuda. Simplemente permanecía allí con la esperanza de ofrecerle algo que nadie parecía darle: un gesto sincero de bondad.

En sus manos llevaba comida caliente preparada por los sirvientes de la cabaña: pan recién horneado, un poco de carne, frutas y una bebida caliente para que pudiera recuperar fuerzas.

Pero Mara casi siempre rechazaba aquellos detalles.

—No necesito tu compasión —le decía con dureza.

En algunas ocasiones apartaba sus manos y dejaba caer los alimentos al suelo. Otras veces simplemente pasaba junto a él sin mirarlo, intentando convencerse de que aquel hombre solo sentía lástima por ella.

Alejandro nunca respondía con enojo. Recogía la comida en silencio y observaba cómo ella se alejaba por el camino oscuro.

Sabía que Mara no rechazaba sus gestos porque fuera cruel, sino porque estaba acostumbrada a creer que nadie podía ofrecerle algo sin esperar nada a cambio.

Y aunque cada rechazo le dolía, el príncipe no estaba dispuesto a rendirse.

Porque por primera vez en muchos años, alguien había logrado despertar en su corazón un sentimiento que no podía controlar. No era admiración por su belleza, ni simple curiosidad por su misteriosa historia. Era el deseo profundo de verla sonreír, de verla libre y de demostrarle que, incluso en la vida más oscura, todavía podía existir un lugar donde alguien la mirara con amor.




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