Capítulo 4
Alejandro regresó al castillo con el corazón lleno de pensamientos contradictorios. Durante todo el camino no pudo dejar de pensar en Mara, en su mirada triste y en la enorme carga que llevaba sobre sus hombros. Sabía que acercarse a ella no sería sencillo, pero también comprendía que no podía quedarse de brazos cruzados mientras aquella mujer continuaba sufriendo en silencio.
Al llegar al castillo buscó inmediatamente a su padre. El rey Jacob se encontraba en su sala privada revisando algunos documentos del reino cuando vio entrar a su hijo con una expresión seria en el rostro.
—Padre, necesito hablar contigo —dijo Alejandro mientras se acercaba.
El rey dejó los pergaminos a un lado y observó con atención a su hijo.
—Dime, hijo. ¿Qué ocurre?
Alejandro respiró profundamente antes de comenzar a hablar. Por primera vez en mucho tiempo, no estaba hablando como príncipe, sino como un hombre que llevaba una preocupación en el corazón.
—Estoy interesado en una mujer, padre. Su nombre es Mara. Ella ha vivido cosas terribles y, aunque su pasado sea oscuro, no puedo ignorar el sufrimiento que hay detrás de sus ojos. Mi deseo es apartarla de los hombres que la han lastimado y darle la vida que merece.
Jacob permaneció en silencio durante unos segundos, escuchando cada palabra.
—Hijo, sé que tienes un corazón noble, pero debes entender que no será fácil. Una herida del alma no desaparece de un día para otro. ¿Cómo piensas ayudarla?
Alejandro sostuvo la mirada de su padre con determinación.
—Casándome con ella, padre.
El rey no respondió con sorpresa ni enojo. Simplemente observó a su hijo, recordando que desde niño siempre había demostrado compasión por aquellos que sufrían.
—Yo confío en tu corazón, Alejandro. Sé que tomarás la decisión correcta y que no actuarás solamente por impulso. Recuerda siempre que el amor verdadero debe traer libertad, no convertirse en una cadena.
—Gracias, padre.
Después de aquella conversación, Alejandro regresó a su alcoba con una sola determinación: descubrir toda la verdad sobre Mara y encontrar la manera de protegerla.
Había enviado a llamar al mejor investigador del reino, un hombre conocido por descubrir secretos que nadie más podía encontrar. No pasó mucho tiempo antes de que el detective llegara al castillo con un informe entre sus manos.
—Alteza, debo advertirle que la historia de esta joven es más dolorosa de lo que podría imaginar.
Alejandro permaneció firme.
—Estoy preparado para escucharla.
El hombre abrió el documento y comenzó a leer.
—Mara no es su verdadero nombre. Su identidad verdadera es Elisa Molina. Es hija del difunto duque Marcelo Molina, un hombre que perdió a su esposa cuando su hija apenas tenía tres años.
Alejandro escuchaba atentamente sin apartar la mirada.
—Cuando Elisa tenía ocho años, desapareció durante una celebración familiar en la mansión de los Molina. Fue buscada durante años por su padre, pero jamás lograron encontrarla. El duque murió hace poco tiempo debido a una enfermedad del corazón, y todas sus propiedades pasaron a manos de su hermano Armando Molina.
El investigador hizo una pausa antes de continuar.
—La niña fue llevada por una red de criminales que se dedicaban a vender jóvenes mujeres. Debido a su belleza, fue convertida en una mercancía para hombres poderosos que pagaban grandes cantidades de dinero por ella.
Los ojos de Alejandro reflejaron dolor.
—¿Quién está detrás de todo esto?
El detective bajó la voz.
—Un hombre conocido como Mister Chio. Es el líder de la organización de trata más grande de los territorios conocidos. Nadie conoce su verdadero rostro ni su identidad. Muchos han intentado encontrarlo, pero siempre logra escapar.
Alejandro cerró los puños con impotencia. La historia de Mara no hizo más que aumentar su deseo de ayudarla. Ya no se trataba solamente de una mujer que había llamado su atención; era alguien a quien le habían arrebatado la infancia y la oportunidad de elegir su propio destino.