El PrÍncipe Y La Prostituta

La mujer detrás de la máscara

Capítulo 6

La tranquilidad de la cabaña junto al lago parecía pertenecer a otro mundo. Para Mara, aquel lugar era extraño, casi irreal. Durante años había conocido únicamente habitaciones frías, rostros desconocidos y palabras que herían más que cualquier golpe. Sin embargo, allí no había gritos, amenazas ni miradas llenas de desprecio.

Solo había silencio.

Un silencio que, en lugar de asustarla, comenzaba a darle paz.

Desde la mesa, observaba discretamente a Alejandro mientras él terminaba de ordenar algunas cosas en la cocina. Había algo en aquel hombre que no lograba comprender. No la miraba como los demás hombres lo habían hecho durante toda su vida. No había deseo en sus ojos, ni desprecio, ni esa falsa amabilidad que siempre escondía una intención.

Eso era precisamente lo que más la confundía.

—¿Por qué haces esto? —preguntó finalmente.

Alejandro levantó la mirada y la observó.

—¿A qué te refieres?

Mara bajó los ojos hacia sus manos.

—A cuidarme, a traerme comida, a darme un lugar donde dormir... Nadie hace algo así sin esperar algo a cambio.

El príncipe permaneció en silencio durante unos segundos. Sabía que aquella pregunta no era solamente curiosidad. Era una herida hablando a través de sus palabras.

—Quizás porque te has acostumbrado a creer que nadie puede hacer algo bueno por ti sin pedir un precio.

Mara apretó los labios. Aquellas palabras habían tocado una parte de ella que intentaba mantener escondida.

—No me conoce.

—Quiero conocerte.

Ella soltó una pequeña sonrisa triste.

—Si supiera todo sobre mí, no estaría diciendo eso.

Alejandro se acercó lentamente, pero mantuvo la distancia suficiente para no hacerla sentir atrapada.

—Ya sé muchas cosas de tu pasado, Mara.

La joven levantó la mirada con preocupación.

—¿Qué sabe?

El príncipe dudó. Aún no quería decirle que conocía su verdadera identidad. No porque quisiera ocultarle la verdad para siempre, sino porque temía que huyera nuevamente.

—Sé que has sufrido mucho. Sé que has tenido que sobrevivir en un mundo que nunca fue justo contigo.

Los ojos de Mara comenzaron a llenarse de lágrimas, pero rápidamente apartó la mirada para evitar que él las viera.

—No necesito lástima.

—No siento lástima por ti.

La respuesta de Alejandro fue firme.

—Te respeto.

Aquella palabra la dejó sin respuesta.

Respeto.

Era algo que había escuchado muy pocas veces en su vida y casi nunca había sentido que realmente se lo ofrecieran.

Durante años había aprendido a defenderse con frialdad, a esconder su dolor detrás de una actitud fuerte. Pero aquel hombre parecía ver más allá de la máscara que ella había creado para sobrevivir.

—No entiendo qué quieres de mí —susurró.

Alejandro sonrió suavemente.

—Quiero que recuerdes quién eres realmente.

Mara sintió un extraño vacío en el pecho.

Porque, en algún momento de su vida, ella también había olvidado quién era antes de que otros decidieran por ella.

Antes de que le quitaran su infancia.

Antes de que su nombre se convirtiera en un secreto.

Antes de que dejara de ser Elisa Molina.

Esa noche, mientras el fuego de la chimenea iluminaba la pequeña cabaña, ambos permanecieron en silencio. Alejandro no intentó acercarse más de lo necesario. Por primera vez en mucho tiempo, Mara estaba junto a un hombre que no exigía nada de ella.

Y eso, para alguien que había vivido rodeada de hombres que solo habían querido poseerla, era algo completamente desconocido.

Al día siguiente, Alejandro salió temprano para conseguir provisiones. Antes de marcharse, dejó una pequeña daga sobre la mesa.

Mara la observó confundida.

—¿Para qué es esto?

—Para que puedas defenderte si alguna vez lo necesitas.

Ella tomó el arma entre sus manos.

—¿Confías tanto en mí?

Alejandro la miró con una pequeña sonrisa.

—Confío en la mujer que eres, aunque tú todavía no puedas hacerlo.

Después de que él salió de la cabaña, Mara permaneció mirando la puerta durante varios minutos.

No entendía por qué la ausencia de aquel hombre le provocaba una sensación extraña.

No entendía por qué comenzaba a esperar su regreso.

Y lo más peligroso de todo...

No entendía por qué una parte de su corazón comenzaba a creer que quizás, después de tantos años, todavía podía existir un lugar para ella en el mundo.




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