Alejandro regresó a la cabaña cuando el sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas. Durante todo el camino había pensado en Mara, preguntándose si ella seguiría allí o si sus miedos habrían sido más fuertes y habría decidido escapar. Sin embargo, al abrir la puerta se encontró con una escena que logró detenerlo por unos segundos. La joven estaba sentada junto a la ventana, observando en silencio el lago que se extendía frente a la cabaña. La luz dorada del atardecer iluminaba suavemente su rostro, y por un instante Alejandro no vio a la mujer que el mundo había condenado, sino a aquella joven que aún conservaba una parte inocente a pesar de todo lo que había sufrido.
—Pensé que te habías ido —dijo él con suavidad mientras dejaba algunas provisiones sobre la mesa.
Mara giró lentamente hacia él. Su expresión permanecía seria, pero ya no mostraba la misma dureza de antes.
—Lo pensé —respondió con sinceridad.
Alejandro la observó con curiosidad.
—¿Y por qué no lo hiciste?
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
—Porque no entiendo este lugar... ni tampoco te entiendo a ti.
Aquella respuesta llamó su atención.
—¿Qué es lo que no entiendes?
Mara recorrió la pequeña cabaña con la mirada antes de volver a fijarla en él.
—Todo esto. La forma en que me tratas, la manera en que me miras. Estoy acostumbrada a que las personas quieran algo de mí cuando se acercan. Nunca he conocido a alguien que simplemente quiera ayudarme sin pedir nada a cambio.
Alejandro sintió un profundo dolor al escucharla. Comprendió que Mara no solo estaba huyendo de los hombres que la habían lastimado, sino también de la idea de que alguien pudiera verla con cariño y respeto.
—Mara, no tienes que darme nada para estar aquí.
Ella levantó la mirada con desconfianza.
—No estoy acostumbrada a recibir cosas sin tener que pagar un precio.
—Entonces tendrás que aprender que no todo en la vida tiene un costo.
Por unos segundos permanecieron en silencio. Alejandro notó algo que nunca antes había visto en ella: una pequeña sonrisa intentando aparecer, como si incluso sonreír fuera algo que había olvidado hacer.
Esa noche prepararon la cena juntos. No hubo grandes confesiones ni promesas, pero aquel momento sencillo significaba más de lo que ambos podían imaginar. Para Alejandro era una oportunidad de acercarse a ella sin presionarla; para Mara era una experiencia completamente desconocida, compartir una mesa con alguien que no la miraba como un objeto, sino como una persona.
Mientras él acomodaba los platos, ella no pudo evitar observarlo.
—Eres diferente —murmuró.
Alejandro levantó la vista y sonrió ligeramente.
—¿Eso es algo bueno o algo malo?
Mara pensó durante unos segundos.
—Todavía no lo sé.
Él soltó una pequeña risa.
—Entonces tendré paciencia hasta que descubras la respuesta.
Después de cenar, Mara se acercó a la ventana. La noche había cubierto el bosque con su manto oscuro y el único sonido que rompía el silencio era el viento moviendo las ramas de los árboles. Por unos instantes se permitió olvidar el pasado, olvidar el miedo y simplemente disfrutar de la tranquilidad que aquel lugar le ofrecía.
Pero aquella paz no duró demasiado.
Un sonido lejano comenzó a escucharse entre los árboles. Primero fue apenas un murmullo, después el claro sonido de varios caballos acercándose.
Mara quedó inmóvil.
El color abandonó su rostro mientras sus ojos se clavaban en la oscuridad del bosque.
Alejandro notó inmediatamente su reacción.
—¿Qué sucede?
Ella apenas pudo susurrar:
—Nos encontraron...
El corazón del príncipe se tensó.
—¿Quién?
Mara retrocedió lentamente, mientras el miedo que había intentado ocultar durante tantos años volvía a apoderarse de ella.
—Los hombres de Mister Chio.
Alejandro comprendió que el pasado de Mara finalmente había llegado hasta ellos. Sin perder la calma, tomó la espada que descansaba junto a la puerta y se colocó frente a ella.
—Tienes que marcharte —dijo Mara con desesperación—. Si te encuentran conmigo, también te harán daño.
Alejandro la miró con firmeza.
—Toda mi vida he sido preparado para proteger a los demás. No voy a abandonarte ahora.
Aquellas palabras dejaron a Mara sin respuesta. Durante años había estado sola frente al peligro, pero aquella noche era diferente. Por primera vez alguien no huía al conocer su historia.
Afuera, los cascos de los caballos se detuvieron alrededor de la cabaña. Varias sombras comenzaron a moverse entre los árboles, acercándose lentamente.
Y mientras el peligro rodeaba aquel pequeño refugio junto al lago, Mara comprendió algo que jamás había sentido:
Esta vez no estaba sola.