El PrÍncipe Y La Prostituta

Más allá de la corona

Alejandro sabía que aquel no era el momento de revelar su verdadera identidad. Podía haber llamado a los soldados del castillo, podía haber ordenado que sus hombres rodearan el bosque y acabaran con cualquier amenaza que se acercara a Mara, pero hacerlo significaba destruir la confianza que con tanto esfuerzo estaba construyendo con ella. Si descubría que el hombre en quien comenzaba a confiar era en realidad el heredero del reino, temía que volviera a levantar las mismas barreras que había intentado derribar.

Para Mara, él debía seguir siendo simplemente Alejandro, un hombre humilde dispuesto a protegerla, no un príncipe rodeado de privilegios y poder.

Tomó su espada y se colocó frente a la puerta de la cabaña mientras escuchaba cómo los hombres se acercaban entre los árboles. La madera crujía bajo sus pasos y las voces lejanas confirmaban que no estaban allí por casualidad.

Mara observaba cada movimiento con miedo.

—No entiendes contra quién estás enfrentándote —susurró ella con desesperación—. Ellos no tendrán piedad.

Alejandro giró ligeramente el rostro hacia ella.

—Quizás no sepa todo lo que has vivido, pero sé algo: no voy a permitir que vuelvan a hacerte daño.

Aquella seguridad en sus palabras la dejó sin respuesta. La puerta comenzó a recibir los primeros golpes. Alejandro tomó la mano de Mara y la llevó hacia la parte trasera de la cabaña.

—Tenemos que salir de aquí.

Ella lo siguió sin cuestionarlo. Por primera vez en muchos años, decidió confiar en alguien más que en sus propios instintos.

Detrás de la cabaña se encontraba el caballo que Alejandro había dejado preparado. El animal permanecía inquieto, como si también pudiera sentir el peligro que los rodeaba.

El príncipe ayudó a Mara a subir y después montó detrás de ella. Antes de partir, miró una última vez aquella pequeña cabaña junto al lago, el lugar donde por unos días había visto a Mara alejarse del miedo y acercarse nuevamente a la esperanza.

Luego tomó las riendas y comenzó la huida.

El caballo avanzó rápidamente entre los árboles mientras detrás de ellos se escuchaban los gritos de los hombres que acababan de descubrir que sus presas habían escapado. La oscuridad del bosque los protegía, pero Alejandro sabía que no podían quedarse allí. Mister Chio no descansaría hasta encontrarla.

Mara permanecía aferrada a él, intentando mantener la calma mientras el viento golpeaba su rostro. Durante el trayecto, ninguno de los dos habló. Alejandro podía sentir la tensión en su cuerpo y comprendía que ella aún estaba luchando contra el miedo.

Después de varias horas de viaje, cuando el cielo comenzaba a iluminarse con los primeros colores del amanecer, llegaron a un pequeño pueblo situado a varias millas de las fronteras del reino.

Era un lugar tranquilo, alejado de los caminos principales y lo suficientemente discreto para esconderse durante unos días.

Alejandro detuvo el caballo frente a una humilde posada.

—Descansaremos aquí.

Mara bajó lentamente del caballo y observó el lugar. Aunque seguía agotada, había algo diferente en su mirada. Ya no era solamente una mujer huyendo; ahora era alguien que comenzaba a preguntarse si realmente existía una vida más allá del dolor que había conocido.

Mientras entraban a la posada, Alejandro mantuvo su apariencia sencilla. Nadie debía saber quién era realmente. En aquel pueblo no era un príncipe, no era el hijo del rey Jacob.

Solo era Alejandro.

El hombre que había elegido proteger a la mujer que poco a poco comenzaba a ocupar un lugar imposible de ignorar en su corazón.

Y aunque sabía que algún día tendría que contarle la verdad, también sabía que ese momento aún no había llegado.

Porque antes de pedirle que aceptara al príncipe, necesitaba asegurarse de que Mara pudiera confiar en el hombre que había conocido.




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